¿Unionistas, españolistas, constitucionalistas?

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Jueves, 20.08.2015 00:00

Cuando el referendo quebequés del 98, los estudios sociológicos advertían que el apoyo a la secesión bajaba 20 puntos -ahí es nada- si se empleaba el término "independencia" en lugar de "soberanía". La forma en la que se presentan las ideas es determinante para que estas triunfen o fracasen. En Cataluña el separatismo no abandonó la marginalidad política hasta que no abandonó el concepto independencia para adoptar el mucho más amable y en apariencia incuestionable, “derecho a decidir”. Una construcción que alcanzó gran predicamento y logró moldear la realidad sociológica catalana. Fueron los días más duros para los catalanes partidarios de seguir compartiendo país con madrileños, canarios o asturianos. La potencia de aquel enunciado lo hacía casi irrefutable. No había por dónde meterle mano. ¿Qué clase de antidemócrata negaría semejante derecho?

Hay que reconocerle al nacionalismo una habilidad extraordinaria en el uso del lenguaje. Replicar la narrativa nacionalista resulta agotador

Para desenmascarar el invento hacía falta demasiado tiempo, demasiados argumentos, mientras que la citada construcción resultaba directa, emocional y apelaba a un valor tan elevado en el imaginario colectivo como el principio democrático.

El relato nacionalista hace uso de sofismas y da por supuestos numerosos conceptos que, al ir alojados en un conjunto más amplio de mercancía semántica, suelen pasar desapercibidos. Replicar la narrativa nacionalista resulta agotador. Se hace imprescindible la aplicación del viejo principio de la lógica escolástica: nego suppositum, niego el supuesto. Y una vez 'deconstruido' el pseudoargumento, si hay tiempo, hay que armar el propio. Lo dicho, agotador.

Hay que reconocerle al nacionalismo una habilidad extraordinaria en el uso del lenguaje. Ya no son separatistas, ni siquiera independentistas: son soberanistas. No aspiran a romper ni a separar, simplemente reclaman poder ejercer su soberanía. Gobernarse. De nuevo, ¿quién será capaz de negarle a un pueblo la capacidad de gobernarse a sí mismo?

Una construcción léxica coherente y seductora, si es suficientemente replicada por medios y líderes de opinión, acabará por crear el marco mental deseado. Acceder a compartir dicho marco, prestarse a participar de él, es un suicidio político. Ningún equipo se resigna a jugar todos los partidos fuera de casa. Por ello es imprescindible, ya no renunciar a las figuras e imaginarios nacionalistas, que también, sino construir un campo semántico propio. Y aquí está todo por hacer.

El primer paso habrá de ser designar un nombre de consenso, una denominación que reúna a todos los catalanes que se sienten normalmente españoles. Tal denominación aún no existe, y si existe, no goza de consenso. Frente al vocablo aglutinador 'independentista' ('indepe'), no hay sino una amalgama de nombres, la mayoría salidos del imaginario nacionalista, y por ello con una evidente carga peyorativa. Es el caso de 'unionista', en cuyos ecos aún se escucha los disparos del Ulster. Además de que para llevar a cabo la acción de unir ha de partirse, necesariamente, de la fragmentación, de la división, y no es el caso de España, de momento.

La voz 'españolista', al contrario que catalanista, que goza de un amplio consenso y normalidad, incomodará a muchos en Cataluña, donde España y sus derivados acusan el desprestigio de tres décadas de nacionalismo. Definirse en negativo (no-independentista) sería igualmente un error en tanto reconoce todo el protagonismo al concepto original en contra del cual nos definimos (independentista).

Quizá 'constitucionalistas' sea el más recurrente. Pero es insuficiente e imperfecto pues, frente a un escenario épico y emotivo, constitucionalista tan solo ofrece un frío marco legal. Nada puede hacer un término exclusivamente jurídico, habermasiano si se quiere, frente a una marea de ilusión identitaria. Además de que, si durante los años del plomo etarra la Constitución revestían a sus defensores de un halo de responsabilidad y sensatez, hoy la Carta Magna parece insoportablemente vetusta y a pocos evoca ya las connotaciones positivas de antaño.

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