Política, políticos y partidos: aquí no cambia nada

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Viernes, 23.01.2015 08:41

La profunda crisis de nuestro país tiene abiertos muchos frentes. La política, los políticos y los partidos se han convertido en uno de los más preocupantes. A la política van a parar todos los problemas y tensiones sociales porque se supone que es el instrumento creado para resolverlos. ¿Qué es lo que está fallando? ¿Por qué no sólo no sirven para canalizar los problemas, sino para aumentarlos y convertirse en un obstáculo y un problema en sí mismo?

La política se ha convertido en el espacio en que se practica sistemáticamente la mentira, el engaño y la manipulación de los ciudadanos

Los partidos son considerados por la mayoría como instrumentos de propaganda y control al servicio de los poderes económicos. Su estructura es poco democrática, su financiación opaca e irregular y su funcionamiento favorece a los mediocres, arribistas y corruptos. Como aparatos, su principal preocupación es la propia supervivencia. La política se ha convertido en el espacio en que se practica sistemáticamente la mentira, el engaño y la manipulación de los ciudadanos. Los políticos, por el mero hecho de serlo, despiertan el rechazo y la desconfianza, tanto por su modo de actuar como por la situación de privilegio y las prebendas de que gozan. Estos males son generales, pero en nuestro país se agudizan con vicios añadidos que se remontan al siglo XIX. Es tan fuerte esta tradición, que los nuevos partidos, por más que proclamen su voluntad de regeneración, no hacen sino repetir los mismos errores, incapaces de cuestionar las bases sobre las que se sustentan.

Ya oigo al lector: ¿y Podemos, y Ciudadanos, y UPyD, y Pedro Sánchez...?¿Y las tertulias y debates televisivos, y la actuación de los jueces frente a la corrupción, y las mareas de protesta ciudadana, etc.? ¿No está evidenciando todo esto un cambio radical de la política, los partidos y los políticos?
Siento no compartir la confianza en que todo esto desemboque en un verdadero cambio. ¿Por qué? Porque no se pone en cuestión lo principal: la idea de la política, de los políticos y de los partidos.

Empecemos por la política. Se define la política como la “conquista del poder”, una idea decimonónica trasnochada. El poder, en un estado democrático, es la capacidad para establecer normas y hacerlas cumplir, y para distribuir el dinero y los recursos públicos de acuerdo con esas normas y leyes. No es sinónimo de mandar, imponer u obligar a los demás a hacer lo que se ordena. El poder se basa en las normas y las leyes, en las instituciones del Estado, en los funcionarios, los jueces y las fuerzas de seguridad. No en los políticos. Los políticos ni detentan ni ejercen el poder: simplemente lo regulan y aplican. El poder, en último término, reside en la voluntad de la mayoría, y esto es algo que no se puede ceder ni otorgar a nadie, sea partido o persona, ni siquiera de forma transitoria. Lo contrario es creer que la mayoría sólo tiene el poder cuando vota, que no tiene más poder que el de “poder votar”. No, poder es decidir, y decidir sólo se puede hacer en función de lo que quiere y decide la mayoría.

La concepción del poder como una fuerza absoluta, abstracta, arbitraria, situada por encima de los ciudadanos, sólo controlable de modo indirecto cada cuatro años, es fruto de una idea autoritaria del poder y de una ciudadanía inmadura, que se siente impotente frente al poder y la imposición de los políticos. Nace de aquí, paradójicamente, la creencia en el poder mágico de la política como solucionadora de todos los problemas. Los políticos se creen que tienen que regularlo, ordenarlo y solucionarlo todo, no distinguiendo entre lo fundamental y lo secundario, lo que interesa a la mayoría y lo que debe dejarse en manos de los ciudadanos.

Un partido no es un instrumento para “asaltar y alcanzar el poder”, sino para cumplir un proyecto y un programa. Es algo radicalmente distinto. Los políticos toman decisiones, de las que se responsabilizan y de las que tendrán que dar cuenta a los ciudadanos, pero esto no es lo mismo que detentar el poder y ejercerlo libremente como si fuera algo suyo o “alcanzado”. La capacidad para tomar decisiones se la otorgan los ciudadanos por un tiempo limitado y de acuerdo con determinadas condiciones. Confundir esto con “tomar el poder” es una aberración. Pero ahí tenemos a Podemos, por ejemplo, obsesionados con alcanzar el poder, no con definir un proyecto nacional y explicarlo a los ciudadanos.

La sobredimensión del poder político, y su concepción absolutista y no democrática, hace que algunos políticos se se sientan salvadores, redentores o portadores de soluciones rápidas o milagrosas, ignorando que la base de toda su actuación ha de ser la decisión de una mayoría de ciudadanos conscientes. Que los ciudadanos consideren la política como una forma de alcanzar poder, dinero e influencia, un modo de ascenso social rápido, una oportunidad para realizar enchufes, chanchullos y componendas, lograr privilegios y prebendas, indica hasta qué punto la democracia no ha llegado todavía al corazón de la política.

La concepción del poder como una fuerza absoluta, abstracta, arbitraria, situada por encima de los ciudadanos, sólo controlable de modo indirecto cada cuatro años, es fruto de una idea autoritaria del poder y de una ciudadanía inmadura

Hoy se considera que el principal requisito para medrar en política es la capacidad de maniobrar, de mentir, crear camarillas, derrocar a enemigos internos, dominar los órganos de dirección, actuar de forma fría y calculadora, sin escrúpulos, sin reparar en el daño personal que se puede causar a otros. Como resultado, los más capaces y honestos acaban siendo marginados o excluidos. La política queda en manos, no de los más preparados y con mayores capacidades y méritos, sino de los más mediocres y corruptos.

A esta situación se ha llegado también por considerar la política como obra de expertos o especialistas. Frente a la idea de que la política es una profesión, hay que defender que es un trabajo, un trabajo igual de digno que cualquier otro, pero no una profesión de expertos. Los profesionales y expertos están al servicio de la política, no al revés. Los políticos no forman ninguna clase ni constituyen ningún grupo diferenciado con intereses propios. La política no es un privilegio, no ha de gozar de ningún trato especial.

La política y los partidos están hoy ahogados y dominados por el personalismo. Los partidos se organizan siguiendo un modelo leninista, sean de izquierdas, de derechas o “transversales”. Lo más importante es “alcanzar el poder” dentro del partido. El líder debe actuar y dirigir el partido con carisma, autoridad y capacidad de imposición. Se enfatiza la jerarquía, la militancia y la obediencia. Todo se fía a la imagen y el poder del líder. No se confía en las ideas, las palabras y las convicciones, sino en la proyección de la imagen del “caudillo” o jefe. Las personas no están al servicio de las ideas, sino al revés. La política española y los partidos políticos están enfermos de personalismo y culto a la personalidad. No hay debate de ideas, sino luchas personales.

Echen un vistazo a los nuevos partidos y díganme si les ven capaces de poner en duda su forma de organización, su funcionamiento interno, su idea de la política, su forma de actuar. Díganme si han sido capaces de superar el leninismo, el culto a la personalidad, la obsesión por la imagen frente a la verdad de las ideas, la manipulación del lenguaje, el uso de eufemismos, generalizaciones y obviedades. Díganme si no juegan al engaño, la ocultación o la mentira, si no tratan de anular al contrario e impedir la crítica.

Analicen, por ejemplo, cómo han reaccionado ante las primeras denuncias los de Podemos, ese contrato chanchullo de Errejón, las amistades “pijas” de Monedero, la extraña “productora” sin ánimo de lucro de Iglesias, las simpatías pro ETA o el chavismo, la imposición de listas cerradas a los órganos de dirección, el oportunismo en la definición de su programa, etc., por no hablar del refrito teórico e ideológico en que basan su retórica. Miren a IU y los mangoneos de esa concejala aspirante a presidenta de la Comunidad de Madrid, negando la evidencia con la misma arrogancia que el ínclito Granados. Observen, por otro lado, la triste disputa entre Ciudadanos y UPyD, o sea, entre Rivera y Rosa Díez, o el activismo casi desesperado de Pedro Sánchez para catapultar su imagen yéndose a explicar a EEUU algo de lo que aquí no nos hemos enterado, o todas las marrullerías obscenas de Mas y Junqueras convirtiendo a la política en un chalaneo de tratantes de feria, o la insultante vaciedad de Rajoy y las enfáticas mentiras y perogrulladas de sus portavoces...

Lo dicho: aquí, por ahora, no cambia nada de nada de lo que de verdad debería cambiar. Esa “gran marcha por el cambio” que se anuncia, yo creo que camina por el desierto. ¿Nos quedan todavía cuarenta años de desvarío?

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¿Quién es... Santiago Trancón?
Santiago Trancón
Profesor y escritor, ha publicado una decena de libros, entre ellos 'En un viejo país' (novela), 'Desvelos de la luz' (poesía), 'Teoría del Teatro' (ensayo) y 'Memorias de un judío sefardí' (biografía). Acaba de publicar 'Huellas judías y leonesas en el Quijote. Redescubrir a Cervantes'. Fue el autor del texto del 'Manifiesto de los 2.300' de Barcelona.
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