"Cabe objetar que, incluso sin golpe de fuerza y aunque se tomaran el tiempo de hacer una campaña y un debate, un referéndum así [como el celebrado Crimea] tendría, si Europa lo ratificase, consecuencias apocalípticas. ¿Qué responderíamos después si, amparándose en tal precedente, los vascos españoles y franceses decidieran reclamar su unificación?"

Bernard-Henri Lévy, filósofo, en un artículo publicado este lunes en El País:

"[...] Cabe objetar que, incluso sin golpe de fuerza y aunque se tomaran el tiempo de hacer una campaña y un debate, un referéndum así [como el celebrado Crimea] tendría, si Europa lo ratificase, consecuencias apocalípticas. ¿Qué responderíamos después si, amparándose en tal precedente, los vascos españoles y franceses decidieran reclamar su unificación? ¿Y si los húngaros de Transilvania, los albaneses de Macedonia, los turcos de Bulgaria, los rusoparlantes de los Países Bálticos y los flamencos de Bélgica alegaran este ejemplo para reclamar a su vez un cambio de país?

Y esto por no citar otros casos no precisamente banales. Pues el nacionalismo lingüístico es el más insidioso de todos los nacionalismos. Es un nacionalismo no ciudadano, fundado en los demonios del diferencialismo.

Incluso sin mencionar los Sudetes anexionados por Alemania en virtud de ese mismo nacionalismo lingüístico, justo antes de que Hitler invadiera Checoslovaquia, está claro que ceder ante Putin en Crimea sería como una onda de choque que haría que ninguna frontera en Europa volviera a ser segura ni reconocida y, poco a poco, daría al traste con el equilibrio del continente.

[...] En Kosovo, en cambio, es cierto que los mismos que cuestionan hoy el golpe de fuerza ruso y abogan por la integridad de Ucrania antaño aceptaron, e incluso alentaron, la voluntad independentista de Pristina. Pero, ¿cómo se pueden comparar ambas situaciones? ¿Cómo se puede ignorar que la comunidad internacional únicamente apoyó la causa del independentismo kosovar tras una década de limpieza étnica, de masacres civiles a gran escala y de la deportación de cerca de 800.000 mujeres y hombres cuyo único crimen había sido el de haber nacido musulmanes? En otras palabras, ¿qué relación puede haber entre un Milosevic acreedor de las penas que el Tribunal Penal Internacional de La Haya reserva a los autores de crímenes contra la humanidad, y los dirigentes de una nueva Ucrania a cuyos soldados hemos visto, en unas imágenes que han dado la vuelta al mundo, desafiar con las manos desnudas, pacíficamente, a unas tropas armadas hasta los dientes recién desembarcadas en Sebastopol?

Para nosotros, europeos de la Europa libre, la línea divisoria está clara. Y esta divisoria nos obliga a tomar partido. Naturalmente, no por un nacionalismo contra otro nacionalismo rival, sino, una vez más, y simplemente, por el derecho de los pueblos a no ser masacrados y contra el de los déspotas a masacrar soberanamente a su propio pueblo.

Una de dos.

O el peligro existe... ¿Qué digo? La masacre ya ha comenzado. Ya han empezado, como en Kosovo, a mutilar, decapitar y ejecutar de un tiro en la nuca a los habitantes de pueblos enteros. Y entonces, sí, tenemos buenas razones para intervenir y detener la carnicería...

O el peligro no existe. La pertenencia de los flamencos a Bélgica o de los crimeos a Ucrania no amenaza en absoluto su integridad física ni su libertad. Mejor dicho: sería precisamente al dejar el regazo ucranio cuando algunos de los mencionados crimeos -y pienso en primer lugar en los tártaros- correrían el riesgo de ser asesinados "hasta en sus propios retretes", según la elegante expresión del presidente ruso. Y nuestro deber, al mismo tiempo que nuestro interés, es, por el contrario, hacer todo lo necesario para velar por el respeto de unas fronteras garantes del derecho de gentes [...]".

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