El carro de Tespis

L'esquella de la Torratxa: el viejo caciquismo y la transgresión cómica popular.

Me sorprende que nos permitimas el lujo de no hacer más de tres representaciones de esta auténtica joya teatral.

6 min
L'Esquella de la Torratxa
Juan Pérez
Miércoles, 12.03.2014 10:07

Autor: Serafín Pitarra
Música: Joan Sariols Porta
Compañera: EGOS Teatro
Reparto: Toni Sans, Anna Alborch, Lali Camps, Rubèn Montañá, Albert Mora, Martia Santallusia, Francesc Mora
Producción: Teatro Nacional de Cataluña
Sala: Sala Talleres del Teatro Nacional de Cataluña.

Alrededor del sesquicentenario del estreno de L'esquella de la torratxa, el Teatro Nacional de Cataluña ha organizado toda una serie de actos: representaciones, conferencias, coloquios, etc. para celebrar el mencionado estreno, considerada, de hecho, como el nacimiento del teatro popular catalán moderno.

Hablamos del 1864, es decir, de un tiempo lleno de esperanzas en la lucha popular para cambiar un antiguo régimen que todavía, a pesar de que disfrazado de un cierto progresismo -si pensamos en el ideario absolutista de sus enemigos carlistas- bajo la regencia de la viuda de Ferran VII y después bajo el reinado de Isabel II, pervive hasta su derrota a la revolución de 1868, que llevará al país a la efímera Primera República.

En aquel tiempo, Pitarra debuta como creador del sainete lírico catalán con un éxito agobiante. El relojero, en la trastienda del cual encontramos personajes de tanta valía intelectual como Anselm Clavé (la vida ejemplar del cual sería un éxito de audiéncia en una serie hecha dignamente para la pantalla pequeña), Valentí Almirall, o incluso el mismo José Zorrilla al cual le halagaba mucho, mientras vivía en Barcelona, en casa de Pitarra, sentirse reconocido por la calle: "Mira, es Surrilla!", según se recoge en el anecdotario de aquellos viejos tiempos bienhumorados y críticos con la monarquía de entonces y con los malos gobiernos de siempre.

El domingo por la tarde, en un teatro a rebosar de público, tuve el inmenso gozo de ver representada por primera vez en mi vida, esta obra clásica de Pitarra. Me pareció extraordinaria. Todos vamos disfrutar, con el retrato de una sociedad catalana que exhibía sus debilidades con una capacidad para reírse de ella misma que ha desaparecido totalmente de nuestra vida actual, al menos desde que empezamos con esta verdadera canción del enfado que es la megalomanía del secesionismo.

Encima del escenario, una historia que adaptaba de pe a pa un "dramón" nuevecentista en castellano, a pesar de que de autor catalán, La campana de la Almudaina, permitía con un sano humor muy actual, por cierto, poner de manifiesto las miserias, contradicciones y mezquindades de un sistema pretendidamente democrático pero que, en realidad, nos ofrece un retrato cuidadosísimo del caciquismo,la herencia del cual todavía sobrevive en nuestro presente: qué momentos, cuando el protagonista no deja de remachar cada escena con el grito de guerra: "Primero es el partido que todo!", que este espectador trasladaba al presidente Mas: "primero es el estado catalán que todo!".

Como obra teatral, el argumento no es nada más que un pretexto para hilar una retahíla de situaciones cómicas que van del gesto al chiste y, sobre todo, el equívoco verbal, fuente inagotable de hallazgos muy divertidos. Cómo que se muestra una sociedad catalana y española, sin ninguna tensión secesionista, entonces inexistente, y aun inconcebible, porque Valentí Almirall siempre se quiso mantener dentro del federalismo propio del ideario progresista de la Primera República, es también muy cómica la relación de los aldeanos con el Secretario del Ayuntamiento, castellanoparlante, porque los protagonistas usan un catalán no normalizado y con una fuerte dosis de castellanismos.

Toni Sans, que hace de alcalde Comelles, recuerda en todo momento, y con esto ya lo digo todo, la figura añorada del burgomaestro Pau Garsaball en El retablo del flautista, de Jordi Teixidor. Con esta obra guarda estrechos vínculos L'esquella de la torratxa, porque este espíritu catalán lúdico y crítico, hijo artístico del arrebato popular, opuesto a la soberbia y finura ramplona de la burguesía explotadora atraviesa ambas obras con un mensaje muy claro: la oposición a esta explotación y la oposición frontal a las costumbres refinadas e incluso prosopopéyicas de las famíles bienestantes.

El ánimo burlón y socarrón del catalán se tiene que conocer a fondo por desterrar el tópico que hace de los catalanes poco más que gente de tumba y entierro, casi nórdicos calvinistas reñidos con la risa, cuando la tradición cómica transgresora, desde Pitarra hasta los Joglars, pasando por Capri y quienes se quiera añadir, ha sido siempre una constante de la sociedad catalana.

Ahora bien, dicho todo esto, y no me cansaré de repetir que fue una representación extraordinaria, magnífica, llena a rebosar del mejor humor, la mejor interpretación y que hizo las delicias de todos los espectadores, me parece que el Teatro Nacional ha hecho un gasto del tipo improductivo al cual nos tiene acostumbrado este gobierno exhibicionista y mediático.

¿Cómo es posible que una obra que ha llenado el teatro las tres únicas funciones que ha sido representada, se saque del cartel y no le dé la larga vida que merece, sobre todo con los precios populares que ha tenido -6€ adultos y 3€ hasta los 25 años- y que han permitido que se llenara el teatro, que daba gusto verlo?

Esta tendría que ser una obra que llegara a todo el mundo y un espectáculo idóneo para animar a la gente joven, un auténtico plantel de futuros espectadores teatrales, porque, de una vez por todas, tuviéramos una cartelera teatral normalizada, lo cual quiere decir la exhibición de obras como esta L'esquella de la torratxa que tan buen regusto nos ha dejado.

Veremos, por supuesto, los días 16,17 y 18 de mayo, Liceistes y Cruzados, que promete mucho, por la lucha ochocentista entre ambas entidades filarmóniques y sociales barcelonesas, la del Teatro de la Santa Cruz, ahora el Teatro Principal y la del Liceo. Y los muy devotos pueden ir a ver también El cantador, del 2 al 13 de abril.

Todavía me sorprende, de verdad, que un espectáculo con tanta calidad, porque la escenografía es acertadísima y los números musicales magníficos, recordamos que es una zarzuela; me sorprende, decía, que nos permitimos el lujo de no hacer más allá de tres representaciones de esta auténtica joya teatral. ¡Nos pierde la estética!, decía Unamuno, pero le tenemos que corregir: la hemos perdido, y un poco de cordura también nos hemos dejado por el camino de la grandeur...