Crímenes de odio y doble moral

13 min
Sábado, 14.03.2015 11:39

El pasado 11 de febrero, tres estudiantes musulmanes fueron asesinados en la localidad de Chapel Hill, en el estado norteamericano de Carolina del Norte, a manos de un individuo armado, vecino suyo. Al parecer, el asesino mantenía disputas comunitarias con la familia de las víctimas. La animosidad del agresor hacia las víctimas podría estar, además, ligada a la condición de musulmanes de estos últimos: el agresor hacía gala en las redes sociales de una abierta ideología antirreligiosa, por un lado, y su agresividad hacia sus vecinos cambió de grado --apuntan familiares próximos a las víctimas-- tras ver a las mujeres de la familia tocadas con un hiyab.

En un contexto mediático fuertemente marcado por los atentados de París, Bruselas (felizmente abortado) y Copenhague, y la consiguiente inundación de noticias sobre la amenaza islamista contra las sociedades occidentales, y más específicamente contra la comunidad judía, el crimen de Chapel Hill reúne todos los ingredientes para avivar el debate sobre la desigual atención que merecen los ataques racistas/terroristas en función de quiénes son los responsables y de quiénes son las víctimas. Todos recordamos la amplísima cobertura, la conmoción y el horror internacionales que rodeó las matanzas de París, que ocupó durante días todas las portadas, que hizo que todos fuéramos Charlie por un rato, gobiernos y parlamentos europeos valoraran el endurecimiento de la legislación antiterrorista, millones de personas se congregaran en París y la preocupación por el ascenso del antisemitismo regresara a los titulares. Nada de esto ha ocurrido respecto a los ataques de Chapel Hill, que ha pasado relativamente desapercibido; y el contraste resulta demasiado llamativo como para que no valga la pena detenerse en examinar, como han examinado ya algunos analistas, hasta qué punto el tratamiento tan diferenciado está justificado o es fruto, como en algunos casos se ha sugerido, de una lacerante hipocresía por parte de las sociedades occidentales y sus élites. Caroline Fourest, por ejemplo, ha abordado la cuestión en estas mismas páginas; pero su análisis resulta matizable o poco convincente en algunos puntos, de forma que resulta útil hacer algunas consideraciones y desarrollos adicionales.

Crímenes y actos terroristas

Asesinar a alguien por ser negro, o judío, o por profesar una determinada religión, es un crimen xenófobo. Pero no necesariamente terrorista

Es una obviedad, pero conviene recordarla. Asesinar a alguien es un crimen. Asesinar a alguien por ser negro, o judío, o por profesar una determinada religión, es un crimen xenófobo. Pero no necesariamente terrorista. Los atentados terroristas, que pueden incluir o no el asesinato (piénsese en los secuestros de empresarios por la banda terrorista ETA, la violencia callejera, los ataques contra viviendas, negocios o lugares de trabajo de las víctimas, sin daños personales directos; o incluso los falsos avisos de bomba), tienen una dimensión adicional, relacionada con la publicidad, la intimidación y la utilización política de una y de otra. A diferencia de otras formas de criminalidad de las que el asesinato es el fin último, el objetivo del terrorismo es generar terror más allá de sus víctimas inmediatas, para obtener una ventaja política; algo para lo que el asesinato (u otros métodos) puede ser un instrumento eficaz, pero subordinado a un objetivo distinto. Esto es una diferencia cualitativa, que explica que, incluso a igualdad de víctimas, los actos terroristas (como los de París o Copenhague; o los de Madrid y Londres en 2003 y 2005, respectivamente) generen más alarma social y atraigan más atención mediática, social e institucional, que una reyerta vecinal, aunque tenga una connotación claramente xenófoba. A través de sus víctimas directas, tanto si son indiscriminadas (“podrías haber sido tú”) como si se dirigen contra símbolos concretos (“esto podría pasarte... si incurres en sus mismas conductas” o “si pudimos con él, imagínate lo que podríamos contigo”), el terrorismo presiona o amenaza en realidad a sociedades o sectores sociales enteros, y supone en ese sentido una amenaza mayor para el Estado democrático, cuya determinación política aspiran a doblegar mediante la intimidación y ante el que frecuentemente se erigen como interlocutor. Esta pretensión intimidatoria está ausente de otros crímenes, por más execrables que sean; y parece estar ausente en el caso de Chapel Hill.

La verosimilitud de la amenaza

En su artículo, Fourest menciona una cuestión conexa a ésta: la ausencia de reivindicación, que prueba, en principio, la ausencia de motivación política (pero no la falta de móvil xenófobo). Sin embargo, podría haberse producido una reivindicación política, sin que ello fuera suficiente para provocar una conmoción comparable a la de París o Copenhague. El grado de intimidación ejercido por un acto terrorista tiene que ver, también, con la credibilidad de la amenaza que pretende ejercer.

El atentado de Utoya permite ejemplificar este punto. Se trata de un atentado estrictamente terrorista, con una clara pretensión política; explícitamente reivindicado y enormemente sangriento: setenta jóvenes socialistas fueron asesinados por ser socialistas a manos de un ultraderechista, y en nombre del supremacismo blanco, el rechazo al multiculturalismo y el odio a la democracia. Sin embargo, el eco mediático de la matanza no tuvo nada que ver con el que generan los atentados islamistas. Una explicación razonable para ello es que, pese a la existencia de sectores ultras más o menos radicalizados en todos los países de Europa, detrás de Breivik no existe un entramado terrorista con la capacidad operativa y de atracción, la coordinación y los recursos humanos y materiales comparable siquiera al monstruo que supone la nebulosa integrista aglutinada en torno a Estado Islámico, Al Qaida y la miríada de grupos y células más o menos activos tanto en los países árabes como en Europa. Tampoco la habría detrás del crimen de Chapel Hill, aun en el caso de que éste hubiera sido fruto de una organización supremacista blanca.

Quién debe “desmarcarse” de un crimen

Uno de los elementos más polémicos –que Fourest trata abundantemente, pero de forma, a mi juicio, no completamente satisfactoria-- de la controversia surgida en las redes sociales al hilo de Chapel Hill ha sido la reclamación de algunos internautas de que, puesto que el atacante era ateo, los ateos del mundo (y especialmente los simpatizantes de Charlie Hebdo) se desmarcaran explícitamente del crimen, tal y como algunos insinuaron que los musulmanes deberían hacer sobre los atentados islamistas. La reclamación, desde luego, resulta absurda. En ambos casos, y conviene insistir en ello. Nadie es responsable de las acciones que otros con su mismo color de piel, con su misma nacionalidad, con su misma lengua o con su mismo referente religioso (tampoco con su mismo linaje familiar, cabría añadir) hayan podido cometer; la identidad personal es una construcción íntima y privada, en la que buena parte de los elementos vienen más dados que elegidos; no una red de vínculos de afinidades colectivas que puedan darse por supuestos, y de los que por tanto haya que renegar cuando no se correspondan con la realidad.

Sería distinto si en vez de una creencia religiosa, o de una adscripción étnica, nacional o lingüística, el vínculo fuera de carácter ideológico, es decir, libremente escogido y con vocación de tener un impacto público, más allá de aquellos que lo comparten. Y aquí se impone la distinción entre el integrismo (islamista, por ejemplo), que constituye una ideología totalitaria, y el islam, religión y rasgo identitario de miles de millones de personas en el mundo; dos conceptos entre los que media la distancia que va de la creencia en una determinada religión y la pretensión de imponer determinadas normas derivadas de ella a todo el que le rodea. Así, los partidos comunistas europeos, y sus militantes, se veían constantemente interpelados –y por buenas razones-- acerca de su nivel de solidaridad con los regímenes igualmente comunistas del Este de Europa. Una interpelación legítima, en tanto que la adscripción a una ideología, como la militancia política, es una operación libre, racional y que sucede en una dimensión eminentemente pública, y no íntima: traduce la intención de actuar en el espacio público en una dirección determinada. Cabe, por tanto, pedir cuentas y valorar públicamente el alcance de esa adscripción. Forma parte de la interacción entre las ideologías (proyectos de vida en común que sus adscritos proponen/pretenden imponer a todos) y el conjunto de la sociedad. Por ello, tiene sentido que, tras un atentado islamista, cometido en nombre del islam, aquellas organizaciones que actúan políticamente para extender el islam expliquen en qué se relaciona, y en qué no, el islam que proponen con el islam al que aluden los terroristas. Y por lo mismo, carece de toda lógica, y cae de lleno en una peligrosa pendiente comunitarista, exigir que los musulmanes o los ateos tomen posiciones explícitas, en tanto que musulmanes o ateos, cuando ese aspecto de su identidad no está ligado a un proyecto político concreto. En este punto podría aducirse que el compromiso político de los periodistas de Charlie Hebdo y sus simpatizantes se puede interpretar como derivado de su ateísmo, pero la objeción no se sostiene: la ideología laica y universalista en la que la libertad de expresión está inscrita, o las convicciones libertarias que puedan animar a algunos de ellos, no se siguen de la convicción personal de que Dios no existe, sino de una serie de consideraciones respecto a las cuales la existencia de Dios es irrelevante, u ortogonal si se prefiere; la prueba más clara es que creyentes de todas las religiones, no creyentes y creyentes-en-que-no, se reconocen en estos principios... y en los contrarios.

Víctimas y víctimas

Los que denuncian una doble vara de medir de las sociedades occidentales respecto al terrorismo tienen, en realidad, ejemplos mejores que el de Chapel Hill para ilustrar su tesis. Poco después de los atentados de París, se tenía noticia de abultadas matanzas en Nigeria a manos del grupo islamista Boko Haram, en las que las víctimas –musulmanas-- se contaban por centenares. Algo antes, un grupo integrista talibán había asesinado a sangre fría a los alumnos de una escuela, musulmanes también, en Afganistán. Debería ser la prueba definitiva de que no hacemos frente a un choque religioso, sino a una guerra de poder global, con múltiples y sangrientas declinaciones locales conflicto global en la que distintas encarnaciones del totalitarismo político libran múltiples batallas por el poder y por otras tantas hegemonías locales.

Las sociedades europeas tienen una sensibilidad muy distinta respecto a atentados que ocurren en sus fronteras y ataques que ocurren en el exterior

También lo es de que las sociedades europeas tienen una sensibilidad muy distinta respecto a atentados que ocurren en sus fronteras (o que afectan a ciudadanos europeos) y ataques que ocurren en el exterior. Pero la denuncia de hipocresía en este caso reposa sobre un malentendido; no es la solidaridad lo que explica el grueso de las reacciones ante el terrorismo, sino el temor y la pulsión de defensa. Esas son las teclas que pulsa el terrorismo, por otra parte. E indudablemente, los atentados que suceden en las calles de París, en los trenes de Madrid, en las cafeterías de Copenhague o en el metro de Londres resultan más próximas, y por ello generan más miedo, que las que afectan a países lejanos, a entornos desconocidos, a víctimas que se parecen a nosotros menos que los muertos de Atocha, de Charlie o del supermercado casher. La vida de un civil nigeriano vale lo mismo que la de un francés, pero la pérdida de este último en un ataque terrorista nos cae más cerca; no solo geográficamente sino también –sobre todo-- psicológicamente, no nos afecta como espectadores sino también como objetivos últimos de la acción intimidatoria. La hipocresía, en todo caso, reside en vestir como solidaridad y altruismo lo que es, en buena medida, una conmoción –comprensible-- causada por el miedo.

En este sentido, la progresiva convergencia de las “dos varas de medir” de las sociedades occidentales en una sola vendrá menos de una solidaridad universal y abstracta, sin duda deseable, que de la progresiva convicción de que lo que ocurre en Nigeria, en Afganistán o en cualquier otro rincón del mundo está o puede estar relacionado, y de forma cada vez más estrecha, con lo que ocurra en nuestro entorno más inmediato. Que nada de lo humano nos es ajeno, como decía el clásico. No sólo por imperativo ético, sino también por constatación empírica, en un mundo que se contrae y en el que cada vez hay menos forma de mantenerse lejos, a salvo.

Artículos anteriores
Juan Antonio Cordero Fuertes

Doctor en Informática por la École Polytechnique (Francia). Investigador de la Universidad Politécnica de Hong Kong (PolyU). Autor de "Socialdemocracia Republicana, hacia una formulación cívica del socialismo" (Editorial Montesinos). Miembro del colectivo Puerta de Brandemburgo.