"A todos aquellos que pensamos que el derecho unilateral a la secesión (el famoso 'dret a decidir') no está previsto en ningún lado, se nos atribuyen posiciones antidemocráticas. Así, se crea la sensación de que el contexto en el que vivimos en realidad no es tan diferente del de 1714, ya que frente a las ansias de 'libertad' se sitúan las mismas posturas antidemocráticas"

Pau Luque, investigador en Filosofía del Derecho en la Universidad Federico II de Nápoles, en un artículo publicado este jueves en El País:

"[...] Con la idea expresada por Mas de que 'Cataluña quiere defender con votos lo mismo que los héroes de 1714', está diciendo, de forma implícita y con una simpleza casi infantil, que los catalanes -en realidad se trataría sólo de los independentistas- discuten hoy con los españoles por lo mismo que en 1714, a saber, la supervivencia de las instituciones catalanas. Pero para poder sostener con sentido ese continuum entre entonces y ahora sería necesario que quienes están contra los catalanes a día de hoy fueran partidarios del modelo absolutista y antiparlamentario que Felipe V impuso a todos sus súbditos, fueran éstos catalanes o no. Si los 'enemigos' de los catalanes enarbolaran hoy un modelo tal, entonces, en efecto, la supervivencia de las instituciones catalanas estaría en peligro. ¿Pero es tal realmente el caso? ¿De verdad que es creíble pensar que entre el contexto político de 1714 y el de 2014 apenas hay diferencia?

El Estado español actual está pasando un momento pésimo, pero a pesar de todos sus defectos, limitaciones y vicios sigue siendo más democrático que el modelo propugnado por Felipe V. En el reduccionismo político en el que se está viviendo en Cataluña desde hace dos años, a todos aquellos que pensamos que el derecho unilateral a la secesión (el famoso 'dret a decidir') no está previsto en ningún lado, se nos atribuyen posiciones antidemocráticas. Obviamente esto último es falso, pero al atribuir posiciones antidemocráticas a aquellos con los que no se está de acuerdo se crea la sensación de que el contexto en el que vivimos en realidad no es tan diferente del de 1714, ya que frente a las ansias de 'libertad' se sitúan las mismas posturas antidemocráticas. Los antidemócratas ya no parecemos antidemócratas, pero en realidad lo somos. Quienes así piensan bien podrían suscribir el verso de Tom Waits: 'It's the same old world, but nothing looks the same.

La segunda observación tiene que ver con ese continuum entre el pasado, el presente y el futuro del que hablaba antes y que, de forma natural, como dijo Mas, desemboca en la independencia. Una muestra práctica y real de tal manera de ver las cosas son esas políticas puestas en marcha por el Gobierno catalán consistentes en construir lo que llaman 'estructuras de Estado'. Al llevar a cabo una operación de este tipo se está presuponiendo que ese Estado tendrá lugar, que tal destino está ya marcado. Quienes adoptan un discurso semejante parecen querer afirmar, subyacentemente, que hay una suerte de fuerza superior -la Historia- que determina un resultado final: la independencia. Sugieren que hay un hilo narrativo que conduce inexorablemente a ese El Dorado, por lo que en el fondo poco importa lo que nosotros queramos o no, ya que la Historia está ya escrita, es sólo cuestión de tiempo que se llegue a ese final.

Pero si las cosas fueran realmente así, y no hubiera capacidad para elegir en buena medida sobre el futuro puesto que hay algo ajeno a nosotros que precluye el abanico de resultados, ¿a santo de qué esa machacona insistencia con el derecho a decidir? Si la Historia ya está determinada y, más tarde o más pronto, se llegará a ese final al que estamos predestinados, ¿qué queda por decidir? ¿En relación con qué nos autodeterminamos si todo está ya determinado? No es compatible apelar a cualquiera de las formas del principio de autodeterminación -ya sea colectivo o individual- y afirmar, contemporáneamente, que más tarde o más pronto, de forma natural, El Dorado llegará porque a fin de cuentas la Historia ya está escrita.

Y si, como es razonable pensar, resulta que el futuro no está ya predeterminado, quizá haya todavía espacio para un lugar entre el actual status quo y ese El Dorado incierto, un lugar en que la mayoría, incluidos aquellos que no tenemos ni idea de cuáles son las cualidades esenciales e irrenunciables de Cataluña o de España, nos sintamos cómodos".