Catalán y castellano

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Sábado, 1.02.2014 13:53

Los autos del TSJC en los que se ordena a cinco escuelas a dar un 25% de las clases en castellano ha vuelto a poner sobre la mesa, por enésima vez, el debate sobre la inmersión lingüística en Cataluña. El debate tiene diversas aproximaciones. La primera, el derecho de las familias a que sus hijos reciban enseñanza en la lengua materna de, al menos, el 50% de la población. La segunda, el derecho del Estado a que su lengua oficial sea usada como lengua vehicular en toda su geografía. La tercera, el derecho de los catalanes a que una de sus ventajas competitivas, el bilingüismo de nuestra sociedad, no sea desperdiciado por intereses políticos y corporativos.

No consigo entender que establecer que un 25% de las clases se impartan en castellano sea un atentado contra el catalán, lengua en la que se darán el 75% restante. Debo de ser muy estúpido

De entrada no consigo entender que establecer que un 25% de las clases se impartan en castellano sea un atentado contra el catalán, lengua en la que se darán el 75% restante. Debo de ser muy estúpido. El argumento de que los niños aprenden igual el castellano es del mismo calibre que afirmar que el catalán no estaba discriminado en la escuela franquista porque las familias y la sociedad continuaban usándolo. Ya puestos, si los niños no van a la escuela también aprenderán ambos idiomas.

La realidad es que la inmersión lingüística, hoy, es tan sólo un instrumento político que trata de separar a los catalanes de una parte esencial de su cultura. Se trata de hacer buenos nacionalistas, que no se sientan españoles, y creen que eliminando el castellano de la escuela este objetivo se consigue, sobre todo si se acompaña de una versión de la historia unilateral y manipuladora. La clase política catalana, salvo C's y en parte el PP, defiende esta opción con ahínco para los hijos de los demás, aunque se la salta en muchos casos para sus propios hijos a través de escuelas privadas que no practican la inmersión en catalán. La historia de persecución del catalán, la facilidad para aprender el castellano y la presión ambiental han hecho que durante años muchos padres hayan aceptado como un hecho inevitable la inmersión. Pero no conozco a nadie, algún fanático habrá pero no los conozco personalmente, que no prefiera llevar a sus hijos a una escuela trilingüe, si puede pagarla claro, que llevarla a una escuela con inmersión. Cuestión de puro sentido común.

Leo que desde el Govern se quejan de que el TSJC invade competencias de la Generalidad. Efectivamente lo hace, pero porque la Generalidad lleva años incumpliendo las resoluciones de los tribunales con el mayor descaro. Si la Generalidad hubiera actuado, como es su obligación, el problema no existiría. Un país en que el Gobierno se salta sistemáticamente las resoluciones de los tribunales no puede calificarse de tener un sistema político democrático. Un mínimo respeto por la división de poderes es consustancial a la democracia.

El tratamiento escolar de la existencia de dos lenguas ampliamente implantadas en un territorio puede ser diverso. Las soluciones en el País Vasco, Galicia o Baleares son distintas. Pero si quien tiene la competencia, en el ámbito del respeto a las resoluciones del Tribunal Constitucional, del Tribunal Supremo y de otras instancias judiciales, no lo hace, es lógico que sea el poder judicial quien actúe para que sus sentencias no se queden en papel mojado.

El adoctrinamiento político de los niños es un signo de que en Cataluña la democracia está amenazada seriamente. Sólo los países con regímenes autoritarios utilizan la escuela para sus fines con la falta de pudor que se hace en Cataluña

Soy de los muchos catalanes que han vivido desde niños en un ambiente familiar bilingüe. Respeto que otros catalanes se sientan vinculados exclusivamente al catalán o al castellano. Entiendo que esas personas prefieran líneas separadas. No es mi caso. A mí me sirve una solución como la del TSJC, que obliga a que todos, en diferente medida, aprendan en las dos lenguas. Mi formación en catalán sufrió las carencias propias de la época y siempre he arrastrado esta mala formación de base en el lenguaje escrito y en la falta de un vocabulario que no fuera el de la cotidianidad. Las lecturas de mayor han corregido en parte la situación pero soy de los convencidos que lo que no se aprende antes de los veinte años siempre cuesta mucho de recuperar.

Creo también que este bilingüismo tan nuestro, además de ser un signo de identidad que debería ser protegido por los poderes públicos por este simple motivo, es también una ventaja competitiva en un mundo global. Los bilingües tenemos el cerebro mejor adaptado para aprender otros idiomas y, hoy en dia, ser trilingüe -de verdad, no un mero conocimiento del lenguaje oral de televisión- en catalán, castellano e inglés, es una buena formación para ganarse la vida. Si le sumamos el árabe, chino o ruso, coincidirán conmigo en que un joven con esa formación sortearía sin dificultad los problemas de encontrar trabajo.

Es por tanto llamativo que los poderes públicos catalanes se empeñen en que muchos de sus ciudadanos vean conculcados sus derechos lingüísticos y vean disminuido su potencial profesional por razones de cálculo político. Podrán seguir mareando la perdiz algún tiempo. Pero más pronto que tarde la realidad acabará imponiéndose. El adoctrinamiento político de los niños es un signo de que en Cataluña la democracia está amenazada seriamente. Sólo los países con regímenes autoritarios utilizan la escuela para sus fines con la falta de pudor que se hace en Cataluña. Otra razón poderosa para que los catalanes levantemos la voz y digamos basta.

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Presidente del Consejo Editorial de CRÓNICA GLOBAL. Licenciado en Derecho. Ha sido profesor de Derecho financiero en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y de Derecho mercantil en la Universidad de Barcelona (UB). Ha sido vicepresidente de La Seda de Barcelona. Fue el editor de El Debat y Tribuna Latina.

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