¿Quién teme la reforma constitucional?

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Miércoles, 11.12.2013 08:00

El contexto político, social, económico, internacional, cultural, generacional, tecnológico, en el cual se gestó la Constitución de 1978 era muy diferente del de hoy día. Éste es un hecho incuestionable del que se derivan consecuencias para la eficacia de la norma constitucional.

Cierto es que derechos y libertades fundamentales relativos a la persona y al ciudadano, reconocidos en la Constitución, siguen siendo perfectamente válidos en su definición, pero ha cambiado el ejercicio, la aplicabilidad, la defensa y la protección, porque ha cambiado el contexto. Y también es cierto que se han ido configurando nuevos derechos y libertades que tendrían que ser incorporados a la Constitución.

Nos hemos de preguntar quién teme la reforma de la Constitución de 1978 y por qué

Los últimos 35 años han comportado una aceleración de la evolución social extraordinaria, hasta el punto de que la ley fundamental necesita una adaptación para asegurar su función de garantía de la convivencia democrática y de aspiración al máximo de libertad, igualdad y solidaridad para los ciudadanos y pueblos de España, objetivos enunciados en el preámbulo de la Constitución.

El constitucionalismo comparado muestra que en Europa la Constitución española es un caso único de inmutabilidad. La Ley Fundamental de la República Federal de Alemania, una historia de éxito que influyó elementos de la Constitución de 1978, ha sido adaptada más de 60 veces -algunas modificaciones como las de 1994 y 2006 de gran calado-; por eso, entre otras razones, resulta ser una norma viva que impregna la vida ciudadana y social de Alemania.

Nos hemos de preguntar quién teme la reforma de la Constitución de 1978 y por qué. Si descubrimos los motivos, los pretextos o los intereses que hay detrás del temor y del rechazo de la reforma y lo sabemos exponer con objetividad, sin acritud, a lo Mandela, ya habremos empezado el diálogo social para la reforma.

En este tiempo de depresión colectiva, de desprestigio de las instituciones -por desgaste o por culpa de los gestores públicos-, de desconfianza hacia la política, de deslealtades mutuas, de crisis acumuladas, iniciar un proceso de reforma constitucional, ambicioso socialmente y territorialmente, crearía una esperanza de regeneración democrática, aportaría una nueva energía al país, permitiría recuperar un espíritu de concordia ahora disipado. ¿Quién teme intentarlo?

Salir de las crisis y reformar la Constitución no son procesos incompatibles y secuenciales -primero, uno y después, el otro-, antes bien se entrelazarían positivamente, no sin grandes esfuerzos y sacrificios. Pero, ¿acaso fue fácil la gestación de la Constitución de 1978 y la superación de las crisis de entonces?

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Jordi García-Petit
Doctor en derecho.
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