El Ojo Cosmológico

Aprendiz de gigoló

La película no deja ninguna huella especial en el espectador, pero asegura una hora y media muy agradable, llena de un humor sutil, y a veces grueso.

5 min
Fotograma de 'Aprendiz de Gigoló'
Juan Pérez
Martes, 8.07.2014 11:09

 


Título original: Fading Gigolo
Año: 2013
Duración: 90 min.
País: Estados Unidos
Director: John Turturro
Guión: John Turturro
Música: Abraham Laboriel, Bill Maxwell
Fotografía: Marco Pontecorvo
Reparto:John Turturro, Woody Allen, Sharon Stone, Sofía Vergara, Vanessa Paradis, Liev Schreiber, Max Casella, Bob Balaban, Michael Badalucco

Comencemos por el título, porque en esta ocasión a la película de Turturro le han adjudicado uno que además de no despertar la curiosidad del posible espectador, porque le recuerda aquellos títulos de finales de los años 60 de la comedia casposa española, le roba al original la poesía que alberga: To fade significa desvanecerse, usualmente un color, y en este caso, lo que se diluye poco a poco es la condición de gigoló, asumida por compromiso, y difícil de mantener cuando el protagonista se enamora.

Un título tan desastroso no favorece a la película, a pesar del reclamo de Woody Allen y de la propia solvencia de Turturro, quien ha ido construyendo una obra personal como director que nada tiene que envidiarle a la muy consolidada como actor, por más que tenga un evidente carácter minoritario.

Fading Gigoló es una película en que se rinde un homenaje integral a Woody Allen mediante una historia ajustada al mundo del director neoyorquino, a la temática y a la geografía; no en vano, Turturro nació en Brooklyn. Si un espectador poco avisado no se entera de que el director es Turturro, saldría del cine convencido de que ha visto una película de Woody Allen. Una menor, claro, porque la historia deriva hacia la comedia romántica, en un registro alejado de la usual mordacidad e ingenio de Allen.

Por lo demás, tanto la omnipresente banda sonora de jazz, como el retrato de los personajes y, sobre todo, la visión de Nueva York, si bien en la modalidad de barrio periférico, con una fotografía en tonos crepusculares, y las frases ingeniosas puestas en boca del personaje de Allen nos convencen de estar viendo una película suya. La presencia, además, de la comunidad ortodoxa judía en la trama, dota a la película de ese factor étnico de la figura de Allen que se resuelve en clave de humor, porque la escena del tribunal rabínico ante el que conducen al personaje de Allen por haber intentado apartar a una mujer de su pertenencia a la comunidad, tiene todo el aire de la visión del mundo judío de las primeras películas de Allen.

El propietario de una librería ha de cerrar el negocio, que no puede seguir manteniendo y ha de despedir a un empleado que ha trabajado con él desde siempre, y con quien le une una amistad de carácter paterno-filial. Gracias a la confidencia que le ha hecho al personaje de Allen su dermatóloga –poderosa y magnética Sharon Stone–, respecto de que le gustaría practicar un ménage à trois, al librero se le ocurre que bien podría su empleado, ahora en paro, convertirse en un gigoló y conseguir ambos unos estupendos ingresos.

Es evidente que el personaje de Turturro, que también es florista, no es ya un joven Dioniso, pero el librero se encarga de convencerle de la inmensa capacidad de seducción que encarna. La baza de la madurez, unida a la presumible potencia sexual que el corpachón insinúa, les lleva a la pareja a formar una sociedad laboral en el 'trabajo más viejo del mundo'.

Woody Allen, muy envejecido, es capaz de sostener con habilidad y eficacia, sin embargo, el papel de alcahuete, tanto que incluso le complica la vida a su semental con una clienta viuda –dulce y fotogénica Vanessa Paradis– que ha de optar entre la pertenencia a su comunidad ortodoxa judía y el amor que inevitablemente nace entre ella y el supuesto 'sanador' –son excelentes las escenas en que Turturro, de origen italiano, se hace pasar por Sefardí– al que la lleva Allen, después de que él le hubiera llevado a uno de sus 'nietos' a despiojar, porque Allen vive, sin que se explicite nunca el carácter de su relación, con una familia negra llena de hijos pequeños, con quienes protagoniza divertidas escenas, como el encuentro entre los seis hijos de la viuda judía y sus 'nietos' negros, por ejemplo, para jugar un partido de béisbol. El choque de culturas está resuelto con excelente humor y una sólida metáfora, la del arco iris, como apreciarán quienes vayan a verla, algo que yo recomiendo.

La película no deja ninguna huella especial en el espectador, pero asegura una hora y media muy agradable, llena de un humor sutil, y a veces grueso, sobre todo con el personaje de una espectacular y deslenguada Sofía Vergara que borda su papel casi de ama de sado. Los diálogos entre Allen y Turturro han rescatado lo mejor de las películas del neoyorquino y en todo momento nos parece que hayan sido escritos, sus diálogos, por el propio Allen, a juzgar, además, por su exquisita actuación, en la que se le ve tan cómodo como interpretando sus propios guiones.

Curiosamente, antes de ir al cine, acababa de ver en la televisión El gafe, de Pedro Luis Ramírez (1959) con José Luis Ozores y un estupendo Antonio Garisa que se convierte en empresario del 'gafe' Ozores para montar un lucrativo negocio, lo que da pie a una comedia de humor negro que, dejando al margen los condicionamientos propios de la época, resulta tan amable y entretenida como este Aprendiz de gigoló, con la que comparte parecida situación de partida.