¡Catalanes! ¡A las urnas, a las urnas!

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Jueves, 24.09.2015 02:37

Después de tres años aguantando la matraca de que "no nos dejan votar", parece que este domingo 27 de septiembre los catalanes podremos experimentar por fin la sensación de introducir una papeleta en una urna. Si algún catalán cree haberla experimentado antes, desengáñese. Era todo un decorado. Tanto da que hayamos votado nada menos que ¡38 veces! en los últimos 38 años. Lo que los catalanes hemos vivido hasta ahora no era una auténtica democracia. La democracia de verdad empieza el 28 de septiembre. Siempre, claro está, que Junts pel sí y la CUP alcancen la mayoría absoluta.

Hasta ahora nunca un partido independentista ha ganado unas elecciones en Cataluña, ni siquiera unas autonómicas --en el programa de CiU para las del 2012 la palabra "independencia" no aparecía por ningún lado--. Es probable que el 27 de septiembre sean las primeras, y por eso los independentistas han decidido que serán las últimas, las primeras elecciones "vinculantes" --Junqueras dixit-- de la historia de Cataluña. Las anteriores no iban en serio.

Dentro de todo este nonsense (por utilizar el término empleado por el periodista de la BBC Stephen Sackur en su entrevista a Raül Romeva, y no decirlo en román paladino: disparate o sandez), resulta hasta cierto punto comprensible que Junqueras plantee el 27S como el fin de la historia. Para él y su partido el destino de Cataluña está escrito, y no es otro que separarse del resto de España, por lo que, una vez consumado, no tendría ningún sentido volver atrás.

El gran drama para los independentistas no es que no tengan una potencia considerable, sino que no tienen la fuerza electoral suficiente para imponer su objetivo ni siquiera dentro de Cataluña

Lo que no se explica ni siquiera dentro de este sinsentido es que la formación que lo encabeza --antes CiU y ahora CDC-- se haya pasado tres décadas eludiendo e incluso denostando la palabra "independencia", es decir, presentándose y ganando las sucesivas elecciones, desde 1980 hasta 2012, con un programa formalmente autonomista. Han tenido 35 años para incluir en su programa el objetivo de la secesión, la palabra independencia, pero no les ha dado la gana porque no les interesaba electoralmente. Las elecciones del domingo deberían ser la constatación definitiva de la inconsistencia de la falacia de que no nos dejan votar. ¿Quién se supone que no nos deja votar?

La democracia española --a diferencia de la alemana, por ejemplo-- no es una democracia militante, lo que en la práctica supone que cualquier objetivo político --salvo aquellos que incurren directamente en el ilícito penal-- sea constitucional. En España, incluso la secesión de una parte del territorio es un objetivo constitucional, digan lo que digan los creadores de prohibiciones imaginarias. Prueba de ello es la existencia de partidos como ERC.

Lo peor de luchar contra molinos de viento no es el batacazo que uno se lleva cuando embiste, sino el ridículo de constatar que el terrible enemigo no existe, que es fruto de la imaginación de quien --a diferencia de Macbeth-- teme más los peligros visibles que los horrores imaginarios. De ahí que prefiera enfrentarse a lo inventado que a lo real.

Ese es el gran drama para los independentistas, que su principal problema no es la imaginaria prohibición de Madrid, sino precisamente su propia debilidad relativa en Cataluña, el peligro visible que los independentistas no quieren ver. No es que no tengan una potencia considerable, sino que no tienen la fuerza electoral suficiente para imponer su objetivo ni siquiera dentro de Cataluña.

No solo no tienen capacidad para cambiar la Constitución, sino que están pero que muy lejos de la mayoría de dos tercios del Parlament que el Estatut fija para la toma de decisiones de especial trascendencia como la reforma estatutaria o la aprobación de una ley electoral, ambas se entiende que de mucho menor calado que la declaración de independencia.

¿Qué ocurriría si en las primeras elecciones al Parlamento del flamante Estado catalán los partidos constitucionalistas alcanzasen la mayoría absoluta? ¿Nos reintegramos unilateralmente en España?

Pero ¿qué se supone que debemos hacer en el caso de que los partidos independentistas alcancen la mayoría absoluta? Junts pel sí y la CUP nos conminan a respetar el resultado de estas elecciones. Lo preocupante es lo que ellos entienden por respetar el resultado, a saber: aceptar que la Constitución y el Estatut son papel mojado. Es decir, asumir que el hecho de alcanzar una mayoría parlamentaria habilita al gobernante de turno para suspender la vigencia del Estado de Derecho, sobre la autoproclamada base de que nos encontramos en un momento excepcional. La sombra de Carl Schmitt se cierne sobre Cataluña al paso que los independentistas desprecian la Constitución de 1978, enterrando así las enseñanzas de Hans Kelsen, uno de los mejores constitucionalistas contemporáneos, que decía que "el dominio de la mayoría sobre la minoría sólo es soportable en la medida en que se ejerce jurídicamente".

Los independentistas en el pecado llevan la penitencia, pues someterse ahora a su lógica plebiscitaria y decisionista supone aceptar que, en lo sucesivo, todas las elecciones podrán ser consideradas excepcionales por los ganadores, que por supuesto podrán trascender ad líbitum de su ámbito competencial. ¿Qué ocurre si en las próximas generales los catalanes, como siempre, votamos mayoritariamente a partidos constitucionalistas? O, solo a beneficio de inventario, ¿qué ocurriría si en las primeras elecciones al Parlamento del flamante Estado catalán los partidos constitucionalistas alcanzasen la mayoría absoluta? ¿Nos reintegramos unilateralmente en España? Al fin y al cabo, ¿por qué iban a ser los independentistas los únicos que dentro de este sinsentido pueden saltarse la ley y convertir unas elecciones en un plebiscito? O jugamos todos o rompemos la baraja.

Los catalanes nos jugamos mucho este domingo, por lo que, parafraseando el consejo de Ortega a los argentinos, solo nos queda exclamar: ¡Catalanes! ¡A las urnas, a las urnas!

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¿Quién es... Ignacio Martín Blanco?
Nacho Martín Blanco

Licenciado en Periodismo y en Ciencias Políticas y de la Administración. Tertuliano en El món a RAC1 (RAC1), Matí a quatre bandes (RNE), La Rambla (BTV) y El Debat de la 1 (TVE). Columnista en Abc.

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