un rincón mítico

Hostal Empùries, centenario y (por fin) puesto al día

Por primera vez en la historia del establecimiento, la cocina está a la altura de la belleza del lugar

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Hostal Empúries con las vistas de Roses al fondo
Paula Ferrer

Es uno de los lugares más bonitos de la costa catalana. Cualquiera que lo visite por primera vez tendrá la impresión de haber estado allí antes, aunque no sea así. Resulta familiar porque ha sido escenario de varias películas y de numerosos espots publicitarios.

El Hostal Empùries está clavado delante de la playa de Portitxol, que fue la puerta de entrada de fenicios, griegos y romanos en la península. Desde allí se divisa toda la bahía de Roses. Es un lugar ideal para pasar unos días, incluso en agosto.

Las excavaciones

La existencia de un hotel en este paraje, sin embargo, no responde a la belleza del lugar, sino a que fue la primera cantina que se estableció a inicios del siglo XIX para atender a los excavadores de las ruinas de Empùries, con el arquitecto Josep Puig i Cadafalch a la cabeza. Cuando aquel chamizo se convirtió en casa de comidas pasó a llamarse Villa Anita, que es el nombre que el hostal ha recuperado ahora para su restaurante.

Construido en la década de los 50, el primer hostal era capaz de satisfacer las necesidades del turismo de la época, fundamentalmente local. Pero las restricciones urbanísticas --está tan cerca del mar que no puede ser modificado-- y las limitaciones de su cocina generaron un gran desfase entre la categoría del emplazamiento y la calidad de la oferta hotelera.

Ampliación con bungalows

Después de varias reformas cosméticas y de otras tantas intentonas fracasadas en los fogones, los nuevos propietarios pudieron ampliar instalaciones en horizontal, hasta completar 53 habitaciones, lo que hace más sostenible tanto el entorno mbiental como la cuenta de resultados. Son varios bungalows rodeados de un jardín de plantas autóctonas que ahora, dos años después de su plantación, empiezan a lucir, además de un pequeño gimnasio y un spa.

En paralelo, la casa contrató a Rafa Peña, el propietario de la Gresca, para que se encargara de la oferta gastronómica. El chef barcelonés ha creado una carta breve y precisa; de esas que van al grano. Cinco propuestas para picar, siete entrantes, seis pescados y una carne. Más cuatro posibilidades de postre.

Villa Teresita

El salón principal de Villa Teresita es una terraza cerrada asomada al mar a la que nunca llega el calor. Las mesas están bien vestidas, con una piedra marina sobre cada una de ellas, muy acorde con la decoración singular, algo ecologista, de Pilar Líbano, que ha colgado en las paredes espejos enmarcados en puertas decapadas.

Para acompañar las cañas Damm --correctamente tiradas-- que pedimos, nos pusieron dos aperitivos estupendos cortesía de la casa. Primero, unas crudités cortadas en forma de palitos para mojarlas en crema de calabaza. Después, un tartar de bonito con crujiente de milhojas.

Croquetas Hostal EmpúriesEmpezamos con unas croquetas de gambas a 4,5 euros la unidad que estaban riquísimas y sabrosísimas; enormes. A continuación, una caballa hecha al estilo teriyaki con mayonesa de soja. Recordaba el sabor de túnidos curtidos en salazón, tan habituales en el sur de España y en misma L’Escala, a menos de un kilómetro del hostal.

Mi acompañante se inclinó para el segundo por la cola de rape hecha a la plancha, que a juzgar por sus comentarios y por el color del pescado --que quedó de blanco de nieve-- estaba en su punto de sabor y de cocción. Por mi parte, quise probar el arroz de congrio, un bicho que me gusta emplear para el suquet por el toque untuoso que le da. El plato, que está elaborado sin azafrán, incorpora brócoli para neutralizar la viscosidad del pescado, aunque el resultado, para mi gusto, es demasiado plano, soso; no me gustó mucho.

La carta de vinos es mucho más extensa que la de viandas, y tiene personalidad. AbarcaArroz Hostal Empúries casi todas las denominaciones, incluso algunas etiquetas francesas e italianas, y está construida en base a productos de agricultura sostenible, con el mínimo tratamiento químico posible.

En muchos casos, son productos de bodegas muy jóvenes, como el 7 fuentes de 2013, un tinto orgánico del Valle de la Orotava, en Tenerife, que ofrece a 26 euros, frente a los 11,40 de la tienda. En otros casos, son consagrados y a buen precio: el Valbuena 5º Año (2004) figura a 135 euros, cuando en tienda cuesta 123.

Pero la mayor parte de los vinos son muy poco conocidos, infrecuentes en las estanterías de los distribuidores. Albamar, por ejemplo, es un albariño de reciente aparición criado a unos metros del Atlántico y que, según quienes lo han bebido, su paladar recuerda al mar.

Nosotras pedimos uno que no conocíamos, Musk. Está hecho con moscatel morisco en la provincia de Granada, a 1.300 metros de altura. Es un vino con mucho cuerpo para ser un blanco, muy singular que deja una sensación de burbujeo en la lengua Bombón chocolate Hostal Empúriesbastante curiosa. Pagamos 27,90 euros por la botella, cuando en el lineal cuesta 20,15. Pero este caso no es representativo de lo que Villa Teresita carga en los vinos. Es muy irregular: en algunos casi triplica y en otros casi los vende a precio de coste.

Compartimos un delicioso bombón de chocolate de postre y un café correcto de la marca solidaria Fisolofía (Novell), algo largo. Pagamos 62 euros por persona, lo que no es barato. Pero por primera vez en la historia centenaria de esta casa se puede decir que la cocina está a la altura de la belleza del lugar.

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