"Todos somos Charlie" a la catalana

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Domingo, 24.04.2016 00:00

¡Quién nos lo iba a decir! Toda la vida con fama de ser los catalanes serios y aburridos, unos auténticos aguafiestas, y ahora resulta que somos la mar de divertidos, la alegría de la huerta. Vivir aquí es vivir en un jolgorio permanente, es un no parar de reírse. Cataluña es hoy una fiesta, el personal está de un buen humor contagioso, un auténtico tubo de la risa. Ríanse ustedes, y nunca mejor dicho, de las chirigotas y las ocurrencias procedentes de otros lares. Ni esa antigualla del humor inglés tan sesudo e intelectual. No hay nada como la risa vernácula y el producto de proximidad.

No en vano los promotores del llamado 'proceso', en términos kafkianos, lo subtitulan la 'revolución de las sonrisas'

La risa es de buen tono, algo bien visto socialmente. Quien aparece con el semblante serio y el ánimo decaído es un sospechoso, un quintacolumnista en ciernes. La carcajada se ha convertido en un rito, como levantar el puño para los comunistas o santiguarse para los creyentes al entrar en la iglesia. No en vano los promotores del llamado 'proceso', en términos kafkianos, lo subtitulan la 'revolución de las sonrisas'. En ocasiones la gente se ríe porque ve reírse al que está a su lado y, como no hay nada más contagioso que la risa, todo el mundo acaba riéndose. Eso ya pasaba en la posguerra con el saludo brazo en alto, que alguien lo levantaba y se formaba por simple mimetismo una larga cola de brazos en alto, sin saber nadie a ciencia cierta el porqué. Y quien, por razones de fuerza mayor, no pueda exteriorizar su alegría, siempre le queda la solución de reírse por dentro, caso de Artur Mas oyendo la sonora pitada que recibía el himno de España al lado del Rey en el campo del Barça.

Hay el caso contrario, como el del señor Homs, que se desternilla de risa antes abrir la boca, solo de pensar la gracia que va a hacer. Las radios y las televisiones catalanas, tanto las públicas como las privadas, tienen infinidad de programas y espacios para que los oyentes y los telespectadores puedan pasarse las veinticuatro horas partiéndose de risa, a eso ahora le llaman periodismo. Motivos, desde luego, no faltan. Un día hacen ver que disparan al Rey usándole como diana, el otro comparan a los jugadores del Real Madrid con los chacales, llaman a Rajoy por teléfono haciéndose pasar por Puigdemont y le toman el pelo, y la última gracia, por el momento, ha sido quemar la Constitución española en directo. Ello ha provocado la inmediata solidaridad del Gobierno catalán y de destacados profesionales de la comunicación. ¡Hasta aquí podríamos llegar! Mientras no cuelguen la foto de un torero...

Hay mucho paniaguado que intencionadamente mal interpreta las guasas, a veces incluso se ponen pesados. Hay que pedirles excusas, eso sí, con la risa mal contenida, por si alguien se hubiera sentido molestado. Es que los españoles se la cogen con papel fumar. ¡Es broma, claro!

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¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero.
Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. En fútbol voy con el Liverpool, me gusta Schubert, odio los restaurantes, mi ídolo fue Cassius Clay y leo libros de historia en lugar de ver a Josep Cuní y a Pilar Rahola.