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Las chapuzas de Mas y Mas-Colell: el casino hace aguas

El varapalo del Supremo a la privatización de Aguas Ter-Llobregat demuestra la ausencia absoluta de gestión del Gobierno autonómico. Albert Rivera comienza a calar fuera de Cataluña. El Rey marca límites.

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Pablo Planas
Domingo, 14.12.2014 11:50

Tecnócrata no es un insulto aunque se llame así en política a quienes son más bien parcos en palabras, envarados y robóticos. A tecnócrata siempre le acompaña el color gris, con lo que un tecnócrata gris se convierte en la antesala del desprecio supino. Durante mucho tiempo tuvo que soportar Artur Mas la etiqueta, de la que se infería una indigencia absoluta de las virtudes políticas. Todo esto es muy injusto. Faltan tecnócratas y sobran charlistas. El tecnócrata, además de ser un ser humano nunca habla de más porque nunca habla. Se limita a aplicar las normas, las ordenanzas, las leyes, la letra pequeña de los contratos. Si falta una firma, falta una firma. Punto. Es de sentido común. De hecho, el tecnócrata es una de las pocas defensas de los ciudadanos frente a los políticos como Mas, propensos a relativizar las leyes.

Y además, si Mas hubiera sido alguna vez un tecnócrata no le habría pasado ni lo del casino de Tarragona, el Barcelona World no se sabe qué, ni lo de Aguas Ter-Llobregat (ATLL). En cualquier empresa, y tras dos marrones como los citados, el consejero delegado estaría de patitas en la calle y a las puertas del juzgado imputado por incompetente como mínimo.

En el primer asunto se pierde lo que aún no se había ganado, por lo que es un problema de prestigio, de imagen. Es en el segundo, el de la privatización de ATLL, donde la Generalidad palma de veras debido en primera instancia a un probo funcionario. Como Dolores Agenjo, la profesora del instituto de L'Hospitalet que se negó a abrir el recinto para el referéndum del 9N, el presidente del Tribunal Catalán de Contratos del Sector Público, Juan Antonio Gallo Sallent, ha parado la apisonadora de la Generalidad por la vía de aplicar las leyes de la lógica y la lógica de las leyes. Gallo Sallent es funcionario de carrera, interventor de la Generalidad y máximo responsable de un organismo que depende de la propia Generalidad, pero que es fruto de la Unión Europea. Sus resoluciones son vinculantes, tienen categoría de orden de Bruselas, dicho en términos de barra libre. Y la que dictó sobre la adjudicación de ATLL (por la que pugnaban Acciona y Agbar, y que ganó la primera) decía que la empresa vencedora del concurso incumplía el pliego de condiciones, por lo que el acto era nulo. De cajón. El Tribunal Supremo acaba de sentenciar exactamente lo mismo, lo que deja en el limbo unos mil millones de euros con los que la Mas y Mas-Colell contaban para ir tirando. Menos mal que siempre les quedará el auxilio del FLA a cambio de una reprimenda de Montoro.

En este contexto, que un funcionario cumpla con su deber y haga exactamente aquello para lo que le pagan los ciudadanos, que no la Generalidad o el Estado, es un hecho relevante, un acontecimiento notorio, una auténtica hazaña que no tiene nada que ver con la política y mucho con el proceso. La decisión de este 'tribunal catalán' apela indirectamente a las garantías jurídicas, a la observancia estricta de las normas, a la transparencia y a la legalidad. No hay política, sino leyes, que es lo que sobra y falta respectivamente en el dicho proceso.

En la política, crecen las expectativas de Albert Rivera y Ciudadanos fuera de Cataluña. Comienza a calar el personaje, que se ofrece a los votantes de UPyD, a los descontentos del PP y a quienes manifiestan entre bromas y veras que se plantean votar a Podemos. De Rivera y Pablo Iglesias podría concluirse que son una alternativa a Rajoy y Pedro Sánchez, las nuevas caras frente a las viejas siglas corrompidas. A diferencia de Iglesias, Rivera tiene un discurso solvente que emite sin los horrendos tics de la retórica politica. Es decir, que no dice o dice poco eso de que "desde Ciudadanos pensamos". En un cara a cara, perdería Iglesias, que no ha tenido rival hasta ahora. Rivera lleva ya unos cuantos años cantándole las cuarenta a Mas casi cada semana en el parlamento de Cataluña, por lo que tiene el callo en la lengua de socio del club de la lucha. En cambio, Iglesias es de plató, donde el boxeo es con guantes, cascos y sparrings.

En la izquierda, los expertos en el PSOE coinciden en subrayar la tensión entre Pedro Sánchez y Susana Díaz, la presidenta andaluza. En el socialismo ortodoxo y de baronías desconfían del estilo personal del secretario general, a quien reprochan que está más por hacerse una imagen que por rehacer el partido ante el avance de Podemos.

En la derecha, Rajoy y los ministros se agendan Cataluña como una prioridad. El Rey ha dado un paso político con su discurso ante Mas y los empresarios. Bajo el envoltorio de la globalidad y la economía estaban los límites de una Cataluña inserta en España, lo que deja poco margen a la negociación de los símbolos. El eterno desembarco de ministros en Barcelona puede servir de campaña electoral del PP si se da el caso de que Mas y Junqueras alcanzan un acuerdo. Desde la perspectiva independentista la ventaja objetiva de anticipar las elecciones es el tiempo de reacción del Gobierno. El miércoles charla Carme Forcadell.