El nuevo regionalismo, un paseo con Dahrendorf

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Domingo, 23.03.2014 10:27

Vivimos en la sociedad del presente continuo, de la inmediatez, en la que las incertidumbres nos agobian y no hay tiempo suficiente para meditar cuál es la mejor respuesta a los retos que nos plantea cada nuevo día. No está de más, por tanto, alejarnos de la controversia política cotidiana para contemplar nuestra realidad en la mirada de quienes supieron analizar alguna de sus causas, expurgándolas de las pasiones que conlleva la proximidad. Esta es la razón del paseo que propongo al lector por algunas de las reflexiones de Ralph Dahrendorf.

La democracia es la expresión colectiva de la libertad que todos necesitamos para construir nuestro propio proyecto vital. Pero para existir, ninguna de las esferas de la misma se puede convertir en referente único. La democracia es de todos

Cuando Dahrendorf defendió hace unos años potenciar las comunidades locales, no estaba escribiendo un alegato en favor de las regiones. Al contrario, el politólogo germano-británico estaba convencido de que el nuevo auge del regionalismo era profundamente antidemocrático. Muy diferente al localismo, creía que este regionalismo de nuevo cuño respiraba los nocivos aires de una voluntad homogeneizadora; étnica, lingüística o religiosa, a la que en los últimos años podríamos añadir la política.

Su seña de identidad era la delimitación: ya fuera frente a los vecinos extranjeros como ante las minorías locales. Estas minorías incluían, ayer y hoy, a todos aquellos miembros de la región que al no compartir los principios y criterios de pertenencia establecidos por los regionalistas, se autoexcluían a su juicio de la comunidad. Pasaban a engrosar entonces las filas de los "extranjeros locales". Concesión de pertenencia al grupo ad casum por la que sólo son de aquí quienes piensan como yo.

Este regionalismo de corte activista y demagógico no profundiza nunca en el proceso de ampliación de las oportunidades de elección que tienen los ciudadanos en el ejercicio de su libertad. De su comportamiento suele deducirse más bien un desmedido afán por beneficiar a sus activistas.

No sorprende por tanto que en su discurso la democracia sea más un recurso que una preocupación real. Alcanzados sus objetivos, los checks and balances, el relevo efectivo en la cúspide del poder y hasta la participación del pueblo en el proceso político se consideran ya secundarios. Todo sea a mayor gloria de la nueva oligarquía local.

Por todo ello, esta forma de glocalización que representa la regionalización perjudica al sistema democrático y a la convivencia pacífica. Dahrendorf considera incluso que puede desembocar en una nueva forma de balcanización.

¿Exagera nuestro doctor? No lo creo. Es evidente que la democracia no es una mera agregación de instituciones o unas prácticas legal o consuetudinariamente legitimadas por la ciudadanía. La democracia es un modo de entender la vida en sociedad. Necesita de la participación activa de la población para renovarse y relegitimarse diariamente. La democracia es la expresión colectiva de la libertad que todos necesitamos para construir nuestro propio proyecto vital. Pero para existir, ninguna de las esferas de la misma se puede convertir en referente único. La democracia es de todos.

Como afirma Dahrendorf, tiene dos condiciones fundamentales: la sociedad civil y el imperio de la ley. La mediatización de las mismas por otras instancias de poder, socava inevitablemente los cimientos del edificio democrático.

La instrumentalización de la ciudadanía mediante la infiltración del poder político en sus resortes de participación en la esfera pública amenaza a la democracia. La insumisión legal y ruptura del imperio de la ley, también

En el fondo, el regionalismo sufre una indigestión de Montesquieu. A fuerza de citar lo que no siempre se ha leído, algunos olvidan que al hablar de la separación y división de poderes, el autor francés no propone que desarrollen su labor en un espléndido aislamiento. Plantea una división del trabajo y una colaboración imprescindible a la hora de adoptar las decisiones colectivas.

Como señala Pedro Schwartz en su último libro, En busca de Montesquieu, la democracia en peligro, la esencia de la doctrina Montesquieu es que un solo poder no pueda tomar decisiones sin la colaboración, apoyo, refrendo o revisión de otro. No es un arreglo de compartimentos estancos, sino un sistema de autoridad concordante, en palabras de Gordon Tullock. Su propósito es que nadie, ni siquiera la mayoría del pueblo, pueda tomar decisiones sin contar con otras instancias de poder. Esa necesidad de colaboración, de coordinación, debe entenderse como la asignación de poderes de veto a distintas instituciones. Vista de esta forma, la separación y división de poderes son una manera de concordar poderes y obligarles a tener en cuenta todos los intereses y puntos de vista, reduciendo la posibilidad de que alguna minoría sea pasada por alto y explotada.

La descripción realizada por Dahrendorf del nuevo regionalismo hace especial énfasis en la necesidad de preservar la independencia de la sociedad civil y el imperio de la ley como garantías de la legitimidad democrática. La instrumentalización de la ciudadanía mediante la infiltración del poder político en sus resortes de participación en la esfera pública amenaza a la democracia. La insumisión legal y ruptura del imperio de la ley, también. A la luz de todo ello, no parece que su imputación al regionalismo de falta de espíritu democrático sea exagerada.

La absolutización de la voluntad mayoritaria como único referente democrático es la más antidemocrática de las posiciones. Que se lo pregunten a Michael Walzer. Pero eso es otro paseo.

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Director de entidades no lucrativas. Responsable de Organización en el grupo municipal de Ciudadanos (C’s) de Cornellá de Llobregat (Barcelona).

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