Y él, quizás, se llamaba Otegi

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Miércoles, 18.05.2016 00:00

Siempre me he considerado una persona cercana al denominado tema vasco. Entre otras cosas, mis equipos de fútbol son el Athletic y la Real Sociedad. Algo claramente inexplicable si fuera vasco. Pero, ya ven, aquellos que rondamos los 50, aún con cierta distancia, coincidimos en aquella época de esplendor de las cuatro ligas consecutivas, dos más dos, en los complicados primeros años 80.

Es inaceptable que gente como Carme Forcadell o miembros de la CUP, cuya máxima jamás ha sido mirar debajo su coche, permitan semejante afrenta al resto de catalanes

Mi identificación vasca era tal que en mi habitación juvenil tenía una gran ikurriña de tela enganchada en la pared como amuleto sobre mi cama. Creo que aún debe estar por casa. Era una simple bandera, un símbolo juvenil. Supongo que un punto de rebeldía. Sus colores fácilmente identificables dificultaban su limpieza. En aquellos tiempos duros de los 80, con los salvajes atentados de Zaragoza, Sabadell o Barcelona, era casi una aventura dejarla secar en el tendedero.

Creo que nunca una bandera significó tanto para unos y tan poco para otros. Los símbolos son simplemente eso, símbolos. Casualmente, hace más de 20 años conocí a una persona encantadora. En una de esas conversaciones nocturnas me explicó su vivencia, su experiencia, en la capital vasca. Apenas con diez u once años debía salir cada día escoltada para ir al colegio. Desde su habitación, en la planta superior, escuchaba los gritos de desolación de las familias de los muertos en capilla en los salones de su vivienda. No uno, no dos, decenas en esos escasos años allí. Al final, era una rutina. Una rutina para todos menos para aquellos que perdieron a alguien importante.

Generar miedo es el principal objetivo de los terroristas. Mientras algunos debían mirar debajo de su coche, otros simplemente bebían en cualquier taberna con jolgorio. Como concepto, nunca rechazaría a una persona por sus ideas, incluido Otegi, pero siempre es deleznable que alguien comprometido en causas por secuestros e incluso asesinatos venga a mi Parlamento de Cataluña a dar lecciones de algo. Otegi podría ser un enfermo más de esa causa vasca. Pero es inaceptable que gente como Carme Forcadell o miembros de la CUP, cuya máxima jamás ha sido mirar debajo su coche, permitan semejante afrenta al resto de catalanes.

Cuando en un entorno hostil como el vasco radical un tipo indecente como Otegi es considerado débil es que todavía hay mucho camino por recorrer

Los hombres de paz son siempre de paz. Los hombres de la guerra son siempre de la guerra. La conversión por simples intereses no debería tener cabida en una democracia. Menos aún en un hipotético nuevo país. Es inaudito que nuestras autoridades puedan reverenciar a quien justifica la muerte como forma de libertad. Uno puede querer lo vasco, puede sentir sus símbolos, pero pasar la línea roja de generar el miedo y simplemente matar no es aceptable. Otegi, como tantos otros, es un personaje impropio de una sociedad moderna. Nadie invitaría a Franco, nadie debería invitar a Otegi.

Algunos sabemos de sus dificultades actuales para gestionar su propio entorno. Aún en estos días, escisiones de los más radicales ponen en duda su liderazgo. Le acusan de débil. Y, ciertamente, cuando en un entorno hostil como el vasco radical un tipo indecente como Otegi es considerado débil es que todavía hay mucho camino por recorrer. Da pánico pensar que aquellos que han pasado las delgadas líneas rojas de la decencia son vendidos ahora como ángeles de la concordia.

Quizás solo aquella amiga mía desde allá donde esté sea capaz de saber un nombre. Sí, aquel por el que tenía que salir con escolta de su casa. Sí, aquel que le obligaba a encerrarse en la habitación para disimular los gritos de los familiares de los muertos. Sí, aquel que quería generarle miedo en su preadolescencia. Sí, en definitiva, aquel personaje se llamaba Otegi. Porque Otegi nunca fue nadie, nunca fue una persona, nunca fue solo un nombre. Había y hay muchos Otegis que pasaron una línea roja y que, por decencia, simplemente no merecen visitar nuestra casa. El PERDÓN, en mayúsculas, debe existir en la sociedad, si así lo quieren sus víctimas, pero jamás en la política. Menos, en lo público. Esa es la gran línea roja que un parlamento debería saber. Y, por una vez, Otegi no es culpable. El indecente es quien le invita. Él es simplemente un enfermo con ganas de ser escuchado. Es triste que algunos quieran escuchar a quien fomentó el miedo, antes de a quienes lo sufrieron. Llamarles cobardes es poco.

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¿Quién es... Carles Enric López?
Carles Enric
Soy un tipo corriente. Estudié una carrera en Barcelona e hice un Erasmus en Londres. Me casé, tuve hijos, me divorcié, me divertí, me junté, me separé… y siempre pensé que escribir era apasionante, sobre todo de lo cercano. Mi experiencia en el mundo editorial me permitió entender que vivía en un país que confunde profesionalidad con no tener ideas propias. Eso me preocupó y con los años sólo procuro ser coherente. No me caso con nadie, y eso no gusta. Si busca pleitesía al poder no lea mis artículos.
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