Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca

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Domingo, 7.08.2016 00:00

Volviendo sobre Andreu Jaume --solo de pasada, pues, lo creáis o no, no es mi propósito abochornarle por exceso de elogios, ahogarle en el humo de mi incensario-- diré que hace unos meses, en la librería Cavall Bernat, durante una celebración del centenario de Shakespeare en que comentaba El rey Lear, drama que por cierto yo acababa de ver representado en Barcelona por Nuria Espert y dirigido por Lluís Pasqual (¡cuántos nombres prestigiosos, Shakespeare, Lear, Pasqual, Espert, para mentar mi descontento!), se detuvo en la famosa frase del quinto acto, que ante el cadáver de su hija, la única leal de las tres que tuvo, pronuncia el rey segundos antes de morir él mismo de puro dolor y abandonar de una vez este potro de tortura que es el mundo. Dice Lear: “¡Ay, ya no volverás/ nunca, nunca, nunca, nunca, nunca!” Gran momento de lucimiento para un actor. “Never, never, never, never, never”. “¡Mai, mai, mai, mai, mai!” tampoco suena mal. Y decía Jaume que ese verso que el viejo y desesperado rey pronuncia en el desolado páramo que prefigura los escenarios beckettianos, ese “never, never, never, never, never”, es virtualmente el mejor verso blanco de la poesía inglesa. Y según El espejo de un hombre, la biografía de Greenblatt, es el eco del lamento del mismo Shakespeare, atormentado por la muerte de su único hijo varón, llamado Hamnet, muerte que fue el indeseable estímulo o inspiración para los mejores dramas del último y mejor Shakespeare, Hamlet, Macbeth, Lear, entre otros.

George Steiner también glosa “Never, never, never, never, never”, y de qué manera. Aunque Steiner no me cae demasiado simpático (por motivos sin interés) resulta que vengo leyendo por h o por b sus libros. El mes pasado, por ejemplo, leí sus largos artículos literarios de Escrito en New Yorker, porque escuché de J. M. Beneyto, autor de fascinantes ensayos de filosofía política y de novelas históricas, una exégesis de El erudito traidor: el ensayo de Steiner sobre Anthony Blunt, el más elusivo de los espías soviéticos del enigmático e infame “círculo de Cambridge”. Me ha parecido interesante, en efecto, aunque no más inspirado que el ensayo de Brodsky sobre Philby en Del dolor y la razón, libro maravilloso de principio a fin (por cierto que le encantaba a Giménez-Frontín, hasta el punto de inspirarle uno de sus mejores poemas)…

Como si la desesperación del viejo rey conectase por no sé qué vericuetos con su propia angustia humanista y crepuscular

Y he leído Un largo sábado, un libro de conversaciones, el último hasta ahora, de los libros con los que este distinguido humanista viene despidiéndose del mundo de la alta cultura en el que él ha vivido inalterablemente apasionado y que siente que desaparece con él. Creo que la prensa ya habrá comentado el libro pues salió hace un par de meses, pero quiero subrayar la página 99 donde Steiner menciona el famoso verso blanco de Lear y, como si la desesperación del viejo rey conectase por no sé qué vericuetos con su propia angustia humanista y crepuscular, expone una meditación que me permito reproducir:

«Cuando Lear grita cinco veces la palabra “jamás” es el final del lenguaje mismo. Trato de leerlo con mis estudiantes. He aprendido esas escenas de memoria. Las conozco de memoria y resucitan en mí. Pero cuando vuelvo a casa y oigo a alguien que grita ‘Socorro’ por la calle, es posible que mi oreja oiga algo, pero no escucho. He aquí toda la diferencia entre oír y escuchar. Habría que acudir inmediatamente; pero no lo hago, porque la agonía real en la calle tiene una especie de desorden y de contingencia que no alcanza la inmensidad trascendente del sufrimiento tal y como queda reflejado en la gran obra de arte, ya sea música, cuadro o poema ¿Es posible (formulo esta hipótesis después de sesenta años de magisterio y de amor por las letras) que tal vez las humanidades puedan volverle a uno inhumano? ¿Qué, lejos de hacernos mejores (por decirlo con total ingenuidad), lejos de aguzar nuestra sensibilidad moral, la atenúen? Nos alejan de la vida, nos dan tal intensidad con la ficción que a su lado la realidad pierde color».

Etcétera. Hipótesis que merece ser glosada. Me comprometo a hacerlo algún día no lejano.

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch.

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El Mundo y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.