Anormalidad catalana: intelectuales, degollados y quemados

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Miércoles, 11.05.2016 00:00

Cataluña se está convirtiendo en un lugar pintoresco. Una asociación de jóvenes independentistas cercana a la CUP --la Espurna de Badalona-- pretende quemar un muñeco de un líder político opositor, llamémosle García Albiol. Lo llaman "libertad de expresión". En el otro lado, alguien escribe que se debería "degollar" a políticos de ERC, creo recordar que citó a Joan Tardà y a Gabriel Rufián. Eso, dicen, es un fascista a exterminar.

Guste o no, hoy Cataluña es demagogia en esencia. Tanto que, quizás, debamos plantearnos si la palabreja tiene su origen en algún rincón del Berguedà o el Solsonés

No seamos hipócritas. Matar es conceptualmente malo, poco edificativo y, sinceramente, una válvula de escape no demasiado apropiada en las situaciones tensas. Sea cual sea la forma imaginada, el fin no justifica jamás la muerte. Las formas son, eso sí, significativas. La CUP, supuestamente adalides de la verdad y la libertad, recurren a métodos de la Edad Media. Ya saben, aquello del inquisidor de quemar a los malos. Los otros, curiosamente, a un método más moderno, más revolucionario, más amante de la libertad: el corte de cuello de la Revolución Francesa. Hasta en eso las historias marcan las ideas más oscuras de cada uno.

Porque, guste o no, hoy Cataluña es demagogia en esencia. Tanto que, quizás, debamos plantearnos si la palabreja tiene su origen en algún rincón del Berguedà o el Solsonés. Total, somos un territorio excepcional. Cuna de genios como 'Guillem Shakespeare', 'Miquel Cervantes', 'Cristòfor Colom', Artur Mas o Jordi Pujol; estos dos últimos, mejor irrepetibles. Por cierto, no consideramos a Puigdemont porque el ridículo no clasifica en este ranking. Tal es el limbo mental --el cerebro está de vacaciones en Cataluña-- que, por ejemplo, unos escribimos que la independencia hará salir del euro y ya somos fascistas. Lo dice el 'bueno' de Artur Mas y es convertido en un tipo bien responsable. Un guía del pueblo oprimido ansioso de libertad.

Ya ven, aquí queremos quemar la imagen de un líder político, o un libro llamado Constitución, y somos librepensadores y adalides de la libertad de expresión. Eso sí, si en vez de quemar a un líder, alguien sugiere cortar un cuello, ya no tenemos nombre. Lo primero es una fiesta del pueblo, y lo otro, una salvajada alentada por oscuras pasiones nocturnas. De la Constitución ni hablar. Aquí, el premio por quemarla es recibir, valga la redundancia, un premio. Si no, pueden preguntar a la chica del cabaret. Pero, claro, si alguien quema 'Tirant lo Blanc' o, peor aún, el 'incunable' libro sobre el pensamiento de Gabriel Rufián, como mínimo debe ser fusilado.

Al final, las cosas son como son. Cuando uno tiene en frente una maquina mediática activada por el catalán subvencionado, todo es complejo. Peor aún cuando todo depende de un sistema político corrupto. De un sistema de castas, de familias con orígenes medievales. Un lugar donde cualquier cosa puede parece cualquier cosa menos lo que es. No olvidemos que en Cataluña la autocrítica murió cuando Jordi Pujol salió a aquel balcón en los 80 para defender su inocencia en el caso Banca Catalana. ¿Y a los intelectuales?. A los intelectuales aún se les espera.

Aquí no hay intelectuales con intelecto. Algunos confunden leer un libro, tener pelo canoso o salir trasnochado en cualquier tertulia prostituida de TV3 con ese digno oficio

Porque, lo que se dice intelectual, en Cataluña es otra cosa. Aquí no hay intelectuales con intelecto. Algunos confunden leer un libro, tener pelo canoso o salir trasnochado en cualquier tertulia prostituida de TV3 con ese digno oficio. Vamos, es como confundir ligar a una mujer con encanto con pagar a una prostituta encantado. El fin quizás es el mismo, pero el menaje --o maneje, según lo vean-- es bien diferente. Y un intelectual puede estar equivocado. Puede incluso tener unas ideas extrañas para cualquier mortal. Incluso puede mecerse en una silla viendo cómo una pequeña araña hila su trampa a un mosquito. Pero nunca prostituye sus ideas ante el dinero. A eso se le llama prostitución. Vender el cuerpo y alma al dinero no es labor intelectual. Y quizás Cataluña tiene demasiadas putas y pocos intelectuales. Dicho lo cual, nadie dude que, por muchas putas que hubiere, quemar a alguien o cortarle el cuello no son situaciones excelentes para analizar en una sociedad normal.

Y digo normal porque quizás alguno de esos prostituidos de las tertulias de la televisión o la radio pública debería preguntarse por qué se ha llegado a este extremo. Donde la anormalidad parece normal, donde lo normal es anormal y donde la demagogia es tanto el pan de cada día como pensar de forma normal que unos anormales pretendan quemar a un líder político y encima se quejen de que alguien se enfade con ellos. Porque quizás gracias a esos que en su vida han escapado del dinero público, a esos que quizás nunca han renunciado al dinero por simplemente llamarse catalanes, quizás gracias a esos, hemos llegado a un punto donde lo no normal es la propia Cataluña. Y cuando un país, dígase Cataluña o Kosovo, no es normal, puede pasar cualquier cosa. Y cualquier cosa es cualquier cosa. No se engañen, cualquier cosa.

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¿Quién es... Carles Enric López?
Carles Enric
Soy un tipo corriente. Estudié una carrera en Barcelona e hice un Erasmus en Londres. Me casé, tuve hijos, me divorcié, me divertí, me junté, me separé… y siempre pensé que escribir era apasionante, sobre todo de lo cercano. Mi experiencia en el mundo editorial me permitió entender que vivía en un país que confunde profesionalidad con no tener ideas propias. Eso me preocupó y con los años sólo procuro ser coherente. No me caso con nadie, y eso no gusta. Si busca pleitesía al poder no lea mis artículos.