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Trias y Colau, entre el garrote y la hoguera

La presencia de la candidata de Barcelona en Comú en el último pleno municipal refleja más ansias de poder que preocupación por los ciudadanos y la ciudad. Primera fase de la 'okupación' del Ayuntamiento

4 min
Pablo Planas
Domingo, 1.03.2015 11:55

Hay gente muy seria, sensata, culta y educada que no levanta la ceja cuando atiende a la posibillidad de que Ada Colau pueda ser la próxima alcaldesa de Barcelona. Empresarios medianos, abogados, autónomos o asalariados que se juegan los cuartos cada día en la economía real contemplan sin mayor preocupación la hipótesis de un Ayuntamiento gobernado por la exportavoz antidesahucios. Algunos, en broma, dicen incluso que piensan votar a Colau. En España, como es sabido, se vota mucho de boquilla, como en la mayoría de aspectos de la vida, pero esa clase de comentarios son acogidos sin muestras de asombro o reprobación, ya sea en los restaurantes de los jueves paella como en el Belvedere.

No ocurre lo mismo con Podemos. Del frívolo entusiasmo inicial que suscitó su irrupción se ha pasado al recelo absoluto por la naturaleza pedestre de su retórica, la financiación bolivariana del partido y la constatación de que sus principales dirigentes no son precisamente unos desahuciados. La falacia de que Podemos, como el proceso secesionista, es un movimiento que va de arriba a abajo se desmonta con un par de complementarias de Monedero y la dacha en Gredos de Iglesias.

En principio y para desgracia de Ada Colau, ella es Podemos en Barcelona, a pesar de que no consta que haya cobrado de Maduro, ocultado ingresos al fisco o se haya enriquecido con los desahucios como algunos de sus colegas de Podemos sí lo han podido hacer con las desgracias de los ciudadanos de Venezuela. Sin embargo, las primeras andanzas municipales de Colau muestran numerosas coincidencias con el modus operandi y el mutatis mutandis de Podemos. Hay una cierta pose de matonismo en la presencia de Ada Colau en la tribuna para el público del salón de plenos de Barcelona, en su forma de mirar y de dirigir a los concejales de la izquierda local, que seguramente ya venían amedrentados de casa. Las encuestas le dan grandes opciones para entrar por derecho en el Ayuntamiento, por lo que su prematura y nada desapercibida presencia en la tribuna (donde, por otro lado, tiene todo el derecho a estar como ciudadana) refleja más ansias de poder que sincera preocupación por los barceloneses y su ciudad, como quien compraba un piso sobre plano y se pasaba cada día por la obra.

La corte de Colau tampoco pasa desapercibida. Es gente curtida en evitar desahucios y montar acosos, con lo que el efecto positivo de lo primero se diluye en la violencia implícita de lo segundo. La contribución de Colau al pleno fue marcar las líneas rojas para que no prospera la moción del PP de Alberto Fernández a propósito de pedir la liberación del alcalde de Caracas y de los opositores encarcelados por el brutal régimen de Maduro. Ahí está la sintonía con el Podemos real y con el autoritarismo antisistema.

Se objetará que Podemos y como quiera que se llame el partido de partidos de Colau (la última marca conocida es "Barcelona en comú", pero el común todavía habla de "Guanyem") son distintos porque el primero responde a la crisis de la izquierda clásica en forma de torpedo venezolano contra España y el segundo, a la omnipresencia paralizante del proceso secesionista. La crisis los emparenta, porque sin desempleo de larga duración y desahucios no existirían ni unos ni otros. Y en cuanto al proceso, Colau votó dos veces sí el pasado 9N, según dijo Alfred Bosch, el candidato de ERC que pasaba por ahí. Tampoco sor Teresa Forcades, integrada en la marca Colau, es precisamente dudosa respecto al soberanismo.

Quien sí ha tenido arte y parte en que la izquierda antisistema sea una opción electoral en Barcelona es el inefable Xavier Trias, quien ya puede lucir sin orgullo el título de peor alcalde de la democracia. Trias pertenece a la categoría de los políticos que sin hacer nada lo hacen todo y provocan graves destrozos, agudos retrocesos y una sensación de descontrol absoluta cuyo momento cumbre fue entregarse a un insensato pacto con los okupas tras una semana de prácticas de guerrilla urbana por media Barcelona y prestarse después a amplificar el falso documental Ciutat Morta, con lo que su contribución a la causa antisistema y a las posibilidades electorales de Colau merecería una placa en Can Vies cuando concluya su reconstrucción. Por eso la gente, entre bromas y veras, dice que entre Trias, un segundo de Mas, y Colau, la de Podemos, que es como elegir entre el garrote vil o la hoguera, pues que prefieren la hoguera, como Krahe.

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