El Ojo Cosmológico

'Dos vidas': la estremecedora huella ardiente del nazismo y la guerra fría

Una aventura con trágicos recovecos que no puedo revelar en modo alguno, aunque lo esté deseando.

6 min
Juan Pérez
Miércoles, 16.07.2014 11:11



Título original: Zwei Leben (Two Lives)
Año: 2012
Duración: 97 min.
País: Alemania
Director: Georg Maas, Judith Kaufmann
Guión: Georg Maas, Christoph Tölle, Ståle Stein Berg, Judith Kaufmann (Novela: Hannelore Hippe)
Música: Christoph Kaiser, Julian Maas
Fotografía: Judith Kaufmann
Reparto: Juliane Köhler, Ken Duken, Liv Ullmann, Sven Nordin, Julia Bache-Wiig, Rainer

Dos vidas es una película política, sin duda, porque sin el contexto inicial de los delirios raciales del nazismo y, posteriormente, del totalitarismo comunista de la DDR alemana, resulta imposible comprender lo que la película también es: una tragedia humana que le llega al espectador de una forma tan contundente que lo lleva a la congoja e incluso al sufrimiento.

La película transcurre con absoluta normalidad hasta que comienzan a aparecer comportamientos inquietantes de la protagonista que al espectador le cuesta interpretar, porque se le ofrecen, como debe ser, con una clamorosa ausencia de datos que el guión se reserva como bazas que se irán jugando con un 'timing' perfecto para construir lo que bien podría ser considerado un thriller político en la línea de las investigaciones del sueco Stieg Larsson, autor de la trilogía Millennium, cuyas adaptaciones al cine se dejaban ver con interés tanto la primera, Los hombres que no amaban a las mujeres, dirigida por Niels Arden (muy superior a la versión americana de David Fincher, a pesar del prestigio de este director), como las otras dos dirigidas por Daniel Alfredson.

En Dos vidas hay una compleja trama que se inicia con las relaciones que tiene una mujer danesa, magnífica Liv Ullmann –sobre quien el director Georg Maas rodó un documental en 2012, no visto aquí, como tampoco han sido vistas sus dos primeras películas, que espero puedan ser rescatadas a partir del éxito que le auguro a esta tercera película suya– con un oficial alemán invasor, un aspecto de la trama, sin embargo, por el que se pasa como de puntillas, cuando es sabido que en Francia, por ejemplo, fue brutal el castigo-escarmiento público inmoral y despiadado que infligieron a las "colaboracionistas horizontales", como las llamaron, y hay estremecedora foto de Robert Capa al respecto.

La diferencia es que en Noruega hasta hubo un gobierno noruego pronazi, el de Quisling. Fuera como fuese, el caso es que la película en ningún caso se plantea esa especial confraternización con el enemigo, como lo prueba el que un retrato con el oficial nazi presida el rincón de fotos del comedor de la madre. La hija de ambos, sin embargo, le fue sustraída a la madre para mandarla a Alemania para ser educada en un Lebensborn o centro de educación de la savia auténticamente aria del Tercer Reich.

Con la caída del Régimen y la división de Alemania, esos jóvenes quedaron en tierra de nadie, y a partir de ahí se inicia la aventura de la reunión entre la hija y la madre. Una aventura con trágicos recovecos que no puedo revelar en modo alguno, aunque lo esté deseando, porque forman parte del atractivo de la película en lo que acaso sea su parte más dramáticamente humana.

Ese misterio nos acerca, como dije anteriormente, al trhiller político como género, pero enseguida descubre el espectador que lo que aparece ante sus ojos, por monstruoso que nos pueda parecer, es un drama íntimo, acezante, humano, demasiado humano, que nos sitúa en una suerte de encrucijada moral, y que nos exige, además, una respuesta personal. El guión es lo suficientemente milimétrico como para que nada de lo que se pueda intuir durante el visionado, sea lo que al final sucede, lo cual deja al espectador sumido en el estupor más absoluto.

Técnicamente, la película es muy notable, porque al narrar los dos tiempos de ambas vidas, se distingue el del pasado mediante un uso del tratamiento del color con un exceso de grano en la textura del fotograma que consigue no solo un efecto de verosimilitud total para crear un registro de documental, sino también la imprecisión en la identificación de los personajes, de modo que el espectador se interrogue permanentemente por el sentido de esas imágenes y su relación con la narración en tiempo presente.

No añadiré más datos sobre la trama porque ha de ser el espectador el que asista a ciertas revelaciones que actúan, al modo de la tragedia griega, de manera catártica. Sí puedo decir, sí debo decir, que la suerte de no conocer a los actores y actrices de la película, salvo el caso de Liv Ullmann, que aparece un poco como florero de la historia, aunque hace que la cinta suba muchos enteros cada vez que aparece en escena, y más hacia el final, consigue que el verismo de la historia sea total.

El cuarteto protagonista viven un drama familiar en el que nos vamos introduciendo poco a poco, para que cuando llegue el desenlace o el desvelamiento del misterio, nos quedemos como ellos: estupefactos, con la mirada perdida en el horizonte del mar, devastados por la perplejidad y consumidos por un odio atenuado por un extraño amor.

Si a ello unimos la filmación en unos exteriores noruegos que, con estos calores, parecen una invitación a reservar el primer vuelo para el septentrión, todo contribuye a la creación de una película que perdurará en la memoria del espectador, por la necesaria crudeza del tema, porque la película ha de entenderse también como un intento de película-denuncia para que no nos borren la memoria colectiva del horror, ni nos la dulcifiquen hasta banalizarla. La parte 'alemana' de la película, rodada en la antigua Alemania del este, recordará La vida de los otros, con la que puede ser comparada sin perder nada en la comparación, y con Bye, Bye, Lenin, porque la sordidez cartesiana de los barrios populares de la Alemania proletaria para la que…. Casi se me escapaban ya hilos de la trama que debo silenciar. Vayan ya a verla, porque un crítico no puede contenerse tanto sin que la retención informativo le pase factura.