El Carro de Tespis

Misántropo o los clásicos entre nosotros, más vivos que nunca

Ante esta adaptación del grupo Kamikaze al espectador vetusto le vienen a la memoria tiempos gloriosos de su juventud, con Castañuela 70, Los Goliardos, Els Joglars, etc.

6 min
Cartel de Misántropo
Juan Pérez
Martes, 9.12.2014 11:41
Título: Misántropo
Autor: Molière
Versión y adaptación: Miguel del Arco
Intérpretes: Israel Elejalde: Alcestes; Bárbara Lennie: Celimena; José Luis Martínez: Clitandro; Miriam Montilla: Elianta; Manuela Paso: Arsinoé
Raúl Prieto Filinto; Cristóbal Suárez Oronte
Escenografía: Eduardo Moreno
Vestuario: Ana López
Iluminación: Juanjo Llorens
Sonido: Sandra Vicente (Studio 340).
Música original: Arnau Vilà.
Vídeo: Joan Rodón y Emilio Valenzuela.
Colaboración especial Asier Etxeandia (voz del tema musical Quédate quieto)
Ayudante de dirección: Aitor Tejada
Producción ejecutiva: Jordi Buxó.
Coproducción: Kamikaze Producciones, Teatro Español de Madrid y Teatro Calderón de Valladolid con la colaboración del Teatro Palacio Valdés de Avilés.

Ayer por la tarde, y ya es casualidad, celebrábamos la festividad de San Ambrosio. Un santo como otro cualquiera, en efecto. Ahora bien, después de haber visto la adaptación de un clásico de Molière, presentado al público por Miguel del Arco como Misántropo, sin artículo –porque está a medio camino entre la descripción del tipo y el insulto al personaje impostor–, recuerda uno el significado del nombre griego del santo del día y descubre que significa 'inmortal'. Entonces todo cuadra: la cosa, la obra, y el significado, y nos parece que ha ocurrido lo más natural del mundo: ver un clásico inmortal el día de San Inmortal, por así traducirlo.

Vaya por delante mi admiración entusiasta hacia el trabajo de la compañía Kamikaze, en todos los niveles, desde la adaptación hasta el vídeo que, de manera alegórica, parece querer recordarnos fotogramas de aquella estremecedora película 'La mujer de la arena', de Hiroshi Teshigahara, porque nada se ha dejado a la improvisación en esta feliz adaptación de un texto del que se respeta con respeto y sabiduría el conflicto esencial. La magnífica adaptación a nuestros días hará que quienes asocian clásicos con 'truños', se lleven una sorpresa mayúscula y, acaso, vuelvan sus ojos lectores a esa fuente tan placentera como inacabable que son los clásicos.

Quienes, con algunos años, tengan aún fresco en la memoria el inolvidable Tartufo de Adolfo Marsillach, sabrán de qué hablo cuando afirmo que este Misántropo está a su misma altura, y que, en ciertos aspectos, aun lo supera. Con ropajes de comedia, y la comicidad está asegurada desde el principio hasta el fin, se le ofrece al espectador no ya el retrato de un 'tipo', el misántropo, como un dilema ético: si hemos de ajustar nuestras obras y nuestras palabras a la verdad o hemos de sacrificar ambas a las conveniencias de la sociabilidad.

El protagonista, Alcestes, intenta desafiar a su circunstancia, la horrísona banalidad de los seres acomodaticios que lo rodean, y, sin miedo a resultar odioso para todos, a todos se enfrenta arrostrando su desgarradora e íntima contradicción: estar enamorado apasionadamente de quien representa la suma de las convenciones que odia, Celimena.

Alrededor de ambos se nos presentan ciertos personajes que, curiosamente, concitan los mejores registros interpretativos de la obra, porque ha de reconocerse que la pareja protagonista, a medio camino siempre entre la trascendencia y la banalidad, no es en modo alguno fácil de interpretar. Con todo, tanto Israel Elejalde como Bárbara Lennie embuten de verosimilitud aplastante sus personajes y consiguen transmitir los matices que el dilema exige, más allá de la circunstancia creada para ellos: una celebración de empresa en la que medrar socialmente siguiendo todos los ritos convencionales estipulados por las más reaccionarias tradiciones.

La escenografía donde transcurre toda la acción, el callejón al que da la salida de emergencia de una discoteca, permite establecer un juego con el bullicio del interior de la sala muy eficaz teatralmente, del mismo modo que las sombras chinescas que se proyectan en la pared desconchada del mismo contribuyen poderosamente a crear un espacio que va mucho más allá del realismo de la adaptación para acercarse a cierto tenebrismo expresionista. Donde no se lavan los trapos sucios, sino que se airean, es lo que representa ese 'callejón de los milagros' de donde salen los tullidos morales a ganarse su ascenso en la dura lucha por la vida que se desarrolla, como se dice en cine, fuera de campo.

Hay, con todo, un intento de lavarlos, en efecto, pero, pronto veremos que no se trata de un propósito sincero, sino de las temibles escaramuzas a que nos impele la deshonestidad radical de la sociabilidad para poder sobrevivir en tan mefítico medio. Es en esa lucha de impiedades desalmadas donde mejor reconocemos nuestra sociedad de hoy, además de en el elogio de lo banal que constituye el punto de arranque de la función y que permite una auténtica exhibición casi travoltiana a Cristóbal Suárez, un actor que se come la escena y que potencia, indirectamente el trabajo de sus compañeros de reparto.

Lo mismo podría decirse de Miriam Montilla, Elianta, dueña de una voz de registros difíciles de escuchar en las nuevas generaciones, tan átonas, por lo general. Que a estas alturas nos sorprenda que actores y actrices 'sepan' hablar en escena, matizar, etc., es prueba inequívoca de cierta degradación de la dicción que es fácil observar, por ejemplo, en las locutoras de televisión, cortadas todas por el mismo patrón.

Ante esta adaptación del grupo Kamikaze al espectador vetusto le vienen a la memoria tiempos gloriosos de su juventud, con Castañuela 70, Los Goliardos, Els Joglars, etc., no solo por la calidad de la representación, sino por la 'cohesión' del grupo, por la generosidad con que todos actúan al servicio del montaje dando lo mejor de cada uno. De ahí procede ese 'estado de gracia' profesional del grupo que permite seguir la representación con la sonrisa en los labios, pero sin perder detalle de la carga de profundidad que lanza no tanto contra la degradación de la ética, en nuestros días, sino simplemente contra su ausencia.

La conclusión de la obra es terrible, y parece indicarnos que no tenemos remedio, que esta danza frenética de la impostura forma parte de la condición humana y que nos hemos de ajustar a ella como mejor sepamos o podamos, que ni siquiera las islas desiertas nos redimen de ciertas flaquezas. En la era de la comunicación, hemos pasado ya del cuarto de hora famoso a los treinta segundos de la lectura del tweet. Acabadas sus representaciones en Barcelona, estén atentos los teatrófilos de otras partes de España para que no se les pase por alto el estreno, si les llega. Aunque debería ser obra de obligada visión, para todos.