"No deja de ser llamativo que aquellos a quienes tanto se les ha estado llenando la boca durante años con la importancia de no fracturar en dos nuestra comunidad cuando de justificar su modelo escolar de inmersión lingüística se trataba, no parezcan estar preocupados en absoluto por el desgarro que puede producir en la sociedad catalana sus planteamientos secesionistas"

Manuel Cruz, catedrático de Filosofía contemporánea en la Universidad de Barcelona y presidente de Federalistes d'Esquerres, en un artículo publicado este jueves en El País:

"La tendencia a considerar a la comunidad catalana como una realidad homogénea constituye una de las premisas fundamentales del discurso nacionalista. Esta premisa afecta de lleno a lo que se suele denominar dimensión identitaria del país y sus gentes. La tendencia a la homogeneización empuja a los individuos a ir conformando su identidad al modelo que se muestra como el único aceptable públicamente. De tal forma que se da por descontado que todo catalán que se precie de tal debe, entre otros rasgos, vibrar con los colores del Barça, ser un espectador fiel de TV3 y, por supuesto, amar la lengua catalana (queda únicamente tolerado hablar castellano, pero en ningún caso amarlo, cosa que -fuera del actor Ramón Madaula, en un gesto que le honra- prácticamente nadie por estas latitudes se ha atrevido a manifestar en público en los últimos tiempos).

Tanto da que los seguidores catalanes del equipo de fútbol madrileño rival del Barça constituyan una minoría muy significativa (por encima de un tercio de la totalidad de aficionados al futbol locales, leí en cierta ocasión), que sean muchos los que prefieren ser informados por otros canales de televisión y emisoras de radio ajenas a los medios públicos o, en fin, que haya un tanto por ciento muy elevado de ciudadanos catalanes que tiene el castellano como lengua materna (algo más de la mitad, tengo entendido), etc. Por muchos que sean, todos esos individuos resultan sospechosos.

[...] La permanente apelación a la sentimentalidad por parte del nacionalismo ha servido para excluir del debate público determinadas cuestiones, consideradas previamente y por principio (esto es, sin posibilidad de crítica alguna) como auténticas líneas rojas que bajo ningún concepto cabía traspasar. Algo importante falla -hasta el punto de que entiendo que puede llegar a resultar adecuado hablar de déficit democrático- cuando es el poder quien decide sobre qué se puede discutir en la plaza pública y sobre qué no se le permite al ciudadano otra opción que la adhesión incondicional si no quiere padecer una intensa exclusión simbólica.

No deja de ser llamativo que aquellos a quienes tanto se les ha estado llenando la boca durante años con la importancia de no fracturar en dos nuestra comunidad cuando de justificar su modelo escolar de inmersión lingüística se trataba, no parezcan estar preocupados en absoluto por el desgarro que puede producir en la sociedad catalana sus planteamientos secesionistas y, como mucho, animan a los ya convencidos de su causa a intentar recabar el número suficiente de apoyos electorales para alcanzar sus objetivos. ¿No será que les trae sin cuidado partir en dos la sociedad catalana porque lo que de veras les importa es mandar sobre ambas mitades?".

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