Desobediencias (y II): Cataluña no es ninguna unidad de destino en lo universal

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Miércoles, 8.10.2014 09:12

Continuamos, y concluimos, la serie iniciada aquí donde distinguíamos entre la desobediencia de Martin Luther King, la de quien acepta el castigo por denunciar la injusticia, y la desobediencia de Martin Junqueras King, la de quien quiere imponer su ley, vamos, la del golpe de Estado. De hecho, y aquí nos inclinamos ante el preciso diagnóstico del profesor Rubio Llorente, si se contraviene la ley desde el aparato estatal, no se trata ni siquiera de desobediencia: es una mera y miserable actuación ilegal.

Cuando nos referimos al concepto de unidad de destino no estamos refiriéndonos paso al catecismo falangista, sino al pensamiento de Ortega y Gasset: "Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades". Pues bien: si algo no se podrá jamás predicar de un hipotético Estado catalán (propio e independiente, se entiende, no la carnavalada que ICV propugna) es exactamente eso: la existencia de una comunidad de propósito. Y esta afirmación no resulta de la división entre los catalanes españoles, con o sin complejos, y los catalanes soberanistas, como lo llaman, sino de las diferencias entre los propios soberanistas.

Si se contraviene la ley desde el aparato estatal, no se trata ni siquiera de desobediencia: es una mera y miserable actuación ilegal

Pues efectivamente, si algo ha caracterizado el "proceso" escocés ha sido la unanimidad entre los independentistas: Alex Salmond y el SNP hablaban por todos. No había ninguna otra voz a considerar. En cambio, en Cataluña, el frente pro-referéndum se compone de seis partidos. Nos equivocaríamos si atribuyéramos esta pluralidad a la idiosincrasia catalana, de la que uno de los rasgos más definitorios es, tal como el escritor Miquel de Palol hacía decir a uno de sus personajes, que "Cataluña debe ser el único lugar del mundo donde es más importante no dejar pasar los otros que pasar tú mismo". Un rasgo que tanto nos ayuda a entender la proliferación de Mesías, y su inmediata defenestración, en ambientes independentistas. Pero no. Estas divergencias van mucho más allá de los personalismos: falta unidad de propósito. De hecho, aún aceptando el riesgo de error cuando se trata de escudriñar el pensamiento de un personaje como el presidente Rajoy, pensamos que el núcleo de su estrategia "dontancredista" se encuentra la constatación de esta falta.

Unas diferencias que giran básicamente en torno a dos aspectos. El primero es el objetivo final del proceso. Así es: empezando por los federalistas "con contenido" de ICV, pasando por los confederalistas de UDC (visceralmente antiindependentistas) y los partidarios de las "estructuras de Estado" de CDC, llegamos a los independentistas de ERC y las CUP. Todos ellos presentes en el Parlamento de Cataluña, por lo tanto con toda la legitimidad democrática, es decir, bajo el paraguas de la legalidad, española por supuesto, para proponer a las Cortes españolas un nuevo pacto constitucional, lo que sea: romper España, confederalizarla, federalizarla o singularizar Cataluña. El pacto que sea. Pudiendo hacerlo, el Parlamento de Cataluña no se ha dignado a hacer ninguna propuesta. Y todos sabemos por qué: porque los soberanistas no son una unidad de destino.

La segunda discrepancia, y aquí es donde queríamos ir a parar con este artículo, se refiere a los medios, y más en concreto, a la desobediencia/insurgencia, aunque lo que sigue bien se podría aplicar también a otro medio, la democracia extraparlamentaria/refrendaria, si es que tal cosa existe. El consejero Espadaler lo formuló de manera sucinta: "¿Cuáles serían los límites de esta desobediencia: qué leyes podemos desobedecer y cuáles no? ¿Cuáles del Parlamento autonómico y cuáles del Estado?". Sospechamos que tras esta pregunta retórica subyace un hecho inapelable: en Cataluña la revolución nacional será la antesala de la revolución social. O en otras palabras: quien aprueba la insurgencia como método para la revolución nacional de mañana, la está validando para la revolución social de pasado mañana.

Quien aprueba la insurgencia como método para la revolución nacional de mañana, la está validando para la revolución social de pasado mañana

Y eso lo sabe todo el mundo. Lo sabe el señor Espadaler. Lo sabe el señor Mas, al que el asalto de doce sedes de CDC, partido del que es secretario general, durante el principio de levantamiento de Can Vies le habrá recordado, si por casualidad lo había olvidado, cómo se encontró la fábrica del su padre después de una ocupación de huelguistas. Lo sabe la señora Colau, quien no hace ni una semana respondió a preguntas de Eduardo Inda que "no soy ni independentista ni nacionalista... me planteo votar sí porque vemos una oportunidad de ruptura con el régimen". Y naturalmente lo sabe este político español que si fuera calvo en lugar de llevar coleta sería la reencarnación de Lenin, y que se llama Pablo Iglesias, cuyo partido también ha llamado a la desobediencia. Vaya, no nos sorprendería que el señor Iglesias soñara una Cataluña independiente por la vía insurreccional convertida en un foco revolucionario para toda la Europa del sur, tal como Lenin deseaba la derrota rusa en la guerra contra Japón.

Todo ello no sería nada nuevo en Cataluña. También ahora, si se llegara a la independencia por la vía insurreccional, nos iríamos hacia un intento de revolución social y un conflicto civil de mayor o menor intensidad entre soberanistas, que es lo que sucede siempre que la autoridad española, del signo que sea, se evapora en Cataluña. Can Vies será un juego de niños al lado de lo que vendrá. Los dos episodios de la Historia de Cataluña en que tal circunstancia se ha dado, por un lado el levantamiento de Els Segadors, un período sobre el que cuesta tanto encontrar buenos estudios en los estantes de las librerías y sobre el que ni siquiera la señora Gabancho ha escrito, y, por otro, julio de 1936, han venido seguidos de un intento más o menos exitoso de revolución social y de conflicto civil. Es decir, ausente España, las profundas divisiones catalanas se manifestarán sin contención, ¡y de qué manera! El momento presente tampoco será una excepción. La única razón por la que hoy en día la autoridad española en Cataluña podría desaparecer sería un agravamiento de la crisis del euro, en absoluto resuelta, que dejara al país económicamente de rodillas. Ahora bien, tal contexto habría llevado previamente las tensiones sociales en Cataluña a cotas altísimas, caldo de cultivo para que la ocupación de calles, bancos y fábricas no cese, sino que se intensifique, lograda la independencia.

La excepción en la Historia de Cataluña es la unidad. Cataluña no es una unidad de destino, como tampoco lo es la Cataluña soberanista. No es casualidad que el Maquiavelo de Alcampell ha evitado como si fuera la peste hacerse una foto junto a los señores Herrera y Fernández. ¿Los señores de CDC no se dan cuenta que algo chirría en la foto del frente pro-referéndum? ¿Saben cuál será su suerte el día en que la protección que España les garantiza desaparezca? ¿No se dan cuenta que son los segundos de la lista?

¡Pero qué olfato tenéis coño!

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¿Quién es... Jordi Carrillo?
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Tarraconense, licenciado en Administración y Dirección de Empresas y en Derecho por la Universidad Rovira Virgili. Reside en Alemania.

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