"Cualquier crítica al proceso [independentista], por más fundamentada que esté o por más altas autoridades europeas (los mismísimos Durao Barroso o Van Rompuy) o españolas (supongamos, el gobernador del Banco de España) que la puedan formular, si puede parecer que amenaza con pinchar el globo de la ilusión, es rechazada de principio por medio de dicha respuesta"

Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y presidente de Federalistes d'Esquerres, en un artículo publicado este domingo en El País:

"[...] El lugar común reiterado por los soberanistas -tanto los de rancio abolengo como los sobrevenidos- es que la clave del apoyo popular que están obteniendo sus propuestas y que, según dicen, no deja de incrementarse, reside precisamente en la ilusión que, en una época de decepción y derrotismo generalizados como la presente, ha conseguido generar entre los ciudadanos. Sin embargo, [...] a poco que se piense en este asunto, se observará que no nos encontramos ante una novedad que introduzca un cambio cualitativo respecto a otras formas de movilización pasadas. De hecho, el registro al que ahora se está apelando es en el fondo idéntico al que esas mismas fuerzas políticas vienen utilizando desde hace décadas. Me refiero a la emotividad. Y si en el pasado el sentiment era el reiterado recurso que terminaba cortocircuitando la posibilidad de auténticos debates en los que se explicitara el modelo de sociedad que se estaba proponiendo para Cataluña, ahora la tan cacareada ilusión es el gran argumento (por no decir el único) para abortar cualquier posibilidad de discusión.

La realidad no me dejará mentir. Hace algunas semanas, el portavoz Homs, siempre alerta, ya ponía sobre aviso a la ciudadanía catalana acerca de la que se le venía encima en la campaña de las próximas elecciones europeas. Que no era otra cosa que lo que se acostumbra a denominar desde el soberanismo la campaña del miedo. Repárese que el rótulo tanto vale para un roto como para un descosido. Cualquier crítica al proceso, por más fundamentada que esté o por más altas autoridades europeas (los mismísimos Durao Barroso o Van Rompuy) o españolas (supongamos, el gobernador del Banco de España) que la puedan formular, si puede parecer que amenaza con pinchar el globo de la ilusión es rechazada de principio por medio de dicha respuesta.

El asunto queda así planteado en el terreno favorito del nacionalismo desde siempre, el de los sentimientos, con lo que el conflicto pasa a ser en realidad entre dos emociones, una de signo inequívocamente positivo, la ilusión, y otra de carácter claramente negativo, como es el miedo. Y, claro, ¿quién va a estar a favor de tan sombría y triste emoción disponiendo de una estimulante ilusión a la que aferrarse? Pero habrá que recordar lo obvio: una emoción no es ni buena ni mala en cuanto tal. Mejor dicho, puede ser buena o mala, según las razones que la sustenten y, no se olvide, los comportamientos que propicie.

Sin embargo, a la ciudadanía catalana se le ha venido hurtando sistemáticamente la explicitación de las consecuencias de la publicitada ilusión. En su lugar, se ha puesto encima de la mesa el dato, la cifra, el número. La movilización misma queda así convertida en argumento, presuntamente incontrovertible. ¿Alguien osaría problematizar, poner en cuestión o dudar del buen sentido que asiste a la ilusionada multitud sin recibir a los pocos segundos el reproche de no ser un auténtico demócrata? Inquietante manera esta, ciertamente, de entender la democracia por parte de algunos, que, para mayor abundamiento, ya empiezan a acariciar la fantasía de llenar Cataluña la Diada de 2014 de miles de plazas Tahir, como si, en presencia de las masas, a la razón no le cupiera otra alternativa que la de callar".