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Mas y Junqueras preparan sus candidaturas "unitarias"

La fragmentación de la oferta nacionalista no está recogida en las encuestas, que aún así predicen un triunfo electoral de ERC insuficiente para la independencia. Moncloa descarta la gasolina y aplica agua al proceso.

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Pablo Planas
Domingo, 26.10.2014 11:18

A efectos prácticos, CiU ya no existe. Convergència se refunda desde las sombras y sobre los hombros presidenciales de Artur Mas. Josep Antoni Duran Lleida transita por el yermo espacio del centro a la búsqueda de nuevas complicidades. La marca de la federación ya no funciona. Las siglas, juntas o por separado, no resisten el efecto Pujol. Sería una auténtica sorpresa que CDC o CiU formaran parte de la próxima parrilla de salida de las elecciones autonómicas, se adelanten o no. Primero fue la lista única, después pasó a llamarse de "país" y ahora es la del "president". La astucia consiste en capitalizar las bases de la Assemblea (ANC) y convertirlas en la militancia de un nuevo partido, en esa "casa gran" del nacionalismo teorizada por Convergència en los tiempos del tripartito. Refundación es la palabra de moda en CDC. De lo que no se habla es de regeneración.

Todas las encuestas publicadas hasta el presente se basan en el tradicional esquema de partidos catalán, pero comienza a ser evidente que Mas no va a encabezar una candidatura de CiU. Las demás formaciones también van a experimentar o sufrir profundas transformaciones. El PSC se ofrece a servir de muleta a CiU para que agote la legislatura. Y no se ahorra gestos como el de reforzar el 9N con la colaboración de los municipios gobernados por sus alcaldes o sumarse a la disciplina lingüística del sistema escolar nacionalista. Miquel Iceta pasa por ser un gran estratega, mejor fontanero y tipo de mirada larga. Al igual que Duran, busca un imprevisto hueco electoral que estaría formado por los partidarios de la tercera vía: reforma constitucional, nuevo encaje, concierto fiscal y lengua. Hay sintonía entre Duran e Iceta, animada además por la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. Moncloa quiere echar agua al vino y que acabe la infausta legislatura en sus plazos. La mediación popular entre el PSC y Unió es el recurso y refutación del 9-N. Cada vez hay más partidarios en el PP de "hacer algo", expresión que apela al aparataje judicial, pero Rajoy ha optado por "hacer política". Es decir, agua en vez de gasolina.

El 9N ya es historia. Será lo que sea, pero un éxito seguro. El discurso mediático nacionalista ha desplazado el principio de realidad por el todo por la patria. Las estimaciones del triunfo se cifran en que acudan a votar dos millones de personas. Será por millones... Es un partido sin árbitros, sin rival, sin censo, sin garantías, con una prorróga de quince días y un resultado en diferido. Como para no ser un éxito. El Ejecutivo de la Generalidad persigue denodadamente que el Gobierno suspenda esta "nueva" consulta puesto que Mas saldría reforzado de otra derrota, convertido en un brazo de mar para aglutinar bajo su candidatura a la corriente de fuerza de la sociedad catalana, la que está en contra del PP haga lo que haga.

En ERC se contemplan todas las maniobras de Mas con un indismulable espeluzno. Le ha costado, pero por fin ha entendido Junqueras que en el abrazo, el oso no es él, aunque lo parezca. Todos los movimientos del líder de CDC están orientados a machacar a los republicanos. El entendimiento instiucional con las CUP es la menor de las andanadas sufridas por el partido de Junqueras. Las traiciones en la ANC o la candidatura unitaria ponen en cuestión la anunciada victoria de ERC en unas autonómicas, un triunfo que de producirse llevaría colgando las etiquetas de amargo, inútil, estéril e insuficiente. Por muy plebiscitarias, referendarias y constituyentes que puedan resultar las próximas elecciones, la dispersión de voto será su signo. La entrada de Podemos (que no se sabe todavía si será Guanyem, Podem o el qué) aglutinará el voto de castigo de la izquierda desencantada y atónita ante la generalización de la corrupción. Tomará, por tanto, votos del PSC, de IC, de ERC y de las CUP. La bandera nacionalista se la disputarán lo que presente Mas y lo que encabece Junqueras, que medita la posibilidad de incluir en su lista a decenas de independientes, desde el juez Vidal a Germà Bel o Lluís Llach. El voto antinacionalista se repartirá entre PP y Ciudadanos, cuyas posiciones ante el proceso son permanentes y coherentes, virtudes de las que carecen las propuestas de casi todos sus rivales. La aparición de Sociedad Civil Catalana (SCC) augura una fuerte movilización entre quienes no quieren renunciar a España en Cataluña.

Faltan catorce días para el 9-N y Mas no sólo ha logrado tensionar y fracturar a una parte de la sociedad catalana, sino que ha sabido socializar el desgaste. El caso Pujol ya no es un problema de familia, sino una vergüenza colectiva, como si el sistema perpetrado por CiU durante tres décadas fuera responsabilidad de todos los partidos, ya sea por omisión o complicidad. Y el fracaso de fondo del 9N es culpa de ERC, de la falta de unidad y del Estado. El rasgo que distingue a Mas es que no acepta las consecuencias de sus actos y, además y de momento, no las sufre. Hay que recordar episodios como el de la pluma o las varas de los alcaldes para comprender hasta qué punto el gran defraudor ha virado la tortilla y se presenta de nuevo como el líder pragmático y obstinado que hace lo que puede. Habrá urnas y habrá papeletas, prometió. ¿Dónde está el engaño? Ni un vendedor de preferentes lo hubiera hecho mejor. Por si no fuera suficiente, el bien del conjunto radica en que Mas agote la legislatura.

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