Consagración del oportunismo y de la demagogia

Mas es insensible al mal que hace y continuará haciendo. Se tiene que volver a articular otro catalanismo moderado y no independentista, porque esta posición existe en nuestra sociedad. Esto interesa a todo el mundo. Pero a Mas le da igual.

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Alfons Quintà
Domingo, 8.09.2013 21:45

Lo dijo Sherlock Holmes: "Cuando hayais eliminado lo que es imposible, sea lo que sea lo que quede, tiene que ser la verdad". Aplicado este criterio a Artur Mas, queda muy claro que el único objetivo de Mas es llegar al final de su mandato, en 2016. Esta es la verdad. Todo lo demés es una mezcla de oportunismo y de demagogia.

La última filigrana ha sido espectacular. Llevábamos semanas en que el radicalismo de Mas estaba enloquecido. Cada día había una declaración más radical que la del día anterior, debidamente aliñada de un clamor satisfecho de victoria por las mesnadas mediáticas, las públicas y las subvencionadas.

Hasta el pasado fin de semana, el plato único era el 11S. Ahora la banda mediática de la corte de Mas ha pasado a expresar satisfacción por el hecho de que Madrid no haya obtenido los Juegos Olímpicos de Verano. Inmediatamente, se ha puesto en primer plano la candidatura de Barcelona, ciudad donde nieva pocos días cada quinquenio, a los Juegos de Invierno.

A la vez, la misma banda muestra que la política de Mas hacia Siria sería peor -es decir, más en favor del criminal de Damasco- que no la del PP, o la del PSOE o, en definitiva, de ningún Gobierno español. Conozco Siria desde dentro y sé muy bien de lo que hablo.

El Waterloo de Mas

Algunos amigos míos, contrarios al aventurismo de Mas, desde siempre, empezaban a ver el futuro muy negro. A uno de ellos, le recordé que en Waterloo, en 1815, pocas horas antes de acabar la batalla, los ayudantes de Wellington le decían que estaban perdiendo y que había que retirarse. Wellington aguantó y horas después el tirano Napoleón tenía que huir.

Ahora ya no hace falta ninguna invocación épica. Tenemos muchas certezas, como la consistente en constatar que el maximalista y milenarista Mas opta por el oportunismo desatado para mantenerse en su poltrona, un par de años más. Seguro que es el último poder del que podrá disfrutar.

Todo ello liga perfectamente con el pasado de Mas. En efecto, en su ya larga carrera política, Mas nunca -ni una sola vez- había mostrado ningún interés por el digamos pensamiento nacionalista, o tan sólo su historia. Era la encarnación pura y burocrática de aquello de la "puta y la ramoneta". Lo escribo porque lo constaté personalmente. No entendía ni pizca ni mostraba el más mínimo interés. Y así hasta ahora.

Pujol tenía un pequeño lustre, incoherente, superficial, anodino, como mostró en una ridícula conferencia que pronunció, siendo todavía presidente autonómico, sobre su pretendido pensamiento nacionalista, en el Hotel Feria Palace. Conservo una copia literal. Intelectualmente, da risa. Pero Mas nunca ha llegado ni a esto.

Por lo tanto, se puede decir y demostrar que las pretendidas e inarticuladas convicciones nacionalistas de Mas tienen que ser fruto de una caída del caballo, no camino de Damasco, como San Pablo, sino camino del poder, o más poder, su norte único e inmanente.

La caída de caballo de Mas

Su caída del caballo tuvo efecto el 25 de noviembre del año pasado, al atardecer, cuando vio que perdía unas elecciones que había convocado de manera y con finalidad 100% plebiscitaria. Si alguien tiene alguna duda que vaya a la hemeroteca y podrá convencerse.

Lo que pasa es que entonces nadie usaba el adjetivo plebiscitario, porque está muy desprestigiado, además Mas seguramente ni lo conocía. En todo caso, era mejor no usarlo que hacerlo, como Mas hace ahora.

Es así desde que el siniestro Napoleón III usó los plebiscitos no para atender lo que los ciudadanos querían sino para tragar lo que él ya había decidido. Su antecesor, Napoleón I también había usado plebiscitos, bien falaces, para ratificar la anexión de territorios.

Mas ha abandonado las bayonetas de aquella familia de tiranos. Las ha sustituido por armas mediáticas, además de corsarios infectos en internet, listas de "buenos ciudadanos" (cosa que Fouché también hizo) y subvenciones.

Por eso, la palabra plebiscito, como otras (por ejemplo "pontificar" u "holocausto"), no tiene sentido digamos que agradable o positivo. No indica querer detectar un estado de opinión y a la vez hacer cambios legales. Para eso hay referéndums, (no plebiscitos) 100% amparados constitucionalmente, en los Estados Unidos, Suiza e Italia, entre otros países.

Los políticos inteligentes lo saben, pero no Mas. Así, cuando De Gaulle quiso refundar la República francesa organizó referéndums y también lo hizo para aprobar -en todo el Estado francés, por cierto- la independencia de Argelia, cambio territorial por antonomasia. Para desprestigiarlo, sus oponentes calificaban aquellos referéndums, que fueron siempre limpios, de "plebiscitos". Era para denigrar al general-presidente. Claro que comparar a De Gaulle con Mas da risa.

¿Plebiscito? ¿Referéndum? No, encuesta de opinión

Aun así, no viene de un palmo, ya que lo máximo que Mas podrá organizar tendrá más bien aire de encuesta de opinión. Que haya respuestas múltiples lo deja clarísimo. Pero incluso esto puede ser reprobable -e impedido legalmente, por el Tribunal Constitucional- porque podría afectar al proceso de elección de un nuevo Parlamento autonómico.

En efecto, no tiene sentido que en el interior de los colegios electorales la ley establezca justamente una total neutralidad política y, a la vez, permita llevar a cabo un tipo de voto que otras opciones no consideran que sea una alternativa determinante. Está claro que la izquierda (que es diferente a ERC) cree que los temas en base a los que se ha optar son otros (como la equidad) mientras unos aquí hipotéticos liberales considerarían que el tema clave son las libertades individuales.

Los años pasados bajo el mandato de Mas han sido monstruosos. Todo ha ido pésimamente, y más que nada la sanidad pública. La han liquidado, cínicamente, mintiendo y sin ningún escrúpulo. Cuando Mas cree que hay que hacer una indignidad para mantenerse en el poder, la hace, sencillamente, sin ningún problema de conciencia ni de sensibilidad.

Ahora mismo dos de sus más grandes preocupaciones son de una brutalidad escalofriante: la privatización de la gestión del Hospital Clínico y el desmenuzamiento total del Instituto Catalán de la Salud. No nos tenemos que distraer diciendo que Mas se indigna por no tener ningún poder, porque quien no lo vea ya ahora no tiene cura. En cambio, son los problemas reales y sectoriales los que se tienen que poner sobre la mesa, precisamente porque Mas los esconde.

Mas no puede ser apoyado

A pesar del lirismo falsario e instrumental de Mas, la situación es frágil en todos los aspectos. Continuará siéndolo mientras Mas pueda determinar la agenda, cosa que le resulta fácil -a pesar de las obvias barbaridades- gracias a la ayuda mediática con que cuenta, o que paga, para decirlo claro.

Si ERC ve que puede continuar siendo la beneficiaria real del desorden creado por Mas, lo apoyará. ERC tampoco es capaz de tener problemas de conciencia. Ahora bien, dos largos años más por este camino pueden ser la destrucción del catalanismo de derechas e integrador. De hecho, Mas está redactando la esquela, día tras día.

Hay otra posibilidad. Que el PP o el PSC, o ambos, puedan hacer de muletas de Mas. Habrá que estar muy atento. No sería suficiente con que Mas cambiara de política. Ha llegado a encarnar todos nuestros males de manera tan abierta y radical que ha ser expulsado de la vida política y también de la social.

Además, creo que, desde CDC, o desde donde sea, se tiene que volver a articular otro catalanismo moderado y no independentista, porque esta posición existe en nuestra sociedad. Esto interesa a todo el mundo. Pero a Mas le da igual. Él va a lo que cree que es su finca.