En defensa de Rajoy

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Lunes, 10.11.2014 21:14

En relación con la jornada de ayer en Cataluña, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, está recibiendo, aunque por razones contrapuestas, críticas casí unánimes de las fuerza políticas, incluidas las de sus propios correlegionarios en Cataluña. Desde el independentismo se denuncia que Rajoy impugnara ante el Tribunal Constitucional (TC) el nuevo 9N, es decir la pseudo votación de ayer. Mas, Junqueras y Forcadell han utilizado gruesas palabras contra Rajoy. El ecosocialista Joan Herrera incluso ha cambiado su disposición inicial a no votar por falta de garantías por la de votar 'sí-no' como forma de protestar contra Rajoy.

Políticamente, la decisión de Rajoy es la más sensata. Impedir la votación, además de los riesgos de incidentes violentos, habría implicado convertir una fecha que el independentismo recordará como un fiasco para sus intereses, en una fecha histórica

En sentido contrario, desde las filas constitucionalistas se lamenta que no se haya aplicado la ley con todo su rigor y que se haya permitido, de facto, la realización de una consulta en la que la participación de la Generalidad fue más que evidente. Dos personas con las que suelo coincidir, Francesc de Carreras y Joaquim Coll, han sido también muy críticos, dando por muy malherido el Estado de derecho.

Entiendo las críticas de los constitucionalistas hacia Rajoy. Son muchos años de desamparo en Cataluña, y la reacción emocional al ver que un flagrante fraude ley se consuma son lógicas.

Pero ni jurídicamente, ni, sobre todo, políticamente, coincido con las críticas.

Jurídicamente, la jornada no se suspendió, no se sellaron las urnas, ni se impidió que abrieran colegios públicos para la votación. Pero el hecho que no se tomaran medidas cautelares no significa que las denuncias presentadas hayan pasado a mejor vida. Los tribunales deberán ir tramitando las denuncias, y veremos cuál es el final de la película. El TC no ordenó, al menos que se sepa, actuar a la Fiscalía. Los juzgados ordinarios actuaron con prudencia al no impedir las votaciones. En este sentido suscribo al cien por cien las declaraciones del ministro de Justicia.

Políticamente, la decisión de Rajoy es, sin duda, la más sensata. Impedir la votación, además de los riesgos de incidentes violentos, habría implicado convertir una fecha que el independentismo recordará como un fiasco para sus intereses, en una fecha histórica. En el referente máximo del victimismo. Mas se habría convertido en el héroe máximo, en un mito para el secesionismo: se nos impide votar porque somos la gran mayoría del pueblo catalán, sería el santo y seña del nacionalismo. La imagen internacional de España habría sufrido, y mucho, y entonces sí, el independentismo habría tenido más oportunidades de prosperar.

Pero la realidad es que la jornada, como era previsible, movilizó a los independentistas, a algunos extranjeros convertidos en apóstoles de causas ajenas, y a unos miles de menores bien adoctrinados en sus colegios y con ganas, lo que es muy loable, de participar en lo que se les vendía como una jornada histórica. Y los resultados de la movilización dieron las cifras que se esperaban. Acudieron a votar, a grandes trazos, los seguidores de CiU, ERC, ICV-EUiA y la CUP, con la sorpresa de que un 20% aproximadamente no votó por la independencia.

El Periódico adelantó la cifra de entorno a dos millones de participantes hace más de una semana. El nacionalismo lleva obteniendo entre un 30% y un 40% del censo electoral en todas las elecciones autonómicas, como muy bien explica Carles Castro. También acudieron a votar, además de algún despistado, bastantes personas que no quisieron significarse como no votantes en pueblos y ciudades donde la presión social en favor del independentismo es asfixiante.

Los independentistas son los que son, están estancados y no son la mayoría de los catalanes. Esto se ha vuelto a poner de manifiesto

Ya sabemos que las encuestas del CEO, también en este tema, no resisten la prueba de la realidad. Los independentistas son los que son, están estancados y no son la mayoría de los catalanes. Mucho menos una amplia mayoría. Cataluña no es un pueblo unánime, como pretenden los voceros del nacionalismo, y se ha vuelto a poner de manifiesto. Y, por cierto, Barcelona y su cinturón metropolitano continúan siendo un agujero negro para el nacionalismo, por muchos esfuerzos que se hagan para evitarlo. Aunque esta vez, para confundir a personas de buena fe, se hayan disfrazado de defensores de lo que ellos llaman "derecho a decidir". Los resultados esta ahí.

Así pues, mi conclusión es que, llegados hasta donde hemos llegado, la prudencia de Rajoy ha sido lo más sensato. Otra actitud habría deteriorado profundamente la imagen de España en el extranjero. La movilización independentista es minoritaria, pero lo suficientemente importante como para no ser tratada como un mero asunto de orden público.

Mis coincidencias con Rajoy se limitan a su actuación de los últimos días frente a la consulta. La cuestión ahora es si Rajoy, Sánchez y otros políticos españoles y catalanes habrán aprendido algo. El problema de Cataluña no es contentar al nacionalismo con más concesiones que no servirían más que para fortalecerlo -lo explica muy bien Stéphane Dion-. Debe racionalizarse el Estado autonómico e implementar las mejoras que se consideren necesarias para hacerlo más eficaz, incluida una reforma de la Constitución si fuera precisa. Debe adaptarse a nuestra integración en la UE. Deben evitarse duplicidades y controversias constantes. Pero no ceder al nacionalismo para que dentro de un tiempo vuelva a la carga fortalecido ante un Estado inexistente (la "hacienda propia" es clave).

Pero lo esencial es revertir la hegemonía ideológica del nacionalismo. Su control de los medios de comunicación, de todo el tejido asociativo catalán. Se debe acabar con el incumplimiento sistemático de las sentencias sobre el aumento del castellano en las aulas, en defensa de los derechos y libertades de los que lo tienen como lengua materna y de los intereses de los catalanoparlantes que no pueden acabar con un conocimiento claramente suficiente de un castellano culto que les sirva para ser más competitivos en la vida. Para ello, el Gobierno español de turno debe implicarse, como lo ha hecho, en sentido inverso, el Gobierno catalán durante 35 años.

Si los catalanes no nacionalistas no somos capaces de articular una mayoría política, la mayoría social se irá desintegrando

Pero los catalanes no nacionalistas también debemos despertar. Si no somos capaces de articular una mayoría política, la mayoría social se irá desintegrando. Y al final, la Cataluña interior y los que viven de la administración catalana vía subvenciones, contratos o sueldos, acabarán obteniendo su objetivo a pesar de que el mismo perjudique objetivamente a la mayoría de los catalanes.

Es lógico que los políticos negocien y lleguen a acuerdos. Pero sin abandonar a su suerte a la mayoría de la población catalana, tratada como moneda de cambio de vergonzosos pactos políticos. Si el 9N sirviera para despertar algunas conciencias en este sentido, me sentiría más que satisfecho. El independentismo se ha descarado antes de tener las bazas ganadoras. A ver si alguien se pone las pilas.

Y, por último, lo que mejor iría a los intereses de los catalanes no independentistas es lo mismo que al resto de los españoles: que se aborden las reformas pendientes, que se acabe la inacción frente a problemas como la corrupción, la financiación de los partidos, la falta de políticas sociales, etc., que hacen que el país se encuentre en una muy compleja encrucijada, marco perfecto para que los populismos de uno u otros signo acaben llevándose el gato al agua.

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Presidente del Consejo Editorial de CRÓNICA GLOBAL. Licenciado en Derecho. Ha sido profesor de Derecho financiero en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y de Derecho mercantil en la Universidad de Barcelona (UB). Ha sido vicepresidente de La Seda de Barcelona. Fue el editor de El Debat y Tribuna Latina.

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