La gran melonada del Borne

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Lunes, 9.09.2013 12:44

Las declaraciones de Joaquim Torra, director del Centro Cultural del Borne, que próximamente abrirá sus puertas, son reveladoras. "Tenemos que hacer pasar a todas las escuelas de Cataluña por aquí". Conociendo a nuestros calistones, ¿a que sus palabras dan escalofríos? Conociéndoles, ¿qué te parece? ¿Harán pasar por ahí a los niños para impartirles una lección de historia ecuánime y sensata? ¿O se trata de adoctrinarlos en la estúpida mitología carlista y el victimismo?

¡Niños, niños, cuando ese señor os quiera arrastrar al Borne, le dáis un manotazo y le decís: "¡Quita, bicho!".

Recuerdo que a principios de los 70, cuando el Borne, sede del mercado central de la ciudad, que se había vuelto anacrónico y obsoleto por la aparición de Mercabarna, iba a ser demolido, se orquestó una movilización juvenil, popular y festiva. Circulaba la idea de que ese edificio era una joya de la arquitectura industrial, afrancesada y no muy original pero de todas formas notable, y que su proyectado derribo obedecía a los intereses de una operación inmobiliaria especulativa. Había que preservarlo a toda costa. Quizá alguien ya mencionó entonces que esa estructura de metal, vidrio y ladrillos es una "seña de identidad" de algo. Por cierto que por las mismas fechas el presidente francés Georges Pompidou -un verdadero político y un hombre verdaderamente culto- hacía echar abajo el céntrico, histórico y napoleónico mercado de abastos parisiense de Les Halles (con no poco desgarrro ciudadano, por cierto) para construir en su lugar un gran centro comercial y otros útiles equipamientos entre los cuales destaca el Centro Beaubourg, luego rebautizado justamente como Centro Pompidou, y que es el centro de arte moderno más importante de Francia y uno de los más destacados de Europa.

Curiosamente y aunque cueste creerlo, salvo honrosas excepciones la mayoría de aquellos escritores, arquitectos, pensadores e historiadores consideró que la biblioteca gratuita era innecesaria, sobrera, mientras que el yacimiento…

Al referir esto no insinúo que hubiera sido mejor hacer como en París, echar abajo también la fábrica de Fontseré y levantar en su lugar equipamientos útiles y funcionales, ni quiero decir que mientras París, ciudad tan rica ya e incluso demasiado rica en patrimonio arquitectónico, miraba al futuro, Barcelona reaccionó de forma conservadora y retentivo-anal; pues no se me ocurriría comparar París con Barcelona ni ciego de vino. Y a propósito de vino, recuerdo bien una noche en el Borne, a principios de los años 70, con el trovador Pau Riba oficiando de maestro de ceremonias, para la protesta que protagonizamos una multitud juvenil más o menos contestataria y más o menos beoda; en el improvisado escenario Pau Riba, muy performático, de vez en cuando gritaba a corazón abierto: "De qui és el Born?". Y la multitud (o sea, nosotros) respondía con un solo bramido: "El Born és nostre!". Angélicos. Yo, que estuve allí y lo vi todo hubiera debido comprender ya entonces que una revuelta abanderada por Pau Riba, quien años más tarde me dejaría estupefacto cuando me cruzaba con él en la redacción de algún periódico -y cómo no quedarse estupefacto, si el hombre acentuaba su pintoresca presencia con una barba crecida en una mejilla, mientras que la otra mejilla estaba perfectamente rasurada- no podía terminar sino en la confusión. Dicho sea con todos los respetos por su obra musical y lírica verdaderamente extraordinaria.

Gracias a conciertos como aquel y a otras protestas y manifestaciones el Borne se mantuvo, durante los siguientes 30 años, en estado de latencia, entregado a una dulce inoperancia de la que despertaba de vez en cuando para convertirse en centro expositivo de segunda fila: hoy una exposición de flores, mañana un concurso de perros, al otro un congreso de acuarelistas. De vez en cuando se hacía preciso restaurar la oxidada estructura, reparar la techumbre o limpiar los lienzos de ladrillo de las artísticas pintadas de los grafiteros. Durante la mayor parte del tiempo el edificio en realidad se vio reducido a una especie de incordio simpático o de extraña presencia en tierra de nadie que separaba el parque de la Ciudadela y el barrio bohemio del Borne. Cuando éste empezó a ponerse guapo y ser sometido a la gentryfication propia de los tiempos olímpicos, también empezó a resaltar y parecer más conspicua la singular silueta del antiguo mercado y el aire de paisaje de la pintura metafísica italiana y de melancólico abandono que confería a esa parte del vecindario. Había que hacer algo.

Al Ayuntamiento, entonces gobernado por el PSC, se le ocurrió que podía ser un buen emplazamiento para la biblioteca provincial que el Estado estaba comprometido a edificar y mantener en Barcelona, a imagen y semejanza de las que ya hay en otras capitales de provincia. En efecto, la biblioteca provincial sería un equipamiento cultural de primer orden que revitalizaría el barrio, atraería a los estudiantes de las universidades relativamente cercanas, aportaría juventud a aquellas calles y le saldría a las arcas de la ciudad completamente gratis. Dicho y hecho, se comunicó el emplazamiento al Ministerio de Cultura, empezaron a trabajar las excavadoras, se removió el pavimento del mercado y entonces se comprobó lo que en realidad ya se sabía: que el subsuelo conservaba restos de la ciudad del siglo XVIII, los cimientos de casas de vecinos bombardeadas o demolidas por el ejército borbónico en el asedio a Barcelona durante la guerra de Sucesión a la Corona española, en 1714. Se identificó también una acequia, unos pesebres y alguna que otra letrina, además de algunos artículos como unas balas de cañón, pedazos de cerámica y otras cosas de parecido interés, por ejemplo al comentarista Joan B. Culla le conmovió el esqueleto de una rata desenterrada de los escombros de una explosión. Aquella rata asesinada por los borbones le daba al generalmente avinagrado comentarista mucha pena. "Una pobre rata", escribió, si mal no recuerdo. ¿O eran dos ratas? Y eso no es todo: últimamente ha sido hallada también una peonza o baldufa que ha suscitado, entre los especialistas y los aficionados a las baldufas en general, el lógico interés.

Han pasado doce años, la biblioteca prometida sigue pospuesta sine díe y en su lugar vamos a disfrutar de lo que el alcalde Trias llama "un equipamiento de primera magnitud". Magnitud de primera, desde luego: casi 100 millones de euros invertidos

Dejando al margen a esa rata y sin querer tampoco entrar a valorar el intrínseco valor de la bendita baldufa, que sin duda es considerable, parece obvio que semejante lote, aún engrosado con todo lo que se ha ido encontrando durante estos años de tenaz excavación, no era para echar cohetes; los cimientos de unas cuantas casas de vecinos del siglo XVIII, edificios como hay tantos, intactos y visibles, en el barrio, no son exactamente la tumba de Ramsés II ni los restos de Pompeya, ni -para qué vamos a engañarnos- atesoran el valor científico, cultural, antropológico o arquitectónico de un yacimiento de verdad. Aún así el Ayuntamiento -lo dirigía entonces Joan Clos, pero el responsable de la decisión fue el concejal de Cultura, y actualmente consejero del mismo ramo, Ferran Mascarell- canceló la construcción de la biblioteca y decidió reconvertir el Borne en "un centro cultural".

Se levantó en la prensa cierto debate y dieron su opinión sobre el asunto algunos intelectuales de diferentes niveles y ramos. Curiosamente y aunque cueste creerlo, salvo honrosas excepciones la mayoría de aquellos escritores, arquitectos, pensadores e historiadores consideró que la biblioteca gratuita era innecesaria, sobrera, ya tenemos muchas, y al fin y al cabo qué es una biblioteca sino un anacronismo, mientras que el yacimiento… Aquella casi unanimidad dibujaba un retrato de nuestra casta intelectual muy preciso e interesante, pero, en mi opinión, poco favorecedor.

Para quien conociese a nuestras autoridades y a sus voceros era obvio -pese a que lo negaron repetidamente con su peculiar sentido de la honestidad- que, so capa de otro equipamiento cultural decorativo, de lo que se trataba era de frustrar la existencia de una gran biblioteca financiada por el Ministerio -y cuyo control ideológico estaba, por ello, sometido a incertidumbre-, y por otro, erigir en su lugar un gran mausoleo o Valle de los Caídos de la Catalunya Maltractada, presidido por una bandera con un mástil de 17,14 metros ¡en referencia al año 1714! (¿Se puede ser más paletos? La respuesta correcta es no). Se trataba de activar otro generador de victimismo, que es lo que finalmente se ha hecho: baste ver los nombres de los talibanes y sospechosos habituales que han encargado y a los que se ha encargado el programa de actos, del que se han retirado discretametne los historiadores más razonables, o escuchar al director rebautizar sin sonrojarse el Borne como "nuestra zona cero" en referencia al área de las Torre Gemelas de Nueva York. Ay, esta desenvoltura de nuestros adoradores de la patria chica a veces puede ser muy divertida pero otras veces produce alipori.

Han pasado doce años, la biblioteca prometida y debida sigue pospuesta sine díe, o sea escamoteada a los ciudadanos, y en su lugar vamos a disfrutar de lo que el alcalde Trias llama, con un optimismo enternecedor, "un equipamiento de primera magnitud". Magnitud de primera, desde luego: casi 100 millones de euros invertidos ya, además de unos gastos previstos de tres millones de euros al año. Felicitamos calurosamente a todos y cada uno de los responsables, colaboradores y beneficiarios de esta formidable melonada.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch.

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El Mundo y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.

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