Las verdades de Puigdemont

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Miércoles, 6.04.2016 00:00

Cuando lees estúpidas historias de estúpidos personajes uno tiene dos opciones. Bien reír, bien llorar. La diferencia estriba, fundamentalmente, en el vínculo que tengamos con el estúpido y, cómo no, con la estupidez creada por el estúpido. Soy afortunado porque comparto momentos interesantes con gente que creo que es interesante. Dentro de los cuales, algunos, bastantes --quizás demasiados, a veces --, con un perfil claramente independentista. Siempre es positivo escuchar sus opiniones.

Ese es nuestro presidente. Un "buen gestor" capaz de pagar el doble por un billete de avión para hacer una gracia. Peor aún, capaz de engañar, por su origen, a gente honrada que trabaja en un hotel

Últimamente, a imagen y semejanza de los globos sonda de algunos partidos políticos, voy dejando ir historias para ver su reacción. El otro día, tras leer una parte de una biografía de Puigdemont --recuerden, el sin nombre--, comenté esa parte donde el personaje --la estupidez cada uno la puede calificar sin mor a equivocarse-- explicaba sus viajes a Madrid vía Bruselas para poder entrar por la "zona internacional". Supongo, por lógica, que debía ser antes de la puesta en marcha de la Zona Schengen. Todos, reitero, todos mis interlocutores dijeron que eso debía ser falso. Apuntaban que "nadie puede estar tan chalado". Pero ya saben que las biografías están para confirmarlas o desmentirlas: las chaladuras uno las tiene, e incluso, las conserva.

Pero a mí, sinceramente, me preocupó más su discurso en la presentación de su libro. Aquel donde hablaron casi Artur Mas y Oriol Junqueras más que el presidente. No en balde, ambos creen que Puigdemont es el personaje cómico de la historia. Aquí, sin tapujos, explicó cómo engañaba a los inmigrantes al registrarse en los hoteles. "Siempre están de noche", decía. Detectado el "pobre trabajador", le colocaba con su supremacía moral un DNI falso catalán. Le faltó decir: "No tienen mi nivel intelectual, que conozco todos lo países del mundo". Dudo que ahora tuviera el valor de hacerlo. El tipo, además, lo explicaba en plan campechano. Ya saben, con la gracia de un bar cutre de tercera, en plan amigotes: "Qué machote estoy hecho". Sí, lectores, ese es nuestro presidente. Un "buen gestor" capaz de pagar el doble por un billete de avión para hacer una gracia. Peor aún, capaz de engañar, por su origen, a gente honrada que trabaja en un hotel.

Aunque Mas y Junqueras crean que es un tipo cómico, no es mi opinión. Para mí, Puigdemont es realmente un radical. Un radical de lo peor de la tribu. Un talibán del sistema con unos antecedentes más extraños que serenos. A estas alturas de la vida, pocas cosas me sorprenden. Y la verdad es que veo poco normal que una persona en sus cabales prostituya una visita a Madrid dando una vuelta primero por Bruselas. Aunque veo mas penoso todavía engañar a un pobre conserje de un hotel de tercera sólo para poder explicarlo una noche de juerga con sus chavalitas. Pero más lamentable es el silencio a tal atentado a la inteligencia y decencia y, cómo no, que un tipo así lleve viviendo del dinero público casi toda la vida. Eso dice muy poco de Cataluña, pero dice mucho de la ventaja de ser de la famiglia.

Hablamos en su día de las mentiras de Puigdemont. Eran graves, muy graves. Pero queda claro que las verdades del presidente son aún peores

Personajes de tercera tenemos aquí muchos, en este Gobierno. No olvidemos a nuestro potente ministro de Asuntos Exteriores, Mr. Romeva. Aquel que estos días, entrevistado en La Stampa, era presentado como "ministro de Exteriores" de Barcelona. Claro, hasta un periodista italiano entiende que esto no va de Cataluña, sino de Barcelona. Si no es citada nuestra capital, claramente despreocupada del procés, nadie sabría de qué zona del mundo hablamos. El listado de personajes catalanes sería tan largo que quizás daría más para una enciclopedia de estupideces que de realidad. Eso debe preocuparnos, y mucho. Más ahora cuando en el Parlament de Cataluña los radicales --con menos del 10% de los escaños-- obligan a los acomplejados a forzar la situación para ir por el camino no obtenido por los votos.

Porque en Cataluña, cuando los votos no han logrado su objetivo, se ha dado paso a los radicales. Cualquier analista serio --no hablamos, obviamente, de tertulianos de TV3-- sabe que, en una situación como la actual, la irrupción de los radicales a cara descubierta --por ejemplo los de Koiné... ¿Qué coño es Koiné? Hasta es inoportuno elegir una palabra griega en este momento-- significa no sólo una caída de la visibilidad del procés, sino la vuelta a los orígenes. Aquella época con menos del 20% de independentistas. Una época, como decía la canción, donde "muchas ratas aún corrían por la penumbra del callejón". En esos callejones, personajes de tercera sobrevivían esperando su momento. Eran elementos sin historia, ediles de tercera, aburridos maduros de pelo largo liga-chavalitas adolescentes, o, aún más curioso, tipos infectos en la poesía vulgar. Gente que nunca destacó por nada. Radicales cuyo único discurso era no aburrir a su vecino, no molestar a sus conocidos.

Esos radicales de cuya historia nunca hubiéramos sabido si no fuera por el procés han creído su propia mentira. Creen que esa parte del 'poble' que siguió sus consignas caminarán a su vera hasta el límite del mal. Pero ahí se equivocan. Al final, todos, más o menos, tenemos cierta capacidad de lógica. Podemos entender muchas historias, podemos valorar otras cuantas. Pero, como buenos catalanes, nunca vamos a permitir que alguien poco cuerdo gestione nuestro dinero. Hablamos en su día de las mentiras de Puigdemont. Eran graves, muy graves. Pero queda claro que las verdades del presidente son aún peores. Y, cuando uno ha vivido en un mundo de verdades falsas y de falsas verdades, es simplemente un tipo radical. Y, hoy por hoy, cualquier tipo radical en Cataluña debería estar alejado del poder por el bien de todos.

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¿Quién es... Carles Enric López?
Carles Enric
Soy un tipo corriente. Estudié una carrera en Barcelona e hice un Erasmus en Londres. Me casé, tuve hijos, me divorcié, me divertí, me junté, me separé… y siempre pensé que escribir era apasionante, sobre todo de lo cercano. Mi experiencia en el mundo editorial me permitió entender que vivía en un país que confunde profesionalidad con no tener ideas propias. Eso me preocupó y con los años sólo procuro ser coherente. No me caso con nadie, y eso no gusta. Si busca pleitesía al poder no lea mis artículos.
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