"Dejémoslo claro, la hoja de ruta es el cuento de la lechera. Vale por lo que vende, que es un sentimiento de seguridad que permita seguir manteniendo expectativas y esperanzas"

Lluís Bassets, director adjunto del El País y responsable de la edición de Cataluña, en un artículo publicado este lunes:

"[...] Dejémoslo claro, la hoja de ruta es el cuento de la lechera. Vale por lo que vende, que es un sentimiento de seguridad que permita seguir manteniendo expectativas y esperanzas. Se entiende que se utilice para el proceso soberanista, fundamentado en la idea de un camino único y sin alternativa -no hay plan B- que conduzca obligatoriamente a un objetivo perfectamente configurado y localizado llamado independencia. Cuando el movimiento se estanca o incluso decae, las discrepancias se ahondan y aparecen nuevos y más dinámicos actores políticos que modifican la correlación de fuerzas, nada más adecuado que elaborar de nuevo esa hoja de ruta que nos arrulle en la seguridad del camino bien trazado. Si luego fallan la voluntad, por escasa o por dividida, los líderes o los partidos, o incluso eso que llamábamos condiciones objetivas, nadie podrá reprochárselo a los cartógrafos.

La hoja de ruta de Artur Mas es engañosa, pero lo son también sus cuatro etapas y encrucijadas, por imprecisas e interpretables. Nadie concreta qué mayorías electorales o parlamentarias, sobre censo, sobre participación electoral o en escaños, son necesarias. Sucede ya en su primera meta, cuando se anuncia una declaración solemne del Parlamento [autonómico] de Cataluña sobre el inicio del proceso hacia la constitución del nuevo Estado o República catalana, algo que suena a repetición de otra declaración solemne, la de soberanía de enero de 2013. Caben además las preguntas sobre la fuerza de la nueva declaración, a la vista de la mayoría que apoyó la anterior, 85 de los 135 escaños; aunque de su carácter meramente declarativo puede deducirse que a las fuerzas políticas comprometidas les bastará la mayoría simple.

Idéntica imprecisión se produce en el segundo punto, donde se inicia un proceso constituyente. Sabemos qué puede ser un proceso constituyente, a pesar de sus dificultades jurídicas, pero sabemos poco o nada sobre cómo se inicia. Nada se nos dice tampoco sobre la mayoría necesaria para superar este punto. Los silencios permiten suponer el propósito altamente polémico de promover un proceso constituyente con menos diputados de los 90 que se necesita para reformar el actual Estatuto, tal como reza el propio Estatuto catalán.

Los dos puntos aparentemente más próximos a la meta son todavía más frágiles. Si atendiéramos a las declaraciones y compromisos de Mas con Junqueras, se diría que el despliegue de las estructuras de Estado que conforma la tercera etapa no es más que la reiteración de lo que sobre el papel debía estar ahora mismo en marcha. Y lo mismo sucede con la alternativa que ofrece el cuarto: la culminación democrática a través de las urnas por un referéndum pactado con el Estado se aproxima peligrosamente a la propuesta del PSC; mientras que la consulta de ratificación de la Constitución catalana prevista como plan B se asemeja demasiado a la fortuna que hace la lechera antes de que se le rompa la jarra de leche como para no creer que es el cebo para mantener a Esquerra en esta bicicleta tambaleante pero que todavía sigue corriendo por la ruta que marca la hoja.

Junqueras lo ha reconocido: no es una hoja de ruta, sino un pacto de mínimos para evitar que la bicicleta se caiga y el proceso quede bruscamente interrumpido".

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