Putin trabaja para la integración europea

5 min
Viernes, 28.03.2014 08:10

La ocupación de Crimea le ha salido bien, sin verter sangre –de momento-, sin necesidad de un título jurídico. El referéndum ha sido un pucherazo. Papeletas como una servilleta y sin sobre, en las que se marcaba una gran cruz en la casilla de la anexión, visibles dentro de las urnas de plástico trasparente. El territorio patrullado por milicianos armados y contingentes de tropas rusas; sin observadores internacionales. Una participación oficial del 83,1%, las minorías no rusas suman un 42,2%, el 96,76% de los votantes a favor de Rusia, un sospecho resultado a la soviética. Vladímir Putin no necesitaba recorrer a esa fantochada. Podía haber conseguido una retrocesión jurídica de Crimea a Rusia con diplomacia, con paciencia, con cláusulas de respeto de las minorías ucraniana, tártara y otras, con inversiones generosas en la economía de Crimea, con seducción. Probablemente, la comunidad internacional habría terminado aceptando un Tratado de retrocesión con las garantías justas entre Ucrania y Rusia.

A Europa le hacía falta un "enemigo" identificable, próximo, un enemigo detestable por sus prácticas; ya lo tiene. La Rusia de Putin constituye una amenaza, blanda pero suficiente para reanimar la integración europea, y el momento es oportuno

Picó el pez, sí, pero será difícil de digerir. Del Báltico al Adriático, del Atlántico Norte al Mediterráneo resuena de nuevo aquello de "¡Que vienen los rusos!", grito de pavor que provocó migraciones masivas de millones de persones y miles de muertos en 1945. Ahora no será igual, pero reaviva el recuerdo del trauma del pasado.

Es exactamente lo que necesitaba Europa para darse cuenta de su fragilidad irresuelta. Las Comunidades europeas fueron creadas para evitar una nueva guerra entre Francia y Alemania, pero también, y no en menor grado, para crear un espacio de libertades y prosperidad que frenase la expansión comunista.

Alguien ha escrito que Rusia es una superpotencia continental con el PIB de Italia. Tanto da que el PIB sea un poco más o un poco menos que el de Italia. La inmensa mayoría de una población de unos 144 millones es pobre, salieron del comunismo para entrar en la historia neoliberal, pero vivían mejor y más seguros bajo el amparo totalitario del Estado soviético: la pobreza estaba repartida, igualada, y no era tan escandalosa. Después del hundimiento del comunismo, la acumulación de capital para el relanzamiento de la economía se está haciendo a partir de los enormes beneficios de la privatización de la industria, los servicios y el campo, con la monoproducción de gas, petróleo y otras materias estratégicas y con la industria del armamento. Corrupción generalizada en las altas esferas, grupos extractivos que arrasan el inmenso país y se pasean por Occidente como Crasos. Esta es la cara conocida del pretendido éxito económico ruso.

Y no obstante queda la superpotencia convencional y nuclear, sin base, sin reservas, pero todavía temible como ha demostrado en la mascarada de la anexión de Crimea; queda también el chantaje de poder cortar el suministro de gas y de petróleo, de especular con la deuda pública occidental comprada con petrodólares. Ningún Estado europeo podría resistir a solas las presiones rusas. Los más expuestos: los Bálticos, Finlandia, Polonia, Eslovaquia, Hungría están inquietos. Su resistencia a "más Europa" se está desvaneciendo a marchas forzadas. Los más grandes: Alemania, Francia, Italia, España, tampoco están tranquilos. La inestabilidad internacional y energética afectará a la incipiente recuperación.

A Europa le hacía falta un "enemigo" identificable, próximo –no basta con la nebulosa del terrorismo-, un enemigo detestable por sus prácticas; ya lo tiene. La Rusia de Putin constituye una amenaza, blanda pero suficiente para reanimar la integración europea, y el momento es oportuno. Las elecciones europeas del 25 de mayo facilitarán una renovación de altos cargos institucionales europeos y un cambio de políticas, incluyendo las relativas a Rusia.

La Rusia de Putin tiene motivos para temer a una Europa democrática, fuerte, próspera (aunque no lo sea). Qué más quisiera Putin que Europa se fraccionara en nuevos pequeños estados, que cada uno fuese a la suya, que la fragilidad se hiciera crónica, una Europa enana, en definitiva. En su paranoia de grandeza cree que podría extender por Europa y parte de Asia una zona de influencia líquida, hecha de chantajes, corrupciones, valores ultraconservadores, desigualdad determinada y "kitsch", mucho kitsch, este pudrimiento de la calidad y de la ética que es el kitsch de los nuevos ricos rusos, que Putin comparte. Nada podemos esperar de esa Rusia, si no es un contagio.

Artículos anteriores
¿Quién es... Jordi Garcia-Petit?
Jordi García-Petit
Doctor en derecho.