¿De dónde soy?

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Lunes, 27.01.2014 08:39

Hace un par de semanas escribí el artículo "Extranjeros" (y perdónenme la autocita) que me valió que los del diario Ara me enviaran al Racó de Pensar. Yo no sabía que me había portado tan mal, la verdad, pero, para que no se diga, les hice caso y me puse a meditar sobre el tema y he decidido poner mis reflexiones por escrito aun a riesgo de que esta vez me castiguen con un terrible gomet vermell.

Según el Derecho Internacional, las doble nacionalidad es una fuente de conflictos y debe ser reducida. Además, para que esto suceda, tienen que estar de acuerdo los dos países lo cual, de entrada, ya resulta imposible si la secesión se realiza mediante una declaración unilateral

En dicho artículo hacía referencia a los más de 300.000 apátridas de Letonia aunque de manera muy somera. Sigamos pues, con el tema de las repúblicas bálticas. A los letones hay que sumar los no-ciudadanos o "pasaportes grises" estonios, que tienen reconocida la residencia legal en Estonia pero no la ciudadanía (ni tampoco ninguna otra) y los ciudadanos rusos, ambos grupos sin derecho a voto (entre una quinta y una cuarta parte de residentes) y en tal situación de acoso y discriminación tanto en materia lingüística como de derechos sociales que han sido denunciados por numerosas ONG, entre ellas Amnistía Internacional. Un poco mejor es la situación de Lituania ya que desde el principio facilitó la naturalización de los residentes. Y, aun así, es uno de los países con más apátridas del mundo. Según las palabras de Francisco Rubio Llorente, catedrático emérito de Derecho Constitucional, entre el 30% y 40% de la población de estos tres países pudieron votar en el referéndum de independencia pero, a día de hoy, no pueden votar en otros comicios porque ya no son ciudadanos y, por lo tanto, no tienen derecho a voto.

Y no es que yo quiera insinuar que en Cataluña pudiera pasar algo similar, no me malinterpreten, pero es que la Vía Catalana se inspiró en la vía Báltica y, además de eso, desde el secesionismo se suelen poner como ejemplo de nuevos países europeos y por eso lo comento. Creo que sería muy pertinente que la Assemblea Nacional Catalana especificara hasta dónde llega el magisterio de las tres ex repúblicas soviéticas. ¿Se va a copiar también lo de otorgar la nacionalidad a partir de cierta fecha de nacimiento? Si es así, cabe recordar que ellos escogieron 1940. ¿Y qué pasa con las lenguas? ¿Van a imitar la falta de respeto al español que ellos muestran ante el ruso? En Letonia, la única lengua oficial es el letón pese a que el ruso es la lengua materna de casi el 30% de la población y, por poner un ejemplo, Muriel Casals, presidenta de Òmnium Cultural está en esa misma línea. ¿Quieren ella y Carme Forcadell que la sociedad civil catalana sea a imagen y semejanza de la sociedad civil báltica? Lo cierto es que jamás les he visto criticar a estos tres países por estos aspectos, más bien al contrario, todo son parabienes y demostraciones de gratitud por las palabras de Algirdas Butkevicius, primer ministro de Lituania, por su apoyo al soberanismo catalán (aunque luego dijo que la ACN había realizado una interpretación tendenciosa de sus declaraciones) y las del por entonces primer ministro letón, el populista Valdis Dombrovskis.

Es posible que mucha gente, más allá de los lazos sentimentales con España, quiera mantener la nacionalidad española por puro pragmatismo, para poder seguir siendo miembro de la UE, lo cual nos podría llevar al mayor de los absurdos: ¿Podríamos encontrarnos con un Estado… sin nacionales?

Pero no quiero que se me acuse de caer en el discurso del miedo así que apartemos de nuestras mentes estos feos ejemplos bálticos –que luego los del Ara me castigan- y pensemos en positivo. Después de todo, el líder de ERC, Oriol Junqueras, ya ha dicho que todo el que lo desee podrá tener la doble nacionalidad. Lástima que, en realidad, esto no esté en sus manos. Para empezar, pese a que él afirma que hay muchos ciudadanos en el mundo que tienen la doble nacionalidad esto no es exactamente así pues, estadísticamente, son una auténtica minoría y, según el Derecho Internacional, las doble nacionalidad es una fuente de conflictos y debe ser reducida. Además, para que esto suceda, tienen que estar de acuerdo los dos países lo cual, de entrada, ya resulta imposible si la secesión se realiza mediante una declaración unilateral, como el propio Junqueras propone. Pero, qué caramba, he dicho que voy a ser optimista así que vamos a ponernos en el mejor de los casos, en una secesión amistosa y con el reconocimiento de Cataluña como país por parte de España. Parece evidente que gran parte de la población querría esa doble nacionalidad, que no hace falta ni haber cursado 1º de Publicidad para saber del poder de un 2x1. Imaginemos que, por ejemplo, unos seis millones de personas deciden solicitarla. ¿Alguien se imagina un país que tiene semejante cantidad de súbditos viviendo en el país de al lado?

Descartado el modelo de Letonia, Estonia y Lituania, y con nuestras nuevas gafas de color de rosa, damos por hecho que el nuevo Estado dará a todos los actuales ciudadanos la posibilidad de adquirir la nacionalidad catalana –sin decantarse ni por el ius solis ni por el ius sanguinis que suelen ser los principio usuales para adquirir la nacionalidad- según reza la propaganda de CiU, pero lo que no sabemos es cuántas personas estarían dispuestas a aceptarla. Parece que ya ha quedado bastante claro que si un país se secesiona, queda fuera de la Unión Europea y tiene que volver a pedir el ingreso por lo que es posible que mucha gente, más allá de los lazos sentimentales con España, quiera mantener la nacionalidad española por puro pragmatismo, para poder seguir siendo miembro de la UE, lo cual nos podría llevar al mayor de los absurdos: Cataluña convertida por fin, según el sueño de unos cuanto, en un Estado independiente pero con una gran parte de la población que sigue siendo española. Al final del camino, ¿podríamos encontrarnos con un Estado… sin nacionales?

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¿Quién es... Sonia Sierra?
Sonia Sierra
Doctora en Filología española y profesora de Lengua y Literatura españolas en Barcelona. Miembro del colectivo Puerta de Brandemburgo. Concejal de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Barcelona.
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