De la juventud, la experiencia y la política

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Lunes, 19.01.2015 08:37

La construcción de una persona es un proceso a largo plazo en el que se van consolidando su carácter, su pensamiento y sus sentimientos a través de las experiencias y los conocimientos a las que se enfrenta y a los que accede, si aquellas y estos no son, en realidad, una y la misma cosa. En los tiempos modernos se han reducido notablemente las franjas vitales: hablamos, comúnmente, de primera, segunda y tercera edad: niño, adulto y anciano, si bien hacemos subdivisiones en ellas, y las ampliamos a infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez y ancianidad. Esta ampliación es la que coincide con Isidoro de Sevilla, quien reconoce hasta seis edades en sus Etimologías –obra de más que amena lectura-, cuyas delimitaciones temporales, sin embargo, nos provocan una sonrisa y algún agradecimiento: de 0 a 7 años: infancia; de 7 a 14 años: niñez; de 14 a 28 años: pubertad; de 28 a 50 años: juventud; de 50 a 70 años: madurez y de 70 en adelante: senectud. Que con 28 años se considere que una persona vive en la “pubertad”, dada la edad media a la que se van los hijos de casa, sobre los 30-35, tiene su gracia; del mismo modo que sobre todo millones de mujeres, y principalmente las actrices de cine, no dudarían en agradecer de todo corazón que la juventud se extienda hasta los 50…

Emanciparse de la autoridad de los padres y tener una vida propia, lo que antes llamábamos ganarse la vida… es, prácticamente, un concepto en serio peligro de extinción

Viene todo esto a cuento de los acelerados cambios sociales que está sufriendo nuestra percepción de las edades y nuestra valoración de las mismas. Si en las tribus primitivas el umbral de la madurez son los doce años, a partir de los cuales los niños ya pueden acceder, mediante las pruebas iniciáticas, a la condición de guerreros, en nuestra sociedad actual es perfectamente normal que, como he dicho antes, no llegue la emancipación, de la mayoría de los jóvenes, hasta los 35 años. Emanciparse de la autoridad de los padres y tener una vida propia, lo que antes llamábamos ganarse la vida… es, prácticamente, un concepto en serio peligro de extinción: hoy en día se supone que ha de ser el estado/dios el que me proporcione una vida digna: una casa, un trabajo con un salario suficiente, una seguridad social única en el mundo, unas pensiones astrofísicas, etc., y que prácticamente, por la gracia de ser español uno tenga derecho a todo…, sin que haya uno de poner apenas nada de su parte, lo que me recuerda el aforismo de Santiago Rusiñol: cuando un hombre pide justicia es que quiere que le den la razón.

Emanciparse, pues, permitía a las personas enfrentarse a los grandes retos de la existencia y forjar, en esa lucha cotidiana, su personalidad, sus ideas, su sensibilidad y la vivencia profunda de las emociones. La teoría aristotélica de la tabula rasa aún tiene vigencia, si se considera el carácter acumulador como construimos nuestras vidas, y a nadie le parece que una persona esté “completa”, sin haber tenido que atravesar ese camino temporal de la experiencia y el conocimiento: El saber gasta tiempo. El silencio con que sube el árbol les desespera del fruto, escribió Polo de Medina. El ocaso de las estrellas deportivas que no digieren el paso de la fama universal a la vida alejada de sus triunfos es prueba inequívoca de que “no estaban preparados”, solemos decir, para ese trance, porque les faltan “experiencias”, “vivencias”, que les completen como personas. Zeus condujo a los hombres al saber, estableciendo como ley el ‘aprender sufriendo’, escribió Esquilo. Y el valor formativo, a todos los niveles, de la superación de las dificultades nos sigue pareciendo algo así como la piedra de toque de una personalidad madura. Jardiel Poncela, tan agudo siempre, nos dejó dicho en sus Máximas mínimas que la juventud es un defecto que se corrige con el tiempo.

Estamos, sin embargo, en un momento histórico en que las edades ya no se caracterizan por las virtudes o carencias de cada una, sino por el nicho de negocio que se forma en torno a ellas, potenciándolas como realidades aisladas que no formaran parte de un proceso. Esta perversa concepción estática de las edades tiende a alargar los estadios hasta más allá de lo verosímil, y andamos en un tris de volver a caer en aquellos tópicos barrocos del viejo niño o de la anciana niña que tanto movieron a risa a nuestros antepasados. La infantilización general que ha sufrido la sociedad en los últimos 30 años es, sin duda, la responsable de una realidad política que, como mínimo, impone respeto, si no asusta: que jóvenes de veintipocos años lideren movimientos políticos para organizar la vida de sus semejantes y hablen poco menos que ex cathedra sobre lo divino y lo humano, desde tan cortísima experiencia de la vida choca tanto como aquellos tópicos barrocos. Es indudable que el ritmo de maduración de las personas no es uniforme, pero no lo es menos que tener una visión propia de la vida exige haber vivido un cúmulo de experiencias, cada cual las suyas, de las que extraer un saber vivo, un conocimiento enraizado en el tejido social. Si Longino decía que un juicio literario es el resultado final de una larga experiencia, ¿habrá de ser el juicio político algo que la requiera más corta, o que no la requiera en absoluto? La figura del político, tan estrechamente ligada a la teoría política, sobre todo desde Maquiavelo y desde Guicciardini, hasta el punto de ser indiscernible dónde comienza una y dónde la otra, porque ambas se funden, para ofrecernos la solidez de un proceso de formación,; esa figura, digo, exige unas habilidades específicas a las que difícilmente se accede sin la experiencia vital en que se forjan. Si aprender a vivir es saber leer lo real en lo que se nos da escenificado, como escribió Castillo del Pino en su libro de aforismos, no hay duda de que ese aprendizaje no se adquiere de la noche a la mañana, porque entramos, con él, en el resbaladizo terreno de la interpretación, y ahí todas las vivencias y conocimientos son siempre pocos. Eso lo sabía muy bien Tagore, cuando concluyó: leemos mal en el mundo y después decimos que nos engaña.

La infantilización general que ha sufrido la sociedad en los últimos 30 años es, sin duda, la responsable de una realidad política que, como mínimo, impone respeto, si no asusta: que jóvenes de veintipocos años lideren movimientos políticos

Me parece encomiable que la juventud haya vuelto a la política y que la res publicavuelva a estar entre las preocupaciones de los jóvenes, porque de ahí solo bienes para la sociedad pueden derivarse. Ahora bien, cuando un aspirante nada menos que al puesto de secretario de IU, Alberto Garzón, nos dice que su principal bagaje es la juventud; o que el líder de Podemos en Barcelona, Bertomeu, apenas tiene 22 años no muy claros ideológicamente, a juzgar por sus escasos hechos políticos, uno tiende a pensar que, como dice un buen amigo mío, a los candidatos a ocupar puestos políticos se les debería exigir haber cotizado a la seguridad social como trabajadores por cuenta ajena o propia un número mínimo de años… Rafael Alberti escribió una obra tituladaEl hombre deshabitadoque parece venir al pelo para describir, superficialmente, eso sí, y con algo de humor, las biografías de unos jóvenes que, saltándose el meritoriaje, aspiran a organizarnos la vida con una fe digna de una mejor causa: la de forjarse a sí mismos. Shakespeare decía que los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes, y me temo que ese es mi caso y, probablemente, el de cuantos saben lo que supone la inacabable construcción de uno mismo. Paul Valery lo definió a la percepción, y ciertamente no era joven cuando lo hizo…: La juventud concluye a partir del momento en que lo que yo pienso se imprime en lo que yo hago, en tanto que lo que yo hago se incrusta en lo que yo pienso

No pasemos, pues, de la gerontocracia sui géneris española, porque, a diferencia de la antigua soviética, la nuestra la hemos decretado alrededor de los 50, a la infantocracia o adolescencracia de tanta fragilidad política y humana como se nos ofrece cada día a nuestra consideración y nuestra vergüenza ajena. Quizá no estaría de más recordarles a los jóvenes triunfadores políticos que se ufanan de su juventud como el divino tesoro cuya fugacidad aún ni sospechan, metidos en la vorágine de su entusiasmo, la sagaz observación del fundador de la Pepsi-Cola, Donald Kendall: el único lugar donde el éxito viene antes que el trabajo es en el diccionario. ¿O son pagafantas de los votantes?

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¿Quién es... Juan Pérez?
Juan Pérez

Catedrático de Instituto jubilado y crítico de cine en CRÓNICA GLOBAL. Es autor del blog 'Provincia mayor que el mundo eres...'.