EL OJO COSMOLÓGICO

'The lunchbox'. El fracaso del azar objetivo: entre la soledad y el deseo

Ritesh Batra ha conseguido una primera película que se ve como si fuera la culminación de una larga obra cuyos pasos previos se desean ver cuanto antes.

6 min
Juan Pérez
Lunes, 12.05.2014 10:46

 



Año: 2013
Duración: 104 min.
País: India
Director: Ritesh Batra
Guión: Ritesh Batra
Música: Max Richter
Fotografía: Michael Simmonds
Reparto: Irrfan Khan, Nimrat Kaur, Nawazuddin Siddique, Denzil Smith, Bharati Achrekar,Nakul Vaid, Yashvi Puneet Nagar, Lillete Dubey

Es poco lo que se conoce popularmente del cine indio, quizás no tan divulgado como el chino o el japonés. Sin embargo, junto a ese Bollywood que es la principal industria cinematográfica del mundo en término de espectadores y cuyas películas, buena parte de ellas musicales, con números como los que aparecen en Slumdog Millionaire, por ejemplo, se ajustan a un esquema reiterado hasta la saciedad al estilo del taller teatral de Lope de Vega, hay un cine indio influido por el cine occidental cuyo interés es más que notable y, para el cinéfilo, de obligada visión.

Ningún verdadero amante del cine puede ignorar, por ejemplo, la Trilogía de Apu, de Satyajit Ray, una suerte de bildungsroman muy influenciada por el neorrealismo italiano, que causó un fuerte impacto cuando se exhibió en India. Películas más comerciales, pero siempre interesantes, como La boda del Monzón o Salaam Bombay de Mira Nair, muchos las recordarán con agrado. No hace mucho, acaso 5 años, tuve la ocasión de ver por televisión, la poética y cruda Niña mala, de Buddadev Dasgupta, cuyo lirismo me produjo una poderosa conmoción, sobre todo por la descripción de la aridez del paisaje por el que transitan, casi como una alucinación, un repertorio de personajes que parecen recién salidos de una película de Fellini o de Antonioni.

Hoy tengo la suerte inmensa de escribir una crítica sobre una ópera prima, porque, sin filmografía previa, cualquier juicio, como es evidente, se hace sin red. De Ritesh Batra he de decir, cuanto antes, que ha conseguido una primera película que se ve como si fuera la culminación de una larga obra cuyos pasos previos se desean ver cuanto antes. Desde los primeros planos de los trenes cruzando sus caminos en la superpobladísima Mumbai, el espectador intuye ya que se dispone a ver una película diferente, que no se ajusta a los patrones habituales de las producciones usamericanas al uso.

La elección de la anécdota, ilustración maravillosa del azar objetivo surrealista, con el descubrimiento de una realidad exótica y sin embargo tan común a nuestras costumbres, porque la crisis, como se ha repetido, ha vuelto a poner de moda la tartera o fiambrera (¿Qué les ha hecho suponer a los distribuidores que poner cualquiera de ambas palabras en el título hubiera alejado a los espectadores? Misterios del esnobismo…), con esa variante espectacular del curioso servicio de reparto de las fiambreras por las oficinas del centro de Mumbai, más el hecho de que toda la película gire, con una lenta progresión dramática muy verosímil, alrededor de ese azar, nos dice bien a las claras que a este director novel no le arredran los retos.

Película minimalista, por lo que hace al argumento; película lírica, por la delicadeza con que van comunicándose los protagonistas sus sentimientos de soledad y sus heridas vitales, y película costumbrista, por la descripción de los modos de vida hindúes nada alejados de los nuestros propios, The mailbox nos ofrece una historia de frustraciones que una relación gastronómico-emocional (la película puede entenderse también como una bella ilustración del viejo adagio: "al corazón se llega por el estómago") puede cambiar hasta el punto de luchar de tú a tú contra una realidad que se impone al modo castrador del determinismo.

La película es, sobre todo, un emocionado homenaje a las mujeres indias sometidas en un mundo del y para el hombre. Frente a la extrañeza ante su propia vida del viudo Fernandes (de no menos extraño nombre, por cierto, en aquel país…), a quien la nueva relación con su accidental cocinera lo llena de dudas y de temores, que en la película se resuelven con una decisión de índole realista a la que se llega gracias a una suerte de homenaje al realismo mágico del recién desaparecido García Márquez, el destino de las mujeres cuidadoras y sometidas que se nos ofrece en la película nos conmueve y enseña que aún queda mucho por hacer para lograr la verdadera igualdad de sexos.

Desde esta perspectiva, no es extraño que el director insista en mostrarnos siempre a la hija de la protagonista, saliendo de casa de los padres para ir a la escuela, como si ese fuera su único camino para la liberación personal. Algo que saben perfectamente los terroristas machistas (perdóneseme la redundancia) de Boko Haram.

Si algo impide que The lunchbox derive hacia el drama lacrimógeno es el contrapeso cómico de un personaje interpretado por el más que magnífico actor Nawazuddin Siddique cuyas dotes cómicas nos hacen desear que aparezca más a menudo en escena, pues compone un personaje "a la italiana" que nos recuerda impecables actuaciones de Ugo Tognazzi o Nino Manfredi, entre otros.. La relación de ambos hombres, Fernandes y Shaikh evoluciona a lo largo de la película como una trama paralela a la del azar objetivo de la confusión de destinatarios de la tartera que con primores de Cómo agua para el chocolate, de Alfonso Arau, o de la exquisita El olor de la papaya verde, de Tran Ang Hung, prepara Ila, la protagonista despreciada por el marido, para su corresponsal, porque, y esa es otra de las virtudes románticas de la película, el intercambio de cartas manuscritas entre los protagonistas le confiere una dimensión de "mundo antiguo lleno de verdaderos sentimientos" que lo aleja de la realidad banal del Tienes un e-mail, por ejemplo.

Para Shaikh es ya, la nota manuscrita, algo incomprensible en el mundo d los correos electrónicos, como tiene ocasión de recordar. En esas caligrafías, sin embargo, y en la ansiedad con que se esperan, se advierten los ecos inefables del primer amor y el temblor de la duda sobre uno mismo. Todo ello se nos transmite con una delicadeza visual que subraya, desde la cotidianeidad, la esperanza que puede generar una relación humana sincera. No se la pierdan.