La manía de las terrazas

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Miércoles, 11.05.2016 00:00

En una ciudad con un clima tan benigno como Barcelona es de lo más normal que sus aceras se llenen de terrazas en las que la gente pueda dedicarse a beber, fumar o, simplemente, holgazanear. Por eso no se entiende la obsesión del ayuntamiento por eliminarlas o reducirlas en número y tamaño.

¿Para qué quiero una acera vacía si tengo que esquivar a una pandilla de matones egoístas que deberían circular por la calzada, como los que conducen un coche o una moto?

Dicen que lo hacen por el bien del transeúnte, al que ciertos taberneros avariciosos querrían echar de su espacio natural, pero yo no me lo acabo de creer: si realmente se preocuparan por el peatón, regularían en serio el tránsito de bicicletas, patinetes, segways y demás artefactos que invaden la acera y que casi siempre transportan a un psicópata que odia a sus semejantes y aspira a atropellarlos. ¿Para qué quiero una acera vacía si tengo que esquivar a una pandilla de matones egoístas que deberían circular por la calzada, como los que conducen un coche o una moto?

Ya se ha puesto en marcha una campaña oficiosa para salvar la terraza del Zurich, el bar-institución de la plaza Cataluña, y me recuerda la que algunos ilusos llevamos a cabo hace años para salvar la del Bauma, histórico local situado en la esquina de la Diagonal con Lauria. Aquella terraza no molestaba absolutamente a nadie, y contaba con una marquesina estupenda desde la que, cuando llovía, te sentías como dentro de un barco, calentito y seguro al otro lado del temporal. Pero la terraza desapareció igualmente. O, mejor dicho, se desplazó al extremo de la acera tras derruirse la famosa marquesina. De esta manera, el cliente podía ser atropellado por algún ciclista de acera cuando iba al baño, o arrollado por algún vehículo que se saliera del carril y se llevara unas cuantas mesas por delante. Si prospera la eliminación de la terraza del Zurich, los barceloneses dispondremos de un espacio enorme para esquivar ciclistas, patinadores y skaters. Qué alegría, ¿verdad?

Si prospera la eliminación de la terraza del Zurich, los barceloneses dispondremos de un espacio enorme para esquivar ciclistas, patinadores y 'skaters'

La primera vez que estuve en Los Ángeles, en 1981, me sorprendió que en una ciudad tan soleada no hubiera ni una terraza. Los bares eran sitios oscuros en los que beber mientras cultivabas tu complejo de culpa. Un día, saliendo de un bar levemente perjudicado, el sol me deslumbró de tal manera que tropecé contra un peldaño y me di un buen morrón en pleno Sunset Boulevard. Interpreté que cierto calvinismo consideraba de mal gusto pimplar al sol.

En ese sentido, nuestros munícipes parecen también calvinistas, pero en Barcelona nadie se ha escondido nunca para beber. Así pues, ¿por qué no nos dejan fumar en paz al aire libre y se centran en el acoso y derribo de ciclistas, patinadores y demás elementos antisociales?

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¿Quién es... Ramón De España?
Ramón de España
Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.