Otegi y el papanatismo catalán

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Domingo, 29.05.2016 00:00

La visita a Barcelona del señor Otegi ha sido el último capítulo de la extraña relación masoquista que Cataluña sostiene con el País Vasco. Su presencia levantó la misma expectación que la de una estrella del rock haciendo bolos, promocionando su último disco, y provocando desmayos entre sus fans adolescentes. La visita al Parlamento catalán despertó una expectación mediática tal que si fuera el último fichaje del Barça en el Camp Nou. Al líder vasco ya solo le faltó besar a los niños y firmar autógrafos como un nuevo Nelson Mandela tras alagar la vanidad de sus anfitriones deshaciéndose en elogios de esta Cataluña en manos de la CUP.

La visita a Barcelona del señor Otegi ha sido el último capítulo de la extraña relación masoquista que Cataluña sostiene con el País Vasco

Los catalanes sufrimos el síndrome de Vitoria, como otro lo padecen de Estocolmo. Somos rehenes de una mezcla de envidia por el Concierto Económico, que ellos tienen y nosotros no quisimos en su momento porque cobrar impuestos quedaba feo; un complejo de inferioridad, los vascos tienen lo que hay que tener y los catalanes por lo visto carecíamos de ello; una consternación silenciosa ante la mal indisimulada superioridad moral de nuestros supuestos amigos y una irrefrenable vocación de ir a la suya poniéndose siempre de acuerdo con Madrid porque con las cosas de comer, por lo visto, ellos no juegan como lo hacemos nosotros. Mientras tanto les bebemos los vientos como cuando Puyol, el capitán del Barça, gana una Copa del Rey ante el Bilbao, se paseó con la ikurriña y la señera como símbolo de una supuesta hermandad. El día que Arturo Mas pronunció "independencia", a Urkullu se le ocurrió decir que era una palabra "muy fuerte", como si se tratase de una de aquella película que se veían en Perpiñán de tapadillo durante el franquismo.

La cosa ya viene de antiguo. La noche electoral que dio lugar a la formación de primer gobierno tripartito, presidido por Maragall, en la sede de ERC los militantes congregados coreaban "¡independentzia!, ¡independentzia!", así, en euskera, mientras que Carod-Rovira anunciaba que ya se había puesto en contacto con el lendakari Ibarretxe. Arzalluz explicaba la razón de tanta admiración. "Los vascos somos mucho más directos que los catalanes. Nadie se imagina a un catalán con un arma en la mano. A un vasco, sí. Es una cuestión de carácter", apostillaba el líder del PNV. A lo que Jordi Pujol, siempre atento a la jugada, se preguntó enfáticamente: "¿A quiénes debemos dejar de matar los catalanes para ser más simpáticos que los vascos?". A nadie se le ocurre pensar que todo lo acaecido en Cataluña en estos últimos años, esa supuesta "revolución de las sonrisas", hubiera sido posible poniendo ETA día si día también los muertos despanzurrados por la última bomba encima de la mesa del comedor a la hora del Telediario. Es como si los catalanes les debiésemos algo a los vascos. ¿Pero qué? 

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¿Quién es... Manuel Trallero?
Manuel Trallero.
Ex periodista y ex casi todo lo demás. Tengo una edad ímproba, ¡incluso me acuerdo de que Franco murió en la cama! Eché artículos en 'La Vanguardia' hasta que me cansé. Hice un libro junto con Josep Guixá sobre Carmen Broto y otro solito sobre el (mal) llamado 'caso Palau'. Ambos tuvieron un éxito descriptible. Preparo una biografía de Jordi Pujol. En fútbol voy con el Liverpool, me gusta Schubert, odio los restaurantes, mi ídolo fue Cassius Clay y leo libros de historia en lugar de ver a Josep Cuní y a Pilar Rahola.