El Ojo Cosmológico

'La gran belleza', de Paolo Sorrentino: la lúcida tristeza de las viejas bacanales

Crítica cinematográfica

5 min
Juan Pérez
Martes, 7.01.2014 11:29

Título original: La grande bellezza
Año: 2013
Duración: 142 min.
País: Italia
Director: Paolo Sorrentino
Guión: Paolo Sorrentino, Umberto Contarello
Música: Lele Marchitelli
Fotografía: Luca Bigazz
Intérpretes: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Serena Grandi, Isabella Ferrari, Giulia Di Quilio, Luca Marinelli, Giorgio Pasotti, Massimo Popolizio

La Gran Belleza, una película sólo apta para devotos amantes del cine, es una suerte de homenaje a lo mejor no sólo del cine italiano –Fellini en primer lugar indiscutible, desde La dolce vita hasta I vitelloni, pasando por El satiricón; el inconmensurable Antonioni, con su desoladora visión del ser humano; el imprescindible Rossellini de Viaggio in Italia, y 'last but no least', el poderoso Visconti de El gatopardo, de cuyo escéptico personaje, el príncipe Salina, tantas reminiscencias hallamos en el desengañado escritor y cronista de la vida romana Jep Gambardelli, magistralmente interpretado por Toni Servillo, sin duda en el papel de su vida–, sino también del cine mundial, porque la presencia del recuerdo de Buñuel, sobre todo en las escenas religiosas, pero no solo en ellas, desde El ángel exterminador hasta El discreto encanto de la burguesía, pasando por Viridiana es harto evidente.

Lamento haber encadenado tantas referencias en tan pocas líneas, pero Sorrentino es el responsable de que su película suscite tantos ecos no solo fílmicos, sino históricos y literarios. La realidad que describe Sorrentino está enraizada en la sociedad italiana desde los descendientes de Augusto, con Heliogábalo y Nerón a la cabeza, paradigma ambos de la vida licenciosa, pero también en su literatura, como El Satiricón de Petronio, libremente adaptado por Fellini. Todo ese andamiaje cultural en modo alguno pueden explicar el valor de La gran belleza si no hubiéramos tenido un cicerone como Jep Gambardella, profundamente bíblico, porque la película puede entenderse como la ilustración del famoso primer capítulo del Eclesiastés: vanidad de vanidades, todo es vanidad; pero también fiel a la tradición del “árbitro de la elegancia”, Petronio: Andamos por el mundo como globos hinchados. Somos menos que las moscas; ellas, al menos, tienen cierto poder; pero nosotros no somos más que burbujas.

Burbujas son, en efecto, los personajes que aparecen en ese mundo en el que no hay transgresión que no parezca lo que es: un triste simulacro de otras anteriores. Estamos ante un retrato desolador del vacío existencial revestido de supuesto glamour, pero, en el fondo, inequívocamente hortera.

No diré que como las famosas bacanales del ínclito Roldán, de las que se publicaron espeluznantes fotografías, pero por ahí se anda. Roma es parte sustancial del argumento, porque La gran belleza es un recorrido por una ciudad cuyo arte ubérrimo choca frontalmente con la degradación de esas vidas vacías que se mantienen en un eterno vivir a destiempo para tratar de apresarlo, pero, como advierte el resignado Gambardella, ese mundo decadente acelera su propia degradación y se acerca con pasos agigantados a la desaparición, a la muerte. Ellos, Gambardella y quienes comparten con él el espacio asfixiante de la burbuja, son un mal sueño de la realidad de la que parecen huir viviendo a contracorriente.

La gran belleza es una película triste, poderosamente melancólica, ya lo hemos dicho, pero Toni Servillo, con unos registros expresivos tan excepcionales como carentes de artificio –viéndolo recordé a todos esos actores italianos y españoles que actuaban sin otro método que la naturalidad cabal: Anna Magnani, Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Pepe Isbert, Manuel Aleixandre, Cassen…–, consigue que interioricemos su complejo mundo de sensaciones contradictorias y que entremos en su doble y desoladora visión, la de sí mismo y la de lo que le rodea, una realidad de excepción fríamente disecada desde un escepticismo y una ironía que a veces se quiebra para llegar a rozar la trascendencia de la tragedia, pero que, en sus momentos más vibrantes y consistentes alcanza de lleno la virtud expresiva del mejor esperpento, de lo grotesco.

Es difícil que una película como La gran belleza, a pesar de su ritmo calmo, su índole descriptiva y reflexiva, pueda dejar indiferente al espectador. No niego que haya quien pueda descabezar un sueñecito aprovechando una banda sonora excepcional y los cautivadores silencios que favorecen la reflexión, sobre todo en los paseos nocturnos de nuestro Virgilio particular, pero me parece imposible que haya alguien refractario a la belleza que destilan las imágenes de la película, la emoción que depara la actuación de Toni Servillo y el recorrido por una ciudad que respira belleza eterna. El crítico mejor pagado de El País –el mejor es, sin duda, Jordi Costa– reconoce que necesitó dos visionados de la película para llegar a saborearla. Los cinéfilos no profesionales necesitamos más de dos, como ocurre con los clásicos intemporales, para poder seguir captando sus muchos valores. La gran belleza es cine. Solo cine. El cine.

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