La construcción cultural del fascismo

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Miércoles, 1.10.2014 08:38

[Prólogo: Este artículo fue escrito, con cambio de persona y motto, por Josep Ramoneda el 17 de noviembre de 2010. Se trata, como es obvio, de una recreación en la que apenas he tenido que “crear” nada, sino substituir. Es evidente que la adhesión nacionalista de Ramoneda, antiguo internacionalista de pro, cuya ideología se ha ido nacionalizando desde que perdiera el poder cultural que los socialistas le confirieron, y aunque el Movimiento Nacional le acabara dando con el CCCB en los morros, le debería hacer imposible volver a firmar esta nueva versión de su famoso artículo, aunque no debería ser así o donde las dan las toman… Por quién, del original, han de cambiar los lectores a Carme Forcadell, lo dejo en manos de sus ansias investigadoras, que se verán rápidamente recompensadas. Tómese, pues, este artículo como una imitación vulgar de la reescritura de la realidad, de la Historia y del Todo que promueven las fuerzas secesionistas del Movimiento Nacional.]

Carme Forcadell encarna, en la época de la televisión, al populismo fascistoide: no representa y da voz a las clases populares, las enardece para que sigan calladas. No suple el silencio del pueblo, al contrario, lo alimenta.

Carme Forcadell encarna, en la época de la televisión, al populismo fascistoide: no representa y da voz a las clases populares, las enardece para que sigan calladas. No suple el silencio del pueblo, al contrario, lo alimenta

El biopic de Carme Forcadell que presentó TV3 empezaba intercalando planos de momentos estelares de la vida de la protagonista y de episodios de agitación de masas organizadas por ella. En el contexto de exaltación hiperbólica de la figura de la homenajeada, la primera reacción era pensar en una exageración más, en otra pasada de frenada en la mitificación de la llamada princesa de la secesión. Sin embargo, intencionadamente o no, la comparación daba mucho de sí.
 El repertorio básico de la cultura fascista está condensado en su "Hemos de saltarnos la ley". Su éxito es una crítica a los que dirigen las instituciones democráticas.
 Por un lado, insinuaba que el plató de televisión no puede sustituir a las grandes explanadas para la concentración de masas, como lugar propio de la demagogia populista. Mejor que las masas deslumbradas por la estrella estén codo a codo en la calle, dispuestas a lo que manden. El realizador veía en Carme Forcadell un potencial fenómeno político de masas.

Conocida la naturaleza del peronismo, sabiendo lo muy roída que está la democracia argentina por no haberse liberado nunca de este fenómeno populista, me pregunté si el director del documental quería curarse en salud y nos advertía de que lo que venía a continuación era un fenómeno típico de la construcción cultural del populismo fascista.

Ciertamente, el director explicaba muy bien el éxito de Carme Forcadell como eco de las conversaciones de pueblo, o de escalera de vecinos, que en la cultura urbana actual tienden a perderse. Vivimos tiempos de masificación avanzada: que los "famosos" publiciten, o aparenten publicitar, su vida privada, satisface las pulsiones voyeuristas de parte de la población. Pero el caso de Carme Forcadell parte de aquí y va algo más allá: por la continuidad del relato y por el papel de heroína que le han hecho asumir. El argumento de la construcción de la princesa de la secesión es tan simple como las expresiones que le han hecho famosa: mujer del pueblo que alcanza, por amor a la patria, un sitio en las élites de este mundo y que es maltratada y quiere ser expulsada por un poder de clase y masculino, que no soporta a una chica del pueblo que sigue fiel a los suyos hasta el último momento.
Como toda construcción de un mito mediático, tiene evidentemente sus secretos. Y en este caso hay uno principal, que no puede pasar desapercibido, pero que en un ejercicio de amnesia voluntaria, compartido por el público y por el coro de figurantes que vive de esta historia, se convierte en tabú. Lo podemos formular en forma de pregunta: ¿por qué la imagen física de Carme Forcadell se deteriora tanto a pesar del éxito obtenido? Responder a esta pregunta probablemente acabaría con el mito y, por tanto, con todo el dinero que circula a su alrededor. Todo personaje hiperexpuesto al público corre riesgos: el día que la gente se pregunte el porqué de ese deterioro será el principio del fin de Carme Forcadell. Querrá decir que el público se habrá quitado la venda de los ojos, que la pose de gritona mujer indignada habrá acabado su recorrido. Todo cansa en el mundo de la televisión.

La estructura narrativa de la historia del personaje es, por tanto, simple y responde a un patrón perfectamente conocido: la humilde víctima de país vecino poderoso convertida en heroína popular. El personaje es de una transparencia meridiana: vista una vez, vista siempre. Sus recursos: gritar, gesticular, indignarse, hacer de la ordinariez conceptual un estilo, se repiten en una espiral inacabable. Cuantos más chillidos, más entusiasmo. Se conoce el poder de la simplicidad y de la repetición. La eterna repetición de lo mismo es una vieja técnica de seducción colectiva. Y sobre ella se funda tanto el personaje Carme Forcadell como el cuento construido sobre su biografía.

Mi interés iba decayendo por momentos cuando una idea que pronunció Cristian Salmon me sacó de la modorra: esta mujer no suple el silencio de las clases populares, al contrario, lo alimenta. He aquí una definición del populismo fascistoide en la época de la televisión. No se trata de dar la voz a las clases populares, se trata de enardecerlas para que sigan calladas. Para que cedan su palabra al agitador que promete representarlas. Un medio frío, como la televisión, parece garantizar que la abducción de las mentes no tenga consecuencias mayores en la calle: fascismo de sala de estar más cultural que político.

El repertorio básico de la cultura fascista está condensado en la frase estrella de Carme Forcadell: "Hemos de saltarnos la ley", mil y una veces repetida por ella y coreada por sus admiradores, los de verdad, y los que viven del cuento. No hay complejidad. Todo es simple. Un problema, una respuesta. Me tocan a mi soberanía, me salto la ley. Pura sonoridad fascistoide.

El esquema de esta frase es el que utiliza Carme Forcadell cada vez que descalifica a los políticos y asegura que ella tendría solución para todo. No conocen al pueblo, solo piensan en ellos, en vez de soluciones nos crean problemas, yo tengo respuesta para todo... Y por mi patria, me salto la ley. Da grima. La proximidad de la cámara subraya la furia a través de un rostro desencajado. La secuencia se repite una y otra vez, venga o no a cuento. Cuanto más la repita más aplausos arrancará, más subirá la temperatura. Los distintos estratos del coro la repiten con ella: en el plató, en la prensa, en la calle. La estructura del "Por la patria, me salto la ley” es del mismo tipo de "por los míos hago lo que haga falta", "los inmigrantes fuera", o "eso se acaba metiéndoles en la cárcel".

Desprecio a las élites, desprecio a las leyes, desprecio a las instituciones: la solución es el pueblo en estado puro que ella pretende representar. Apoteosis de la ignorancia convertida en virtud.

Carme Forcadell ha encontrado el medio y el momento adecuado para alcanzar cuotas de reconocimiento con las que, probablemente, nunca había soñado

Carme Forcadell ha encontrado el medio y el momento adecuado para alcanzar cuotas de reconocimiento con las que, probablemente, nunca había soñado. Hoy, probablemente, ya no es ni siquiera dueña de un destino que le sobrepasa y que cambiará bruscamente el día en que deje de funcionar como máquina de recaudar votos. Es la lógica de la mercancía mediática. Los mismos que la han encumbrado, la tirarán cuando no dé votos. Hoy, ya es solo una mercancía, que su pueblo consume. Y consumir es el modo de instalarse en el silencio.

Pero el éxito de Carme Forcadell hay que mirarlo en doble dirección: los peligros de un discurso que extiende todos los tópicos antipolíticos y antidemocráticos; el estado de unos sectores de la sociedad que se sienten completamente desatendidos por la política, que buscan contacto, roce, espacio compartido: es decir, los espacios comunitarios perdidos. Para muchos de ellos el encuentro con Carme Forcadell es, para así decirlo, el momento del reconocimiento: al identificarse con ella se sienten alguien en este mundo. Sin otra exigencia que aplaudir y sentirse solidaria coreando el perverso mensaje: "Yo, por mi patria, me salto la ley". El éxito de Carme Forcadell es una crítica a los que dirigen las instituciones democráticas, que cada vez dejan más espacios fuera de la representación y del reconocimiento. Carme Forcadell es la mercancía con la que algunos avispados han intentado ocupar un espacio que además puede ser negocio. Hipotecándose en esta mercancía, estos ciudadanos, que ella llama pueblo, se convierten en turba virtual. Carne de aplauso, ¿quién les devolverá la palabra?

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¿Quién es... Juan Pérez?
Juan Pérez

Catedrático de Instituto jubilado y crítico de cine en CRÓNICA GLOBAL. Es autor del blog 'Provincia mayor que el mundo eres...'.

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